Discreción

Discreción


 Antes de comenzar este texto, quiero dejar en claro que cada vez estoy más de acuerdo con una frase escuchada hace ya mucho tiempo: “Las personas lloran por la herida”.

Un individuo que percibe su situación como injusta y consecuencia de actos legales pero negativos para él, puede enfocar sus discursos y conversaciones en torno a la justicia. Yo no escapo a ello, entiendo que puede ser así y por tanto, cuando algún tema me llama la atención, fijo también mi foco de consciencia en mi buscando los entresijos de mi ser para descubrir qué es lo que hace que ese tema me llame la atención. Estas alertas me permiten indagar temas pero también descubrirme ante mi mismo, conocerme mejor.


Yo no escribo desde el púlpito del maestro ni del sabio, sino del explorador que vuelve de un viaje al exterior, ese que se esconde entre letras, palabras y frases encontradas en las calles de la vida, pero que también vuelve de una visita al interior de esa tierra que es el propio ser, en donde parece que aveces encontramos piedras ocultas y otras encontramos solo los gusanitos de los que Goethe habla en su Fausto.

Lo que encontramos tiene diferentes efectos en nuestra autoestima y nuestro ego, pero esos efectos no son mas que etapas de nuestros propios desarrollos. De la misma manera que explorando adentro y afuera, los pensamientos, sentimiento y acciones que realizamos tienen efectos en nuestra autoestima y ego. Encontrar algo y actuar en consecuencia es una cosa, otra es hablar o escribir de ello.

En esta exploración, los hallazgos tienen una connotación profundamente íntima y en consecuencia publicitar esos hallazgos requiere de un paso intermedio: elegir qué, cuando y cómo mostrarlos. Podría decirse que esto es como el trabajo del arqueólogo, que encuentra muchos restos en las arenas de un desierto y del tiempo, las estudia todas, elige algunas y muestra unas pocas, pero para esas que muestra construye vitrinas y define iluminaciones de una escenografía propicia para sus fines, muestra sus hallazgos para generar un efecto.

Lo que encontramos en nuestro propio ser, requiere un proceso similar: hay que estudiarlo todo, elegir que amerita profundizaciones posteriores y, traducir en actos los resultados de esos estudios, pero publicitar nuestros hallazgos en palabras – dichas o escritas – requiere de un contexto y un público propicios.

Discernere

La capacidad y habilidad humana para comunicarse es maravillosa, ha dado origen a una enorme cantidad de palabras. Se dice que hoy en día podrían existir una trescientas a cuatrocientas mil palabras, pero menos de cien mil están en los diccionarios oficiales, las demás se han caído de sus páginas por estar largo tiempo en desuso o, no han ingresado por ser consideradas erróneas, soeces o son aún muy jóvenes.

Cada una de ellas nos sirve para comunicarnos pero además nos pueden enseñar cosas de nosotros mismos, porque tienen una historia. Nacen para responder a una necesidad, sirven para ello y con el tiempo cambiaron para llegar a ser lo que son y, seguirán cambiando para servir. Son herramientas destinadas a un propósito.

Algunas de ellas tienen orígenes comunes, pero han seguido derroteros diferenciadores a lo largo de la historia, por ejemplo como consecuencia del uso de cernidores o coladores, separamos cosas y esa imagen nos ha permitido una serie de asociaciones con las que hemos forjado palabras como discernir y discreción. Ambas comparten la misma etimología, pero derivaron en ideas diferentes, la una podríamos relacionarla con la idea de separar y la otra – burdamente - con ocultar.

Discretus

Ciertamente que para ser discretos, lo primero que ha de hacerse en discernir entre lo que se ha de contar y lo que no. Un proceso requiere del otro al punto de que podrían parecer hermanos que caminan juntos.

Discernir es un proceso del que he estudiado, explorado, escrito y hablado antes con la certeza de conocerlo sólo en parte y, de que en el futuro me volverá a sacudir el alma para volver a explorar, escribir o hablar.

La idea de la discreción ha forzado una breve exploración en mi interior y en las diferentes fuentes de información que abundan fuera de mi. Pensar sólo no es pensar, pensar aunando los pensamientos de otros y contrastando todo con la realidad, es pensar, pero ello – nuevamente - requiere cernir o discernir, con el colador adecuado, la información separando lo importante de lo inútil.

No por obvios y conocidos por todos, ciertos datos dejan de ser útiles, aunque pueden ser obviados. Por ejemplo que “yo soy yo y no soy tu” y que ser discreto significa guardar en mi, algo que no comparto con otros “como tu”, sin ningún animo peyorativo hacia ese otro o ese “tu”, sino meramente con ánimo de decir que la discreción establece un límite, una barrera invisible que implica que reconozco que existen diferentes seres, una de las cuales es “yo” y otras son muchos “tu” y otras tantas son muchos “ellos”.

Esa barrera invisible pero que se percibe con relativa claridad, define un ámbito propio e intimo y otro público, pero también establece un respeto hacia esos ámbitos. Expresado en términos sencillos, la discreción nos dice que respeto al “yo” y respeto al “tu”.

Si consideramos el desarrollo y construcción del respeto al “yo” como un efecto, debemos reconocer que este tiene muchas causas, entre las que se cuenta la defensa de nuestra propia identidad, aquella que se construye a fuerza de experiencias, relaciones, aceptaciones y rechazos. Ser lo que cada uno es, tiene tanto de dulce y agraz que resulta ser, no un producto, sino un estado al que sólo podemos querer, como nos queremos a nosotros mismos, por burda y obvia que sea esta expresión. Lo que somos requiere que lo respetemos y defendamos.

Pero hasta aquí la discreción se entiende no sólo como un “auto-respeto”, sino también como un respeto del otro. El “yo” no se conoce plenamente sin conocer al “tu” y el conocimiento del “tu” requiere de una cuota de curiosidad y tres de respeto: el deseo de conocer al otro requiere de curiosidad pero de reconocimiento del otro como un ser diferente, que se debe respetar y al que se debe ceder el tiempo y espacio para que se exprese.

Esto último implica también una nueva faceta de la discreción en el sentido de que su ejercicio requiere de disciplina, entendida esta como la capacidad de enfocarse y de seguir una regla fijada por el propio individuo. “Yo” curioso por conocerte, me impongo la regla de respetar tu espacio, tiempo y voluntad de expresarte, pero además la regla de suprimir mi voluntad de actuar como un explorador busquilla para ser un espectador pasivo en hechos y activo en apertura de receptores.

Aplicar esta disciplina tiene como consecuencia que me demuestro como un ser capaz de disciplina y autodisciplina, pero también como un ser que tiene las riendas de sus impulsos. Ello se constata en el callar u omitir, para escuchar o presenciar al otro, así como en callar u omitir para no develarse ante el otro hasta la desnudez e indefensión.

Intimus

Cada vez que interactuamos con otros, hacemos en muchos casos en forma inconsciente y mecánica una definición de límites y actuamos con una discreción casi involuntaria. Muchas veces al saludarnos, preguntamos ¿Cómo estas? Y muchas veces la respuesta es “Bien”, cuando la realidad puede ser muy distinta del “estar bien”. Unas cuantas veces tenemos a la mano a aquel con el que la respuesta puede superar esa barrera, redefinir la posición de la frontera permitiéndole a ese “otro” acceso a un territorio mas cercano y sensible, a un espacio mas íntimo que al resto.

Esa intimidad demuestra conocimiento, aceptación, respeto y confianza, pero además esa discreción genera confianza en quien la practica y en quienes son sus destinatarios o simplemente sus espectadores. Pero la confianza se gana y se pierde, crece y se reduce en base a las experiencias. Sin discreción no hay posibilidad de confianza e intimidad.

Cuando se analiza y piensa sobre el concepto de intimidad, hay algunas ideas que saltan a la vista: los niveles de confianza son dependientes de: estado y relación de las personas de origen y destino, contexto, temática, experiencia previa, propósito y respuesta esperada. La confianza tiene límites, pero estos varían constantemente y nuestra capacidad de permitir a un otro su ingreso a planos de mayor intimidad también varían de acuerdo con esas circunstancias.

De la misma manera, la discreción no es una dualidad sin matices, sino por el contrario una variedad infinita de niveles. En genética de poblaciones se habla de que existen características cuantitativas, en las que se puede medir algo: estatura por ejemplo, existiendo una variedad infinita de diferentes estaturas, en contraposición a estas características cuantitativas, existen aquellas llamadas “discretas” donde las alternativas son pocas y claramente diferenciadas como los grupos sanguíneos en humanos.

La discreción, la confianza y la intimidad no son discretas, son cuantitativas y la cuantía se define en función del mérito. Hay personas con las que tenemos mayor confianza, una discreción mas férrea y una intimidad más cercana.

Claramente con aquellos con los que tenemos mayor confianza e intimidad, son también aquellos con los cuales la discreción tiene mayor aplicación y cuidado, y con ellos los conflictos tienen menor opción de surgir.

Es relativamente común que, cuando entre amigos se produce un conflicto, salten las chispas y vuelen las brazas, que se alejan hasta que se enfrían y vuelven a reunirse. En las parejas y en las amistades, con diferencias por su puesto, lo mejor de una pelea es la reconciliación.

Separar los hechos de las visiones, discernir lo bueno de lo malo, ejercer un juicio del otro y del uno, pero también dejar que las aguas se aquieten y los ánimos se enfríen, antes de confrontar al amigo para enfrentar el conflicto, son actos de discreción.

Pero también muchas veces, los amigos demuestran discreción en la acción, dejando el tema para otro momento o, simplemente, dejando que el otro se exprese y manteniendo reserva de la propia opinión. La discreción genera confianza pero también se puede retroalimentar para evitar conflictos.

Mystes (Mystes)

El ser humano no sólo tiene esferas de acción, sino círculos de conocidos, amigos, familiares y seres con los cuales se permite diferentes niveles de intimidad, haciendo que el espacio íntimo sea el mas cautelado, por que en él se permite la mayor sinceridad.

Concéntricos con esos círculos se encuentran aquellos que definirían su nivel de conocimiento. Los conocidos son personas de las que conocemos tan sólo unas pocas cosas, de los amigos sabemos mas y en consecuencia les permitimos un mayor acercamiento, aún cuando no son parte de la familia mas cercana, ni aún los familiares siendo tan cercanos nuestros niveles de conocimiento del otro, son totales. El propio “yo” es de hecho un misterio, nuestras propias reacciones suelen despertar nuestra propia curiosidad.

La aceptación de otro en nuestros espacios de intimidad, requieren que aquel otro supere “pruebas” que nos permitan cultivar una confianza mutua y un convenio tácito o no, de resguardo de esa confianza. La aceptación del otro en nuestros espacios de intimidad, implica revelarle aquello que para otros es un misterio, como por ejemplo que uno es un misterio incluso para uno mismo y que sólo se revelará a si mismo primero, y al otro en su debido momento y lugar.

En la antigua Grecia, la aceptación en los misterios divinos se asociaba con una ceremonia iniciática y al iniciado se le conocía como Mystes, el que presenciaba el misterio. Nuestros seres más cercanos, son en alguna medida algo similar.

Aceptar que el otro sea un misterio que sólo puede ser revelado por propia voluntad y, esperar paciente y afectuoso esa revelación es una demostración más de discreción. Tal como no indagamos en los temas que no nos competen.

Individuum

El ser humano particular es un individuo, un ser que se reconoce a si mismo como un uno. Descartes escribió que como reconocía que pensaba concluía que existía, podría decirse que aquel que piensa, es uno aún cuando existan “diálogos” internos. Conocer a otro no rompe esta separatidad, según Fromm sólo el amor reduce la aflicción de la soledad del individuo encerrado bajo su propia piel. Pero sin esa separatidad, dos serían uno y la propia existencia devendría en caos.

Ser individuo es difícil y muchas veces incluso doloroso, pero también es necesario para no transformarnos en simples abejas de un panal, obedientes obreros sin conciencia ni aún de si mismos. Ser individuo requiere ser discreto en dos sentidos: diferente y alternativo al otro pero también cauto en reverlarnos ante los demás. Preservar una cuota de misterio de lo que somos es un acto de independencia frente a la masa, así como un acto de humildad nacidas del reconocimiento de que ante la instrucción de Delfos: conócete a ti mismo, nuestra respuesta es menos completa de lo que nos imaginamos y esperamos.

Axis mundi

El conocimiento de uno mismo o del yo mas íntimo es una tarea con un inicio y una dirección, pero raramente con una meta. El ser es mas bien un devenir, un fluir de lo que fuimos a lo que somos y lo que seremos, pero también un transitar desde la inconsciencia del “si mismo” propio de los infantes, transitando por el reconocimiento de la propia existencia, hacia el conocimiento del yo, sus debilidades y falencias, de sus dualidades y complicaciones que al menos en teoría podría concluir con el verdadero conocimiento del “si mismo” donde esa dualidad íntima logra la armonía interna.

Este transito ocurre en el propio centro y eje del ser, desde sus bases y hasta la plenitud donde el personaje que jugamos ante los demás, se reconoce como una consecuencia de ser individuo.

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