Autoconocimiento

Autoconocimiento



Bastaría con que en algún momento, mientras caminamos por una concurrida vereda, nos detengamos a ver abriendo de verdad los ojos, para que constatemos una realidad que no escapa a la mayor parte de los seres humanos: somos todos diferentes.

No sólo veríamos humanos de diferentes géneros, algunos tan evidentes como hombre o mujer, otras menos evidentes, como binarios o fluidos. También veríamos seres humanos de diferentes edades, culturas, razas y diferentes contexturas: atletas, gordos y flacos, pero sin lugar a dudas también veríamos a extrovertidos e introvertidos en diferentes actitudes y podríamos asumir, en diferentes estados emocionales.

Esta simple constatación de la realidad nos pasa desapercibida muchas veces, pero al tomar consciencia de ella y analizarla buscando su fondo, nos puede llevar a entender que somos conscientes de ella, en tanto somos conscientes de nuestra individualidad y de que somos parte de esa diversidad.

Lo múltiple es evidente desde los simple y único, pero cada ser humano siendo único no es simple sino complejo. Si en lugar de pararnos en la vereda física a ver a los transeúntes, nos detenemos en la berma de nuestro propio transitar por la vida, y nos miramos a nosotros mismos buscando repuesta a una pregunta antigua: ¿Qué soy?, podremos quedar tan maravillados como ante la diversidad humana, “soy” muchas cosas diferentes, desde muchos puntos de vista diversos.

Soy un ejemplar, algo sobrepasado de peso, de macho de Homo sapiens, ligeramente superada la madurez de la vida, pero también soy “yo”, un algo que piensa y que en consecuencia puede asegurar que existe. Pero este algo que piensa no podría encarar a Descartes con un “cogito cogito, ergo cogito sumi, pero tal vez sí ponerle a la vista y en son de pregunta si también soy un “sentio ergo sumii, porque percibo y siento y desde ese “sentir” también podría deducir que existo, pero claro Descartes me pondría en vereda con unas pocas frases, tal vez aludiendo al “gran engañador”.

El hecho es que no soy sólo un algo que piensa, soy también un algo que siente y que percibe y que en ese proceso, puede concebir que lo que pensar mueve son ideas y que estas llevan una carga racional y otra emocional, por lo que puede suponer que el cogito cartesiano puede perfectamente referirse no a un “pensar” meramente intelectual sino uno complejo, profundo e integrador.

De la misma manera que al cuerpo humano lo componen múltiples materiales, los materiales que mueve el pensamiento no son uniformes ni indivisibles y a primera vista, “eso” que piensa, tampoco. Somos ejemplares de Homo sapiens, pero también somos, según Jungiii, un ego, una persona, una sombra, un inconsciente personal y otro colectivo, un anima o animusiv y de postre el verdadero yo, un “sí mismo” profundo y velado al yo que es ego.

Además somos ejemplares que existen, piensan y viven en sociedad. Cuando me paro en la vereda a mirar a los peatones, ellos también me observan y reaccionan ante mi mirada tal como yo reacciono a la de ellosv. Ese proceso define un nivel diferente de explicación de lo que somos como seres humanos: somos algo que existe, piensa e interactúa con su entorno, en tres grandes planos, uno biológico, otro mental y otro social.

En este proceso de comprendernos como seres diversos, no podemos dejar de constatar que cada quien se para en su propia vereda y que los peatones que transitan por ella son diferentes para cada uno, así como no podemos dejar de comprender que esas interacciones modelan en alguna medida lo que cada individuo es, lo que ese grupo social es y lo que la humanidad, entendida como la suma de todos los seres humanos, es.

Cambia la vereda para cada uno así como cambia el momento en que nos detenemos, tanto para quien se para como para los peatones, y además cambia el tipo de relación entre “el parado” y los peatones. Cambia, todo cambia, cuando estamos en familia, en el trabajo, entre amigos o en un grupo pequeño de conocidos o desconocidos y por supuesto, cuando estamos en medio de una gran masa de humanos, y en cada uno de esos contextos, utilizamos una personalidad diferente que interactúa hacia afuera y hacia adentro modificando y evolucionando.

La respuesta a un “¿Qué soy?” debería ser también en alguna medida diferente considerando que en buena medida somos un flujo y no una cosa estática. No nos podemos bañar dos veces en el mismo ríovi.

En esas interacciones del ser humano con su entorno y entre los diferentes planos internos, el burdo “sentio ergo sum” podría servir para entender que en esa interacción no sólo es válido que existe un proceso de percepción que es personal, sino también que este proceso perceptivo ocurre de una forma específica y diferente en cada individuo.

Conócete a ti mismo

Todo conocimiento implica tres elementos: alguien que conoce, algo que se conoce y un medio de adquisición de ese conocimiento. Hay una serie de “cosas” por conocer que tienen una condición en particular, son afectadas por el proceso de observarlas. Tal vez la más evidente para todos sea la forma de respirar ya que al ser conscientes de ese proceso se altera.

Cuando el conocedor y lo conocido son lo mismo, el proceso de conocer resulta ser también parte del conocedor y de lo conocido conformando un verdadero triángulo de las Bermudas, donde los procesos de conocimiento ven alterados sus instrumentos de navegación, pero parecen no naufragar.

Cada uno de los elementos de este triángulo altera al otro y hace que el proceso sea al menos cuestionable, tanto por la alteración del proceso, como por su falta de imparcialidad. Aún así el autoconocimiento se produce y tiene ventajas: no hay observador más cercano que el propio ser, tiene un bajo costo y está siempre a la mano cuando se quiere investigar.

No se trata aquí de cuestionar que el individuo deba conocerse a sí mismovii, sino de ser consciente de que este proceso presenta inconvenientes y dificultades que pueden ser mitigados pero no eliminados. El autoconocimiento es inevitable, los defectos del proceso también lo son, pero al menos podemos mitigarlos consultado más de una fuente de información.

Los datos que el individuo recoge de su propio ser tienen la ventaja de ser el testimonio directo de algo que nadie puede percibir de forma tan directa, y que por lo tanto nadie debería cuestionar de forma ligera. Nadie puede sentir lo que el individuo siente, piensa o experimenta, pero también ocurre que sólo él es testigo de esos hechos y nadie puede confirmar o negar ese testimonio.

Saber que es un ser humano por la propia experiencia es importante, pero recabar información de otros observadores y observar a otros especímenes de Homo sapiens, aporta información y valida los datos, pero además es estímulo de estabilidad o cambio. La retroalimentación social induce a repetir o abandonar ciertos modelos de acción, pero además fortalece o debilita la autoestima modificando la forma de percibirse a sí mismo.

Dibujo infantil


Cuando pensamos en nuestras ideas como imágenes de la realidad que vamos “dibujando” en nuestra mente, se hace patente la frase de Corrado Ricci, un historiador del arte que en 1882viii quedó fascinado con ciertas características de los dibujos y grafitis que habían dibujado algunos niños, él terminaría escribiendo que: “el niño no dibuja lo que ve, sino lo que sabe”. Nosotros al dibujar imágenes mentales no dibujamos lo que vemos sino lo que creemos saber.

Porque el niño dibuja lo que sabe y su conocimiento cambia es que evoluciona el dibujo infantil, así como evoluciona nuestra capacidad de percibirnos y conocernos a nosotros mismos y a los demás. Esta evolución impacta necesariamente en el grado y profundidad del autoconocimiento.

Cuando observamos el dibujo de un niño surge de inmediato la percepción del dibujo en sí, la emoción de quién nos lo presenta y en la medida que hemos aprendido a “leer” el dibujo, surge también la evaluación del mismo, nada podría evitar que estas lecturas diferentes ocurran. Lo mismo pasa con la lectura de un texto, una vez que hemos aprendido a leer, incluso unas P4L4BR4S como estas no son legibles.

Los conocimientos que adquirimos pueden evolucionar, cambiar con el tiempo, en alguna medida incluso los “des-aprendemos” para sustituirlos por nuevos aprendizajes, pero el proceso de aprender a conocernos no retrocede, sólo evoluciona. Entendido esto podemos comprender también que cada quien ha alcanzado su propio nivel y capacidad de conocerse a sí mismoix.

Adentro y afuera

Cuando observamos nuestro entorno vemos personas, animales y cosas. Las últimas dos se diferencian de las primeras en que, cosas y animales nos son útiles, mientras que las personas son nuestros pares, testigos y compañeros en el existir.

Cuando ejercemos el acto y la obra de conocernos a nosotros mismos, vemos que también hay existencias que nos son útiles mientras que hay un algo que no es cosa ni material, unos son ideas, sentimientos, voluntades, instintos o algún otro “material” de la inmensa y variada gama de elementos símiles que “habitan” en nuestro ser, el otro es nuestra propia esencia.

Cuando un amigo se va, descubrimos que los otros seres humanos con los que habitamos, de alguna manera se constituyen no sólo en parte de lo que conocemos de nosotros mismos, sino también en parte de nosotros mismos. El vacío que dejan no es un agujero en nuestro conocimiento ni en nuestro sentimiento, sino en alguna extraña medida, en nosotros mismos. Esa ausencia hace patente que el yo y el conocimiento del yo, requiere de un conocimiento del “tú”x, del otro cercano y presente que se torna agudo y patente cuando se transforma en un “tú” distante e irremediablemente ausente.

Los fanes

Hay expresiones en los fanes que son consecuencia del entusiasmo y no del raciocinio se declaran no sólo enamorados de sus ídolos, sino además aseguran “amarlos”. El amor requiere algo más que la profusa información que despacha un equipo destinado a proyectar una imagen pública, requiere conocimiento e intimidad.

No es posible amar algo que no se conoce. El conocimiento mutuo es requisito básico para el surgimiento de verdaderos y profundos lazos afectivos, de lo contrario esos lazos son como lienzas con anzuelos lanzados a una cubeta.

El autoconocimiento es requisito básico e indispensable para el surgimiento, evolución y fortalecimiento de la autoestima y ésta es base necesaria para establecer lazos afectivos con otros. Cada uno es requisito y causa del otro.

La primera autoestima es heterónomaxi, nos queremos porque los adultos de los que dependemos como infantes, nos demuestran afecto. “Desde” y “en” esa autoestima heterónoma surge el reconocimiento de la propia capacidad de hacer cosas y de interactuar con otros trasladándose a una autoestima con visos de autonomía que depende de la retroalimentación primero en los efectos de las acciones y posteriormente de los afectados por las acciones. Finalmente puede ocurrir que la autoestima deje de depender de los otros fundamentándose en el autoconocimiento, la autoaceptación y la autopercepción de competenciaxii.

En alguna etapa de este traslado de la fuente de autoestima de los otros al yo, es posible que esa fuente irradiadora y generadora de autoestima sea colocada transitoriamente en un otro irreal y fantástico como el ídolo, en el que hay que reconocer que es un constructo ideal, es decir la formulación de un ideal, que de alguna manera refleja lo que el individuo considera un ideal.

Pero finalmente lo que interesa ahora es que la autoestima tiene como uno de sus tres pilares, al autoconocimiento y siendo éste siempre incompleto, la autoestima es siempre variable. Si bien puede lograr ciertos niveles de autonomía, permanentemente requiere retroalimentación del entorno social.

Sólo podemos querer lo que conocemos, sólo podemos querernos si nos conocemos a nosotros mismos, pero este conocimiento requiere no sólo del yo que se conoce, sino también del tú que conozco y de sus reacciones.

iBierce Ambrose, El diccionario del diablo, 1999

iiDescartes, Meditaciones Metafísicas, 1641

iiiJung, Carl Gustaf, Las relaciones entre el Yo y el Inconsciente, 1928

ivJung, Ema, Ánimus y Ánima, 1998

vGoffman, Erving, La presentación de la persona en la vida cotidiana, 1997

viHeráclito de Efeso, Fragmentos

viiPlatón, Apología de Sócrates

viiiMontessori, María, El método de la pedagogía científica, 1915

ixRogers, Carl, El proceso de convertirse en persona, 1992

xBuber, Martín, Yo y Tú, 1956

xiPiaget, Jean, El criterio moral en el niño, 1932

xiiBranden, Nathaniel, Los seis pilares de la autoestima, 1994

0 Comentarios :

Publicar un comentario