Ando puro Pajareando


 


Hay momentos en que las palabras parecen animalitos hermosos, que vuelan de boca en boca, pero que tienen alas cortas. Hay momentos en que la alegoría dice más que mil palabras, aun cuando quien las usa, solo quiere decir dos. Hay momentos en que mi mente parece un cielo abierto donde miles de aves vuelan entrecruzando sus rutas, haciendo postas, demostrando que pensando lento con alas cortas, caen y se tropiezan menos, por lo que pueden volar más lejos. Esas aves muchas veces, se posan en las mismas ramas y a veces, solo a veces, comparten nido. Hay momentos en que me dejo caer en el cansancio reparador, me arrojo en la hierba solo para ver “mis pájaros” y disfrutar de sus vuelos locos y alegres.

Un recorrido por mi edición



Cerca de Leipzig en Alemania, está el pueblo de Röcken antiguamente parte del reino de Prusia y situado hoy a poco más de 200 kilómetros del paso fronterizo de Görlitz hacia Polonia. Como ocurre con muchas iglesias europeas, aledaño a sus muros se extiende el cementerio. En Röcken uno de ellos contiene la sepultura de la familia Nietzsche, bajo una peculiar distribución: Friedrich a un lado, en el extremo opuesto sus padres y en el destacado centro, su hermana Elisabeth.

Exigencia de trascendencia


Anoche leía a Gabriel Marcel – francés, dramaturgo y filósofo – y decir que lo “leía” me resulta en parte cuestionable. Estoy leyendo el texto que se escribió a partir de las conferencias que dictó en mayo de 1949 y 1950 y que se publican en el libro “El misterio del ser”i.

In the country


Del trabajo a la casa


Manejando el automóvil del trabajo a la casa después de un día lleno de labores diversas y aparentemente poco conexas, escuchaba la radio, un yankee cantaba algo en un inglés rápido, rítmico y en parte melódico, sin prestarle mayor atención. Una palabra de su canción me golpeteaba la mente como un pájaro carpintero. Entre el ritmo algo pegajoso y el martilleo del estribillo surgió hacia mi consciencia una parte de su fraseo: “in the country”. Esa simple conjunción de tres palabras descontextualizadas me sacó una sonrisa con un dejo de sarcasmo, debo reconocer, recuperando del olvido la imagen de “los parientes del norte” que viene a ver a mis antiguos clientes, agricultores de esta zona del mundo, la llamada zona “centro-sur” de Chile.

 

Paré, Miré y Escuché:

Cuando se ha trabajado, de verano a verano y de sol a sol en el campo, la pintura con que se dibuja la imagen idílica del campo se descascara entre datos duros y concretos. Largos días de invierno sin mucho que hacer porque las condiciones del clima no lo permiten, pero con mucho por hacer cuando lo permiten, días – en definitiva – con muchas cosas por hacer: reparar cercas, ordenar galpones, ordeñar vacas y un sin fin de cosas para las que no alcanzan las horas ni permiten las pocas escampadas de la lluvia. Casa, cocina, calor de leña cociendo lo poco que hay porque en esas épocas del año, lo que más engorda no es la desesperanza sino la desesperación por hacer algo, encontrar un trabajo, un quehacer, un negocio cualquiera que produzca y que permita tener que echarle a la olla, aparte del agua de la gotera.

 

Por cierto la realidad actual no incluye gente en estado de miseria tal que sólo tenga agua para echar a la olla, esa frase es una exageración usada con fines retóricos, sin embargo existen bolsones de pobreza y áreas donde la escasez de recursos contrasta amargamente con el desarrollo tecnológico y el acceso a productos.

 

Muchas veces vi y escuché a esos parientes del norte maravillados ante “lo liiindo que es el campo” y más de una vez pensé como esa mirada sesgada y parcial de un paraíso que no es tal, se parece a la mirada de los sureños hacia el norte, porque desde esta zona “centro-sur” hay muchas cosas al norte. Y es que la “capital del virreinato” también está al norte, pero de ella tenemos los cuentos de los que fueron… y volvieron. De aquellos que “allá” fueron tratados como “huasos brutos” a los que cualquiera puede “hacer tontos” y ofrecerles contratos abusivos sin que se den cuenta, arriendos fuera de presupuesto o ilusiones como el gran negocio de comprar terreno en la luna. Los cuentos de los que han vuelto hacen que ese norte “no sea el norte”.

 

Porque el norte está mucho más allá, en las tierras que hablan inglés, en la madre patria allende el océano, en las tierras de los gringos germanos, en esos países que se hacen llamar el “primer mundo”, pero todo indica que ese norte “tampoco” es el norte.

 

Planificando el viaje:

Para hacer el viaje, no al pasado – que ya quisiera para conocer de verdad – o al futuro – que no quisiera para no matar la ilusión y el asombro – sino al interior de la máquina que realiza este proceso de “mitificación” de los tiempos distantes, de transformarlos en cuentos de hadas y en propaganda televisiva, es necesario primero tomar algo de distancia, observar con una perspectiva que permita apreciar las cosas en su justa medida.

 

Tal vez parezca que lo más complejo es adoptar la postura de un juez imparcial cuando el enjuiciado es el presente, un presente que – para empezar – nos es tan “propio” y del que estamos “tan informados” y en consecuencia del que tanto sabemos. Pero teniendo “vistos y considerandos” a la mano podremos formular algunas ideas e imágenes más afines a la realidad: Es nuestro tiempo sin lugar a dudas, pero justamente por ello es también el momento de la perpetua lucha por ganarse “el pan nuestro de cada día”, el espacio para moverse: en el trabajo, entre los amigos, con la familia y en intimidad, y hacerse de esos espacios requiere esfuerzo, pareciera que el presente nos demanda el andar por ahí a “punta de codazos” con la gente.

 

Si el presente es un tiempo y el tiempo fluye, la mayor parte de las veces no lo hace como quisiéramos, unas es tan lento como cuando esperamos en la consulta del dentista a que nos atiendan, otras vuela en ráfagas que no alcanzamos, que nos atropellan como cuando nos hemos atrasado y queremos aún “llegar a la hora” a cumplir con nuestros deberes, la velocidad del tiempo también nos asombra cuando vemos a nuestras proles ya no salir del cascaron, sino saliendo al mundo a rascarse con sus propias uñas. Nos damos cuenta de que veinte o treinta años han pasado en un suspiro, que veinte años no es nada como recitaba la canción.

 

Y eso sin tener en cuenta que del presente hay quienes les gusta hablar mal, muchas veces basta con querer mirar las noticias para encontrarse con que “los medios de información” entregan unas visiones del “mundo” y del “presente” verdaderamente alarmantes: que se abandonaron los compromisos relacionados con las armas nucleares, que hay hambre en África, inundaciones en Irlanda, barquichuelas de migrantes perdidos en la mar, alzas de impuestos y del desempleo, para matizar ese “pastel” estos medios nos intercalan algo del “jet set” criollo y nos hablan de que Fulanita dejó a Merenganito o que ganó los Grammy un Conejo Malo, pero con ello no hacen otra cosa que mostrar un entorno mediocre francamente des-culturizador de la sociedad.

 

Pero el presente también tiene la primera risa del primogénito, el primer beso de la amada… y el último como sello de amor eterno. El presente tiene salario y regalos constantes como la lluvia que gotea lánguida al otro lado de la ventana en la noche del romance creando una cortina para que los vecinos no se metan donde no deben entre sábanas. El presente es mucho más que un motivo para querer huir a ver las flores del campo o irse a vivir a un futuro de fantasías.

 

La aduana de los sesgos:

Cuando tomamos consciencia de que no somos lo que sentimos, sino aquel que siente y ponemos bajo la lupa nuestros sentimientos, nuestra ensoñación con los tiempos distantes puede llegar a desnudarse del idilio con que nos engañamos.

 

Las emociones con que cargamos y nos cargan el presente son un aliciente a buscar “refugio” en otro lugar o en otro tiempoi, a evadirnos en “maratones de seriales de TV”, en montones interminables de libros leídos y por leer, en tiempos oliendo las flores y el aroma de la tierra, pero también en pintarnos esos tiempos distantes como estampas de novela juvenil: o los 300 griego o Flash Gordon o el Llanero solitario.

 

Si quisiera imaginar una cuña comercial para vendernos pasajes a esos tiempos idílicos y lugares de ensueño tal vez deberíamos contratar al yankee para que cante su “in the country” y que el coro de fondo sean “los parientes del norte”, porque parte de la ilusión es que nos vendan el destino, cuando en realidad queremos comprar el viaje. De alguna manera todos reconocemos que ni el pasado fue tan glamoroso ni el futuro es tan prometedor, pero todos en algún momento queremos dejar de ponerle atención, consciencia y sentimiento al presente, porque hacerlo constantemente agota y daña.

 

El presente, el aquí y ahora constituyen una realidad de la que reconocemos que nos falta información y nos sobran datos y que fluye, que de hecho es un flujo difícilmente predecible del que muchas veces, sentimos que se nos escapa y nos hace “caer” en errores y en vicios. Ese pasado pintado en la cuña publicitaria de nuestra mente, está fijo porque “ya pasó” y no nos cobra arriendo ni hay que pagar en sus restaurantes, la ensoñación de un pasado idílico no produce hambre, sino un solaz que contrasta drásticamente con las incertidumbres del presente.

 


Nos ha surgido la idea de llamar a nuestra era el Antropoceno y decir que es la era de las comunicaciones, y es verdad que el ser humano ha invadido cuanto espacio terráqueo ha podido dejando su huella y es verdad también que los datos se han liberado del papel y la tinta para viajar a casi todo lugar donde esté presente un “antropo”. Pero una lluvia torrencial de datos no conforman información, más bien como la una lluvia torrencial que hace saltar el barro que golpea, la información que se forma también “salta” en pedazos entre los datos. Pero además se nos oculta mucho dato y hay grandes cantidades de información que nos falta, no solo que color de calcetines usaba el presidente A cuando firmó el tratado B, sino la realidad de las partículas elementales y sus usos prácticos en la vida diaria y los usos imprácticos en la filosofía de la vida.

 

Las visiones tergiversadas de los tiempos remotos buscan estabilidad y esperanza. No se trata sólo de dibujarse un tiempo o un lugar remoto con romántico idilio, sino también de que en ese “pintarse” la imagen estamos bosquejando lo que nos hace falta, no sólo estabilidad o paz, sino también nuestra visión de lo justo o de lo merecido, de lo heroico o del descanso y es que cuando los “parientes del norte” van de retorno al hogar, cuando el turista vuelve a casa no sólo vuelve con bellos recuerdos y chucherías de suvenires, sino también con la imagen de que “pudo ser mejor”… “el próximo año nos vamos directo a la casa del tío y no pasamos donde Lucho”… porque el descanso que produce ese lugar remoto y ese tiempo distante nunca es como se espera. Hay un “algo esperado” que se proyecta en el “lugar de fantasía”, y la realidad nunca es igual a lo obtenido, siempre queda un dejo a ausencia, a falta y a desilusión.

 

Sacando pasaporte para Utopía:

La creación mental de Utopía es la formulación de un futuro idílico que responde a la necesidad de estar, aún cuando sea pura imaginación, en un entorno seguro, no sólo pacífico sino también libre de todo riesgo, en el que podríamos maravillarnos con los avances de la tecnología y sus implicancias en el comportamiento social del individuo, pero esa utopía nos libera de sorpresas no satisfactorias porque es una promesa auto-formulada de ausencia de quebrantos, enfermedades, carencias y dolores. 

 

Cuando la vida diaria agota al individuo “en cuerpo y alma”ii no hay sólo agotamiento mental, sino también material, el cuerpo acumula cansancio y estrés, manteniendo elevados niveles de cortisol. Los efectos de esa hormona del estrés son conocidos en gran medida existiendo una amplia bibliografía al respecto, digamos aquí simplemente que afecta a nuestro cuerpo en forma y en funcionamiento. El cuerpo nos pide vacaciones y la mente busca evasión formulando espacios o tiempos donde vacacionar.

 




Pero en esa formulación también hay una faceta crítica. No solo se proyectan en esos tiempos o lugares idílicos la necesidad de descanso, sino también parte de las causas del agotamiento y del estrés, por lo que se constituyen en una crítica no siempre o totalmente consciente del presente y sus efectos en el individuo. La clásica postal griega de palacios y templos de líneas sólidas, columnas que “derrotan” el paso del tiempo, esculturas de figuras estructuradas, simples y armónicas a las que no les cae ni el desecho de las palomas, también nos muestra que reclamamos que falta mucho de aquello en el presente: orden, estructura, simplicidad, armonía… y que hay muchas palomas.

 

Mirar detrás de las líneas de un comic, de la fantasía del “liiindo campo” y del futuro distante donde todo huele a nuevo y brilla de limpio, nos permite también “ver” el presente, no por lo que tiene sino por lo que nos parece que le falta.

 

Pero el pasaje a esas tierras de ensoñación tiene un precio, la capacidad de poner atención a la realidad disminuye. Las evasiones nos dan un recreo, pero el recreo nos separa del entorno haciéndonos perder un lapso de tiempo en que ocurren cosas que pueden ser importantes o valiosas. No pienso solo en el tiempo “gastado” durante el viaje al sur al campo de los parientes, sino también en la concentración y la energía mental y emocional que se destina a “habitar” en la ilusión de esos lugares y tiempos. Cuando formulamos la imagen de una ucronía, un tiempo idílico pasado no solo gastamos energía, también consumimos un tiempo en el que perdemos, al menos parcialmente, la noción de lo que ocurre en el aquí y ahora. Una concentración que puede llevarnos a perdernos de algo importante para mejorar el presente o algo que valorice el presente, una oportunidad de trabajo o la primera risa del primogénito.

 


La foto de despedida:

Así como ocurre en la realidad ocasionalmente, alguien que no viajará con nosotros pero nos va a dejar al aeropuerto y nos toma una fotografía antes de acercarnos a la manga de abordaje, así también nosotros al iniciar el viaje adoptamos una situación dual. Vamos a viajar pero aún no lo hemos hecho y mantenemos una visión incompleta y llena de expectativas.

 

Los pocos datos con que construimos esas expectativas revelan espacios vacíos que, automáticamente, la mente intenta rellenar con un voluntarismo algo imprudente. Los datos que faltan son imaginados pero no conocidos.

 

En ese proceso de imaginar los datos faltantes, tenemos aún una imagen incompleta: bellos parajes, comidas abundantes y solaz a raudales, pero de alguna manera “evitamos” u olvidamos incluir los esfuerzos, vicisitudes y labores que requieren “poner la mesa”.

 

Tomar consciencia no sólo de la utopía que nos construimos y de la crítica involucrada, sino también del cómo se construye esa utopía, puede permitir no sólo una mayor y mejor comprensión de lo que nos ocurre ante una realidad, por naturaleza inestable y algo caótica, sino también comprender de forma más empática lo que nos ocurre a todos y en consecuencia adoptar posturas menos críticas.

 

Llegando al hotel:

Uno de los riesgos existentes es confundir el producto de la imaginación con la realidad o simplemente con la realidad que “debería ser”. Es más común de lo que quisiéramos, pero al llegar a destino, el viaje del aeropuerto al lugar de alojamiento comienza de desbaratar los productos de la imaginación: el taxi es más lento, el tráfico tiene atascos, la calle tiene baches y la tarifa no cuadra con lo esperado. Creíamos llegar a un lugar utópico, pero llegamos a un lugar diferente del que salimos, pero que sigue siendo una realidad.

 

Este choque puede inducirnos a un viraje emocional: desde la ilusión a la desilusión o desde la mirada maravillada del paisaje hacia una crítica que quiere imponer una supuesta forma correcta de hacer las cosas. Cuando hojeamos el librito de “Las muy ricas horas del Duque de Berry” nos encontramos con una utopía nacida de la distancia de situación social, una distancia que también se quiere perpetuar manteniendo la utopía por cierto. Pero si después de hojear ese libro, cayéramos en ese momento y lugar tendríamos que enfrentarnos con el hecho de que ahí los campesinos no son adornos del paisaje, sino seres con el valor intrínseco de todo ser humano, pero que además son “necesarios” para mantener al Duque mirando desde su castillo y que por lo mismo, son “necesarios en su lugar”, una realidad así presenciada para un individuo oriundo del Antropoceno resulta chocante y puede llevarlo a una tensa y crítica conversación con el Duque. Una conversación para la que, en virtud de la parcialidad de la información, no se está plenamente preparada y que puede llevar a reconocer que ahí también hay descontentos y rebeldías, que en los bosques que aparecen en algunas de sus láminas puede ser el refugio de algún Robin Hood.

 

Contrastar cómo son en realidad las cosas con el “cómo deberían ser” puede ser un impulso del choque inicial, pero plantearlo en forma de queja y doctrina a seguir también. El hecho de tomar consciencia de que en primera instancia la realidad no es la imaginación, pero que la realidad percibida no ha llegado a conformar una visión global e integradora de la realidad, puede ser el freno de discreción, aquél que nos permite elegir el momento de plantear algo cuando las emociones del choque hayan dado lugar a la recopilación de mayor información y el establecimiento de una visión más integradora.

 

Un paseo por el mercadito:


Si en la recepción del hotel preguntamos por un lugar donde ver y probar las verduras y frutas de la zona, las comidas tradicionales con las que conocer el país y no sus menús de restaurante, puede que nos envíen al mercadito local. Ese donde los comerciantes invitan gritando a los “caseritos” a comprar los productos de chacras ajenas pero locales y en donde no falta el que ofrece el producto en veda, pero vendido detrás de la tienda. En el viaje a utopía también hay atajos y productos fuera de norma que prometen lo que, con absoluta seguridad, no pueden dar.

 

No se trata sólo de las drogas que ofrecen una utopía instantánea sin siquiera el esfuerzo del viaje, y que finalmente no son más que una sonrisa maquillada, una felicidad sin trasfondo y por tanto sustancialmente infeliz, destruyen al viajante aniquilando no sólo su capacidad de esfuerzo, sino incluso la de forjarse utopías, y reconocer la verdadera felicidad. No sólo ciertas drogas se maquillan de viaje a utopía, también lo hacen las promesas de cura universal eliminando todo o a todos los que divergen, los que no concuerdan con “lo que debería ser”. Y también es la fe ciega en ideas o visiones con sustentos débiles, pero bien argumentados.

 

Con el afán sólo de mostrar una posible relación y no pretender argumentar los cómo, ni perdonar los quienes, se puede indicar muy respetuosa y humildemente que parece haber una relación entre la íntima y profunda necesidad de utopías y el surgimiento de propuestas populistas que incluyen el exterminio de unos otros que sirven no sólo de chivo expiatorio sino también de fácil imputable por culpas ajenas.

 

Y si hasta aquí parece que hemos puesto dos banderillas de alerta en un campo minado, quedan muchas banderillas y muchas minas. Una de las que amerita banderilla no es por mucho tan grave o alarmante como las drogas o los populismos excluyentes, pero dada su popularidad requiere una alerta. Se trata de frases triviales en el lenguaje que llevan implícitas estas visiones de utopías y ucronías: “el pasado siempre fue mejor”, “la sabiduría de oriente”, “la paz del campo”. Ciertamente parecen más inocuas, pero se encuentran tan extendidas en nuestro uso cotidiano a nivel individual y social, que su efecto puede llegar a complicar la posibilidad de un verdadero desarrollo de las sociedades.

 

Una parada en el camino:

Así como en un viaje real relativamente largo es necesario repostar y hacer algunas detenciones para reponer energías y revisar el programa del viaje o incluso redefinir estrategias, en este recorrido por la construcción de utopías y ucronías es necesario cada cierto tiempo, revisar o incorporar datos y bibliografías para modificar el punto de base o la amplitud del análisis.

 

Un aspecto que parece necesario incluir antes de continuar este recorrido analítico está basado en el hecho, aparentemente fundamentado, de que la visión del pasado y del futuro está influenciada por la percepción del presente. Cuando el presente se nos presenta como mejor que el pasado inmediato, la razón y la emotividad que ello nos produce forja un filtro que nos induce a proyectar el futuro con un sesgo de optimismo y el pasado como un tiempo complejo que eventualmente pudo ser el necesario quebranto para este presente y ese futuro, cosa similar nos ocurre en el caso contrario. Un presente más complejo y limitante que el pasado inmediato define un filtro de pesimismo ante el futuro y añoranza del pasado; una añoranza que, en nuestro contexto local, se construye con materiales tan precarios como peligrosos.

 

Postales del pasado:

En Chile aproximadamente 4 de cada 10 adultos presenta deficiencias en comprensión de textos y si bien se ha establecido una cantidad mínima de horas de televisión abierta con contenido cultural, la definición de contenido cultural es más bien de publicidad turística local con sesgo nacionalista y una visión de la cultura que se confunde con un folklore donde cualquier persona que rasquetea una guitarra o quemando carne, es patrimonio cultural vivo.

 

Considerando esta situación, la imagen del pasado que tienen la gran mayoría de los chilenos, no pasa de fantasías forjadas con telenovelas turcas, brasileñas o venezolanas como materia prima y donde el insumo de excelencia lo constituye algo visto en alguna película norteamericana de acción “ambientada” en algún momento de la historia.

 

Así visto que los adultos de las clases medias, formados por un sistema educacional donde no existía la “promoción automática”, construyan una visión del presente cultural más bien desalentadora y que perfilen el pasado como un tiempo de trabajo y éxito basado en el mérito no resulta extraño.

 

Sin embargo, no todo en el pasado inmediato fue mejor, basta con buscar fotografías tomadas entre 1930 y 1970 para encontrarse con una fragmentación y separación de las clases sociales que puede llegar a resultar brutal, o recorrer las bibliotecas para encontrarse con una importante cantidad de cuentos y novelas que “delatan” las condiciones de vida en el ámbito rural, la realidad tenía “un vaso de leche” y unos “Piececitos de niño, azulosos de frío”iii, pero también era una sociedad donde la mujer tenía un rol casi exclusivamente dentro de casa y sin necesidades de formación completa y el éxito que podía alcanzar gracias al merito un hijo de campesino, era llegar a ser dependiente de comercio o funcionario bancario y que como siempre ha sido, aquel extremadamente hábil que podía progresar algo más, lo hacía porque le era útil a las clases superiores. Escribo esto teniendo la cautela de saber que es el “relleno molineskiano”iv que hago como autor del texto con los datos que escojo para perfilar mi imagen de esa porción de la historia, y sabiendo también que puede ser cuestionada y criticada y que en verdad, espero que así sea.

 

Cuando maquillamos el pasado con el colorete de que era “todo era mejor” estamos sesgando la realidad con los datos que destacan, olvidando la rutina de caminatas al colegio, de lavados de ropa en bateas de madera o de los alimentos que sólo estaban disponibles en la estación en que se producían. Y eso teniendo en cuenta un pasado relativamente reciente, uno del cual aún tenemos testigos vivos.

 

Tal vez lo más tentador del pasado, es que “ya ocurrió” y si bien los datos que nos llegan han pasado por el filtro del tiempo, también están fijos y no cambian. No es posible que Cayo Julio César murió asesinado y los datos nos dicen que Bruto participó del hecho, tal vez pueda considerarse mito que Cesar dijo “tú también hijo mío” o que uno u otro relato tiene más de fantasía, de manejo político o de sensacionalismo, pero los hechos “duros” ocurrieron y son tan inmutables como las cosas carentes de vida propia. Sí más allá de la imaginación estuviéramos presentes en el teatro de Pompeyo en marzo del año 44 antes de Cristo, seguiría muriendo el mismo personaje histórico y a nosotros no nos pasaría más que el ser testigos de un hecho sangriento. El pasado es seguro mientras que en el presente no somos sólo testigos, también somos actores y podemos llegar a ser víctimas.

 

Selección de suvenires:

Los recuerditos de viaje sirven para regalárselos a alguien a la vuelta, o para ponerlos en algún lugar de la sala de estar en casa para despertar recuerdos en uno mismo o para servir de detonante de una conversación, pero cuando hemos llegado recientemente de vuelta, ponemos la colección completa sobre la mesa y ahí elegimos: qué cosa para quién. Esa selección es una buena alegoría de lo que hacen la historia y los historiadores.

 

De niño viví en otro país y me enseñaron “la historia patria” de esa otra nación. No solo era distinta sino que además me resultó algo “infantil” y muy poco creíble, desde entonces mi visión de la historia incluye que ella tiene una base poco fiable. No se trata solo de que la historia “la escriben los vencedores”v y los poderosos, sino también de que la escriben con un propósito que no es necesariamente “escribir” la historia.

 

Los hechos del pasado muchas veces no son mucho más que los pocos datos que nos llegan de un tiempo pretérito y que sirven para contarnos un cuento o hacer una arenga dirigida no a un batallón sino al pueblo.

 

Si concebimos la historiavi como el conjunto de múltiples cadenas de hechos reales y simultáneos que transcurren en el tiempo, podríamos comprender que ella es independiente de la observación e interpretación que se haga de esos hechos. Que si “encontramos una huella grande con cuatro puntas, tres adelante y una atrás” eso es un hecho, pero que “esa huella es de un dinosaurio” no es un hecho, sino una interpretación que puede ser verdadera o falsa y por tanto será objeto de valoración y crítica.

 

Pero ese conjunto de cadenas de hechos tiene un efecto importante en lo que perdura en el tiempo. Si el Nacionalsocialismo alemán quemó libros por montones no fue en esto original ni novedoso, a lo largo de la historia se han quemado textos muchas veces en forma intencional y otras tantas “sin dolo”: no había la intención de quemar algunos determinados y específicos libros cuando decidieron quemar la biblioteca de Alejandría o cuando se bombardeó Dresde.


 

A muchos seres humanos nos toca vivir más de un traslado, guardar en cajas cantidades importantes de cosas y en ese momento nos damos cuenta de que todos tenemos algo de Diógenes, pero también nos damos cuenta que tenemos que seleccionar tal como lo han hecho quienes decidieron qué libro, rollo o tablilla debían comprar o copiar para la biblioteca de Alejandría, Pérgamo o Asurbanipal. De lo que ha sobrevivido al paso del tiempo, mucho pasó por ese tamiz, reservando lo que esos “censores” consideraron adecuado o importante y abandonando al olvido todo lo que no les pareció “excelso” y destacable. Algo similar sucede con la historia que nos cuentan, se fundamenta en lo destacable e importante y relega lo cotidiano y mediocrevii.

 

Estos motivos tienen cada uno múltiples consecuencias que pueden dar la impresión de seguir su propia cadena de relaciones causales. Por un lado configuran un sustrato donde la interpretación y el relleno de baches entre datos se nos hace necesario a los seres humanos ya que buscamos no solo ver algo, sino también comprenderlo, y esa comprensión requiere relato. Los restos de un jarrón de burda greda con un dibujo en uno de sus lados es un resto de algo que sirvió, se usó, se rompió y se reutilizó, pero que nuevamente reutilizamos ahora tratando de imaginarnos el cuento, el relato que esos restos y los datos que de ellos obtenemos nos permiten hacernos.

 

Que la formulación de ese relato tenga un objetivo de pura comprensión es posible, como también lo es que el relato se construya con otros fines: potenciar un personaje, fortalecer una cohesión, ser fundamento de unos conceptos o la coerción de ciertos actos potenciales.

 

El otro efecto importante es que voluntariamente o no, solo nos llega una parte del pasado y una parte que se reduce en la medida que la distancia temporal aumenta. Y aquella porción que logra sobrevivir al paso del tiempo es una muestra estadísticamente no representativa del tiempo en que se originó, pero históricamente muy significativa y por ser un exclusivo o poco común fragmento de ese tiempo, una importante fuente de representación de él.

 

Las frases sueltas y palabras truncadas que han sobrevivido en restos de papiros y pergaminos, despiertan en nuestras mentes, no solo el apetito por rellenar los vacíos, sino que también aguijonean nuestra curiosidad y fertilizan la alegría que podemos sentir al encontrar, ya no el dato, sino el mejor relleno. Heráclito de Éfeso parece el mejor ejemplo de esto ya que lo poco que de él nos ha llegado es por citas de terceros y algunos de ellos explican o interpretan, y solo unos cuantos hacen citas literales, de modo que lo realmente heracliteano es un verdadero rompecabezas donde faltan muchas piezas y hay otras tantas que están rotas, pero que dispuestas para la observación y vistas “desde lejos y con los ojos entrecerrados” nos sugieren un gran personaje, uno al que es “justo y necesario” cierto respeto y admiración.

 

La sobrevivencia al paso del tiempo deja una pátina de añoranza en esos sobrevivientes que adoptan un aspecto más respetable, pero esta es una condición que puede no ser original, sino un aditamento que ha otorgado el paso del tiempo. Heráclito podría no parecernos tan sabio maquillado e iluminado durante una entrevista para la televisión o puede que sí, pero eso realmente no lo sabremos nunca.

 

Reflejos lunares:

La comprensión de que el pasado idílico y el futuro soñado así como los sabios de oriente, es una comprensión que ilumina las utopías y ucronías y estas reflejan esa luz en la realidad. Tal como la luna refleja la luz solar en la superficie calma de un río que nos recibe llegando de vuelta a casa después del breve viaje.

 

Nuestra visión del pasado sigue siendo limitada, pero ya no podremos volver a verla como una fantasía recreacional. Sí, hubo hechos y personajes que destacaron, pero también hicieron las camas después de levantarse y lavaron los platos después de comer. Y hubo el sabio y existió el tonto y muchos como nosotros en algún punto intermedio.

 

Con alegría y respeto podemos decir que la historia parece habernos reservado el nombre de Kushimviii, un escriba sumerio pero también con algo de desilusión debemos decir que de él apenas nos ha llegado algo más: era un escriba, escribía los registros de producción de cebada y malta, firmaba sus registros haciéndose responsable de ellos y de los errores que cometió, y muy poco más sabemos del antiguo Kushim pero eso ya es mucho más de lo que sabemos o quisiéramos saber de la o las personas que preparaban la arcilla que él, cuña en mano, usó para registrar.

 

En los registros sumerios y caldeos aparecen los gérmenesix, las ideas primeras que sirvieron de base para aquello que desde el siglo XIX llamamos justicia social. Ese hecho demuestra que en aquellos lejanos tiempos esos conceptos y esas ideas respondían a una necesidad que les era importante, tanto como para incluirlo en sus códices y registros. Pero el cambio de punto de vista que esos conceptos han tenido desde entonces y hasta ahora, demuestran que ha existido un avance más en el “acuerdo social” que en los individuos en particular.

 

Pero ese “reflejo lunar” no nos permite afirmar que la dureza cotidiana de los tiempos pasados ilumina nuestro presente como si fuera “la guinda de la torta”. El presente también es devenir, flujo entre tiempos diferentes. Si bien el presente es la consecuencia del pasado y en ciertos planos - ética social, de desarrollo tecnológico y científico - demuestra un nivel mejor o más elevado que el pasado, en lo individual seguimos actuando como miembros de una tribu, perfilando nuestros datos en nuestros conceptos y “saberes” y moldeando nuestras personalidades para lograr una mejor interacción social, ganándonos “el pan nuestro de cada día” y luchando por sobrevolar la fangosa realidad para elevarnos, tal vez no a una mejor realidad, pero sí a una mejor versión de cada quien.

 

El feliz retorno al hogar:

Tal vez lo más interesante de reconocer que existe este “reflejo lunar” en los tiempos y lugares idílicos que nos pintamos, no es lo que dibujamos, sino el conocer los materiales y el proceso que usamos para hacer ese dibujo, para construir utopías y ucronías, porque reconocer en ellos una porción de crítica, una de evasión y otra de necesidad y emoción, nos permite reconocer que el presente suele resultarnos incómodo y nos induce a querer cambiarlo.

 

Si con un adecuado punto de apoyo pudiéramos mover el mundo, hacerlo requiere fuerzas que tal vez estén fuera de nuestro alcance, pero movernos para ver “mejor” el mundo nos resulta normalmente más accesible. No podemos darnos el lujo de engañarnos creyendo que una acción excluya a la otra, pero parece necesario priorizar y programar primero los cambios en el propio ser y después “en el mundo”.

 

Reconocer que creamos utopías y cómo lo hacemos, nos ayuda a una mejor comprensión del “qué” somos y del “cómo” somos y en consecuencia, nos permite valorar mejor esa realidad para lograr que nuestra mejor versión sea la que vea el reflejo de la utopía.

 

Si nuestro cuerpo necesita “vacaciones” y nuestra mente “recreos” y los reconocemos como tales, no por ello hay que restarles mérito ya que más de una vez, la historia nos ha demostrado que esas utopías han sido el aliciente necesario o gatillador de horas de trabajo que concluyen en un computador sobre nuestras rodillas, un “reloj inteligente” en nuestras muñecas o en cosas, hoy tan cotidianas como agua caliente en la cocina y la ducha o aspiradoras para sacar el polvo o en cosas que aún nos resultan tan maravillosas o incomprensibles como una partícula que está en dos lugares a la vez.

 

Finalmente, a pesar de que ahora “me conozco” un poco más y de que podría esperar una “mejor conducta” de mi persona, sigo siendo yo y el presente sigue siendo un presente capturador más que cautivador. Pero aun cuando este pequeño paso para un hombre no es un gran paso para la humanidad, sigue siendo un pequeño paso para un hombre, hay que seguir “viajando” y tomándose vacaciones, eso sí, con la consciencia de lo que son.

 

Bibliografía 

iLa sociedad del cansancio. Byung-Chul Han. Segunda edición

ii¿Por qué las cebras no tienen úlceras? R. M. Sapolsky. 2025

iiiTala. G. Mistral.

ivHistoria de la acumulación capitalista en Chile (Apuntes de clase). G. Salazar. 1976

vTesis sobre la Historia y otros fragmentos, W. Bejamin, editado y traducido por Bolívar Echeverría.

viIntroducción a la Historia, M. Bloch, 1982.

vii¿Qué es la historia?, E. H. Carr, 1984.

viiiDe animales a dioses, Y. N. Harari. 2018

ixLa historia comienza en Sumer. S. N. Kramer. 2019

Emulación o Demolición



Abordaje

Las dualidades a las que nos enfrentamos a lo largo de la vida parecen generar un lista sin fin, pero no se trata solo de dualidades; en realidad es común que vivamos entre múltiples alternativas no complementarias, aparentemente solo es posible elegir una u otra pero no adoptarlas en grupo ni en masa. Sin embargo, esta misma idea puede ser el fundamento de una predisposición a percibir la realidad como un conjunto infinito de dualidades y alternativas entre las que elegir.

La cuestión trascendente no es si la vida es dual o una prueba de múltiples opciones; lo relevante es que la percepción sensible de las cosas no es tan imparcial como parece a primera vista, sino que esta influenciada por la carga de conceptos previos del observador. Por expresarlo en términos simples hasta lo burdo, los ojos ven lo que ven, pero la mente toma esos datos visuales para construirse una imagen o idea acorde y armónica con sus saberes previos.

En este texto se expondrá el examen a las relaciones entre la percepción y la formulación de conceptos, buscando una mayor comprensión del proceso y sus relaciones con otros aspectos del ser.

Vuelo

En español existe una palabra que resulta ser, de por sí, origen de confusión: sentir. Sirve tanto para referirse a las emociones, a una dirección o sentido del transito y a los sentidos que usamos para percibir el entorno. Tal vez esta confusión tenga un origen y causa – un arkhé- menos descarriado de lo que parezca. No obstante, en este texto cuando se usa el vocablo “sentir” o sus derivados, se refiere la mayor parte de las veces al proceso mediante el cual los órganos sensoriales nos entregan datos.

Parece relativamente obvio que los sentidos sienten, que el ojo ve y el oído escucha. Es menos evidente que existe un “alguien” que ve, y que ese alguien influye en la forma, intensidad y trascendencia de la percepción, otorgándole al proceso una doble dirección. Que los sentidos pueden ser engañados, y en consecuencia, el observador puede ser confundido es relativamente claro. No se trata aquí de una cuestión meramente biológica - como que un daltónico puede equivocarse al nombrar un color o la existencia de ilusiones ópticas - sino de que los datos entregados por los sentidos son procesados por el observador desde una perspectiva propia, asentada en sus conceptos previos.

Igualmente parece claro que el observador puede reducir el campo de percepción, enfocando los sentidos o la consciencia de ellos. Enfocamos la vista o agudizamos el oído, así como enfocamos la mente sobre un tema en particular o incluso en un aspecto en particular de un tema. Pero es menos evidente que ese enfocarse tiene una causa que se oculta bajo la superficie de la consciencia. Simbólicamente se ha relacionado el lado derecha del ser humano con la razón y la lógica, por lo que si en este viaje miramos a estribor es posible ver que, detrás de los órganos de percepción o la forma de usarlos, existe un observador y que éste también influye en la percepción.

Primera Escala: Origen de los conceptos

La lógica indica que nadie busca lo que ya posee y por lo tanto nadie buscaría aprender algo que ya sabe, pero también la lógica nos indica que si hay algo que no sé sabe que es, no se lo puede buscar, porque no se sabría que se busca, ni tampoco se sabría si ya se lo ha encontrado.

Esta y otras cuestiones llevaron al venerable Platón a considerar que las idas se encuentran siempre en la esencia del ser humano, que le son innatas pero que, por cuestiones menos claras, eran olvidadas; aprender y crear nuevas ideas para él sólo consistía en recordar.

Siguiendo la alegoría del viaje, en esta escala podríamos decir que hemos ya tomado esa fotografía del monumento a Platón y su anamnesis, pero hay más en el paisaje. El discípulo platónico Aristóteles sostenía algo parecido: a que a través de los sentidos vemos “esa” calle, “esa” particular catedral y nuestra mente, en la medida que vé no una calle, sino varias calles, genera por abstracción el concepto universal de calle. Por lo tanto nada existe en la mente que primero no haya pasado por los sentidos.

Y si bien parece que la historia nos pone frente a dos visiones muy diferentes del como surgen las idean en el alma: innatas o adquiridas, estas dos visiones no son necesariamente excluyentes. Antes de continuar es necesario tener en cuenta que si bien el Maestro enseño al Discípulo, las ideas de uno no fueron transportadas de la mente del uno al otro, no fueron extirpadas en uno para ser trasplantadas al otro. Aristóteles tiene su propia visión influenciada y en algunos casos, enfrentada a la visión de Platón, por lo que él termina formulando su propia visión. Si se entiende que eso ocurre entre alumno y discípulo que se conocen directamente, es relativamente obvio entender que entre el siglo IV A.C. y el XVII D.C. la forma en que se concibe la adquisición de conocimientos se transmite, altera y evoluciona de muchas maneras y por diferentes caminos y desvíos.

Los empiristas formularían una visión novedosa, en el paisaje que ellos perfilan se puede apreciar que los conceptos pueden ser clasificados, en un lado se agrupan los conceptos de sensación, por otro los resultantes de la reflexión y al medio, las ideas mas complejas formadas por asociación a las que se les pone una escarapela distintiva, son las “Leyes” que formulamos con y desde todo lo apreciado. Racionalistas como Descartes dirían que la mente humana posee semillas de verdad o facultades que le son innatas que se desarrollan mediante el raciocinio aplicado a los datos adquiridos y Kant estructuraría esto en nuevos términos: la mente posee estructuras previas y el conocimiento surge cuando los caóticos datos entregados por los sentidos son organizados.

Cuando los filósofos lingüistas y los neurocientíficos entraron en escena en sus debidos tiempos, el paisaje se abrió a un nuevo panorama: la mente humana nace con estructuras innatas, estructuras del idioma, la red hebbiana, los grupos de neuronas que se activan y trabajan en equipo.

Habiendo ya recorrido en esta “escala” de un sólo día y con un guía turístico que nos ha paseado – raudo - por las visiones que han existido respecto del origen de las ideas y conceptos en la mente, parece lógico concluir que todas esas visiones poseen su propia belleza y lógica. No se trata de algo meramente intelectual sino también de ser justamente agradecido con cada pensador, al tiempo que humilde observador antes que altivo juez de sus ideas.

En particular por que parecen mostrar una evolución que va incorporando y evolucionando los conceptos pretéritos en los modernos. Hay un algo innato que no requiere ser recordado, sino más bien activado, para que podamos organizar los datos que pasan por nuestros sentidos desde el entorno a la mente. Todo lo cual no obvia ni excluye la posibilidad cierta de que aquello innato en el ser humano: los medios de percepción y la mente tienen unas capacidades y unas limitaciones, también innatas que les impiden ser imparciales en el proceso induciéndolas a ser activas en el mismo.

Sin lugar a dudas no solo existe una distancia temporal entre esos pensadores. Lo innato en Platón no es una estructura que contiene, sino las ideas que son contenidas en la estructura. La cualidad de innato podría parecer que perdura, esa cualidad salta de la idea a una suerte de arquitectura, de la forma a una cosa, de una “causa formal” a una “causa material” y ese salto no parece una evolución, sino un revolución en cuyos campos de batalla pueden encontrarse los vestigios de las pérdidas.

Por otro lado, los conceptos no son meros algoritmos lógicos, podríamos decir alegóricamente que son pasajeros rebeldes y juguetones que viajan en nuestra mente, y que a veces movemos a voluntad y otras nos arrastran al borde del barranco, parecen llevar siempre un carga emocional. Son hijos mestizos nacidos de nuestros sentidos, nuestras lógicas y nuestros sentimientos que unas veces obedecen, otras se rebelan, otras trabajan o juegan. Fuera de la alegoría, diríamos que los conceptos son elementos compuestos, con cargas lógicas y emocionales que usamos, pero que también nos impulsan a pensar, sentir y actuar, y ese impulso tiene tanto “motores” propios de los conceptos, en virtud de sus cargas y masas, como motores de la mente que los usa.

Segunda Escala: Homo sapiens, Homo faber, Homo sentiens

Esta nueva escala se hace necesaria para recargar los sistemas. Si pretendiéramos pensar un poco en formato aristotélico, podríamos ver que la mente del ser humano tiene una constitución, y en consecuencia podemos imaginar que está compuesta de algo que es de por si una emulsión de datos, sentimientos, pensamientos y otros elementos por descubrir, y si tomamos ese “algo” como su materia constituyente a pesar de reconocerla como algo inmaterial pero inteligible, podemos mover nuestros conceptos en torno a un eje imaginario, la mente posee una causa que tiene unos contradictorios visos de ser material.

Como la materia no puede carecer de forma, por confusa e indefinible que nos resulte, la mente debería tener una forma o al menos una forma de hacer y procesar y por tanto una causa formal. Estas dos causas no se encuentran aisladas las unas de las otras, sino fuertemente influenciadas entre sí. La realidad es captada por los sentidos que entregan datos al cerebro y sus redes neuronales, estos procesan para que el yo - consciente o no - los pueda usar como materia prima de ideas, simples o complejas, particulares o universales. Las ideas no son lo que vemos, sino la imagen que formulamos en nuestras mentes, de aquello que vemos. Mientras la realidad es indiferente a nuestra concepción de ella, nuestra idea es dependiente de nuestra percepción de armonía y similitud entre la idea y la realidad.

Las ideas o conceptos, por un lado parecen moldear las redes neuronales fijándose en versiones formales nuevas y por otro lado, parecen modular la forma en que percibimos el entorno, creando un bucle. Lo que sabemos, nuestro “bagaje de conocimientos” influye en lo que hacemos tanto en el entorno material o social como en la intimidad de la propia mente, ya que esos conocimientos previos influyen en como pensamos y sentimos. Pero a la vez, la forma en que movemos las ideas, influye en un efímero estado de animo como en una más permanente forma de sentir, emocionalmente hablando y esta forma de sentir y de pensar, influye en la forma en que percibimos el entorno.

Los conceptos previos modulan la percepción sensible, pero esta alimenta la formulación de conceptos, un uroborus del saber, en que ocurre algo especial, alegóricamente este animal cambia el contenido de su boca, la posición de la mandíbula y hasta la dentadura al morderse la cola.

Pero la percepción no sólo altera al perceptor, sino también al contenido. La percepción de la realidad tiene efectos en diferentes planos: modifica el conjunto de datos con los que nos construimos nuestra imagen de la realidad, modifica la forma en que procesamos los datos que percibimos y la forma de percibirlos, es decir que él que percibe es modificado por la realidad, pero también “se” modifica a si mismo y en base a todos esos procesos, también puede decidir una acción en pos de modificar la realidad.

Tercera Escala: resistencia y re-fundación, un trabajo herculíneo

Tal como se ha presentado previamente: los sentidos capturan datos del medio y los envían al cerebro para ser procesados en él, por la mente para formular ideas que son imágenes de la realidad. Esta fórmula parece simple pero tiene implícito un detalle nada despreciable: la mente parece ser un elemento en juego que ni es cerebral ni material, es un “yo” metafísico, un espíritu indefinible del que difícilmente podemos hablar sin caer en cuestiones indemostrables, que no es posible someter a prueba y que por tanto no pueden ser descartadas ni desmentidas, cayendo en la fangosa zona de las opiniones y los credos.

Escribió Wittgenstein que: Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar. Yo voy a decir solamente que creo en un “algo” al que me resulta muy complejo ponerle nombre, pero que otros han llamado: yo, psique, mente, consciencia, super-yo, alma, ánima y quien sabe con cuantas denominaciones más. Creo que ese algo es inmaterial pero al menos parcialmente inteligible y potencialmente imperecedero, que es aquello que anima al ser humano. Creo también que por ahora se nos escapa a un conocimiento más pleno, pero que así como avanza la ciencia también avanzan otras herramientas humanas para descubrir el mundo. El raciocinio y la lógica muestran un desarrollo a lo largo de la historia que parecen indicar que no sólo ha evolucionado el material con que estas herramientas trabajan, sino también las propias herramientas, tal como el cerebro es un órgano biológico sometido a las “leyes” de la evolución, la mente que sostiene parece también evolucionar por lo que parece razonable pensar que alguna vez lograrán el desarrollo que permita descubrir la esencia de los seres pensantes que tienen la capacidad de ser conscientes de sí mismos.

Dicho esto sólo queda por pedir al lector que considere que cuando me refiera a esa esencia humana consciente, tenga “en vista” a lo que me refiero y que sea tolerante con mi visión de ello. Los sentidos transforman la percepción de la realidad en datos por medio de procesos que al ser estudiados con detalle, maravillan por la forma en que ocurren combinando procesos biológicos, químicos y físicos. Esos datos son entregados a la mente en el cerebro y esta parece realizar un primer proceso que en alguna medida es similar a lo que hace un recepcionista, dirige el dato a un primer destino: unos al plano consciente y otros, por ejemplo por ser redundantes, al inconsciente.

Todos ellos sin embargo, parecen pasar por un segundo cedazo y aquí la alegoría más bien sería la del fabricante de rompecabezas que se pregunta si ese dato, visto como una pieza calza con el rompecabezas. Visto así, un dato que no parece parte “de” o no muestra armonía “con” nuestros conocimientos previos, pero que llega al inconsciente tal vez no por redundante sino por haber ido momentáneamente menos importante, puede crear una disonancia que paulatinamente se torne llamativa. Por otro lado un dato que por novedosos o por no “encajar” adecuadamente y que llega a la consciencia, será el gestor de la curiosidad que nos empuja a: recabar más datos y buscar aquellas relaciones que permitan descubrir cómo y dónde ese dato encaja mejor.

Un dato que no entra en armonía con el bagaje de conocimientos previos puede ser catalogado como “dato erróneo” ya sea por error del receptor, error del transmisor o cualquier otro. Pero un grupo importante de datos, coherentes entre sí pero que no concuerdan o articulan adecuadamente con el bagaje previo, denota un fallo el conocimiento. El bagaje de conocimientos previos se consolida en la medida que permite una praxis con impactos efectivos. Esta consolidación se asienta en el ámbito de lo útil y tal como un carpintero que cuida sus herramientas, el ser humano cuida y protege su bagaje de conocimientos por lo que al encontrarse con un dato incoherente tiende a desecharlo, pero cuando se enfrenta a un raudal de datos que le parecen contradictorios no puede hacer menos que estudiar la herramienta para evitar que deje de funcionar.

Si, como un río, el caudal de datos limpiara nuestro almacenamiento de saberes con la fuerza de una realidad herculínea, podríamos caer en la amnesia. Sin embargo, también se requiere un importante empoderamiento de la voluntad para no dejarnos llevar por la terquedad queriendo mantener una herramienta cuya eficiencia es cuestionada por los datos.

Cuando los datos ofrecidos por la percepción demuestran una “adolescencia” del bagaje de conocimientos, en el sentido de que este bagaje sufre de una ausencia o carencia de capacidad de incorporalos armónicamente, no existe una vía de resolución sino un conjunto de opciones que elegimos conscientemente o ante las cuales operan mecanismos inconscientes que llevan a: ignorar los datos, formular algoritmos que fuercen el ingreso de los datos al bagaje de conocimientos, aislar en el trasto del olvido los saberes previos, perfeccionar el bagaje o incorporar los nuevos saberes pero articulándolos con el bagaje previo.

En la economía de la selección de opciones, las mas costosas serán las últimas en ser consideradas para su uso. La estulticia parece menos engorrosa y desgastante que realizar una modificación consciente del bagaje de conocimiento o realizar una nueva incorporación. Cuando la opción es inconsciente ocurre el mínimo gasto, pero el individuo no queda liberado de futuras discordancias entre la realidad y el bagaje de conocimientos ni de que estos puedan emerger desde el inconsciente de forma ingrata. Por otro lado, no es improbable que la percepción de una discordancia entre datos y conocimientos sea una percepción errónea y que esos datos o bagajes que han sido aislados, puedan emerger desde el olvido, como un recuerdo que se re-construye y devuelve a la categoría de saber y no de error.

Si la opción se elige conscientemente e involucra a bagajes de conocimientos con trascendencia práctica, importancia en la formulación de la personalidad con la que se interactúa en sociedad o trascendencia intima del ser, el esfuerzo para aplicar esa opción es mayor pero necesaria. Cuando lo que falla carece de importancia o de valor, es casi natural que consciente o inconscientemente perdure, pero cuando el dato percibido produce discordancia en planos más profundos, el cambio pasa a ser necesario para la supervivencia biológica, económica, social o íntima. El cambio deja de ser una opción y se instala como una necesidad que puede ser abordada además como una aventura que retroalimenta el saber y el aprender.

Un escape del viaje

Suele ocurrir en cualquier viaje, que suceda algo que no estaba en el programa. En el proceso de ponderar la imparcialidad de la percepción y en este punto recorrido, una mirada hacia el otro lado de la vereda nos permite apreciar que la posibilidad de “optar” no resulta siempre tan simple o incluso tan “posible”.

Volviendo a usar alegorías, invito a imaginarse una logia de constructores medievales haciendo sus esfuerzos por poner las últimas tejas y la piedra final de su templo, cuando les informan que así no era como lo quería el financista principal y que deben demolerlo todo para hacerlo de nuevo pero de la forma correcta. No se trata aquí de que en la medida en que envejecemos, nos resulte más difícil hacer cambios en nuestros bagajes de conocimientos - cosa en que más de un caso puede ser verdad - sino de que independientemente de la edad, cuando el bagaje se aprecia casi como obra terminada, hacer cambios o incluso “ampliaciones” nos resulta menos atractivo.

Este cambio de mirada parece exigir otro más, hay personas que por diversos motivos parecen atrapadas en sus bagajes de conocimiento que dejan de ser, alegóricamente ambientes abiertos y se tornan en jaulas cerradas. Me refiero a personas cuyo instructivo genético genera una variante menos flexible del ser biológico, uno cuya plasticidad neuronal es menos maleable o, que por el uso de drogas o incluso por asentamientos dogmáticos pierden esa plasticidad.

La realidad nos ofrece datos al respecto que permiten la formulación de un conjunto de ideas que estructuran un temporal y dinámico saber que puede expresarse en el sentido de que independientemente de la plasticidad que posea un individuo, esta es una condición no un valor ni un destino. Desde un punto de vista pragmático y utilitarista podría argüirse que cada quien sirve para cosas distintas, pero esto sería llevar al individuo a la condición de cosa útil y los individuos son mucho más que cosas y valen mucho más que la utilidad de lo que hacen.

Retomando la ruta

Los cambios en el bagaje de conocimientos tienen una serie de implicancias: requieren esfuerzo, toman tiempo, implican riesgos y demandan pruebas. Cuando los conocimientos previos parecen no concordar con un flujo de datos, está dentro de las posibilidades modificar esos conocimientos en un proceso que bien pudiera ser denominado una emulación, en el sentido de que es una copia o una reformulación que usa como base estructural lo anterior manteniendo inalterados ciertos aspectos o caras del conocimiento, modificando otras para poder incorporar el nuevo conocimiento, otras para una mejor interacción con otros conocimientos y otras para la formulación de efectos prácticos. Constituyéndose en un proceso de emulación que resulta no sólo integral sino además integrador, pero que mantiene ciertos riesgos, lo que se está copiando es un bagaje de conocimientos estructurados para representar la realidad e interactuar con ella en diversos planos y esa representación es siempre parcial, incompleta e imperfecta.

Cuando copiamos un mal esquema, lo podemos mejorar pero siempre tendrá un resabio de las imperfecciones y fallos del original. Cuando los fallos son pocos o son menores, emular parece la mejor opción, pero cuando no es así, parece que la mejor opción es demoler y construir nuevos conocimientos.

Ambas posibilidades requieren de esfuerzo, trabajo y tiempo. No es un proceso instantáneo ni la reformulación de conceptos ni la adaptación de nuevos. Reformular un conocimiento es alegóricamente como modificar una construcción, requiere demoler ciertas áreas, modificar otras, incorporar nuevos espacios, generar vías de acceso. Un raudal de datos que complementan un conocimiento requieren que se elija lo que se mantiene del bagaje pre-existente, se abandone de él lo que no concuerda con los nuevos datos, se establezcan los vínculos entre lo antiguo y mantenido con lo nuevo y adoptado, para luego observar si la nueva estructuración del conocimiento es acorde, primero con esos nuevos datos que exigieron el cambio, y también con el resto de los conocimientos. Un cambio se transforma así en una cascada de cambios cuya duración e intensidad varía de caso en caso.

Mirando el panorama de esta manera, parece que el conocimiento podría alcanzar en algún momento una suerte de asentamiento, tanto por emulación como por nueva construcción de conocimientos pareciera que nuestro bagaje de saberes es cada vez mejor representación mental de la realidad y, que en algún punto del proceso, los datos tendrían cada vez menos posibilidad de hacer tambalear al bagaje de conocimientos, sin embargo el que conoce no es un ser en proceso y su conocimiento no es definitivo, perfecto e inmutable, sino también un proceso. El bagaje de saberes parece asentarse, pero en realidad se “asienta” en un bote que flota en el fluir de un río que cambia permanentemente… el uroborus se vuelve a asomar, pero ahora en la superficie del río.

La exteriorización es posterior a su formulación, requiere que la situación amerite su presentación pero además de la voluntad o intención de hacer algo fundamentado en la nueva estructura de bagajes de conocimiento así como de que el análisis de costos y eventuales “beneficios” aparente justificar el acto, sólo entonces el conjunto de conceptos permite perfilar un plan de acción, una forma proyectada del acto que desde ciertas áreas del cerebro (prefrontal) hacia otras áreas que finalmente permitirán que la idea se exteriorice. Visto así es natural que surjan dudas, en especial del porqué si sabemos ciertas cosas, no actuamos rutinariamente en concordancia con esos saberes.

Cuarta Escala: reconocer el sesgo

Algunos viajes requieren algunos pasos atrás para reiniciar el movimiento en nuevas direcciones, tal como ahora parece necesario retomar el viaje desde el punto en el cual se ponderan los flujos de datos para contrastarlos con el bagaje de conocimientos, para ocuparse del hecho de que dicho bagaje posee una masa que no es exclusivamente racional y que su componente emocional no sólo le da peso y valor, sino que además influye en “la forma de ver” las cosas o de percibir los datos, al mismo tiempo que lo pone en una altura – baja o alta – desde la cual mira, unas veces humilde y otras altiva.

Esta carga emocional puede llevarnos a aceptar los dichos de alguien sin analizarlos en profundidad simplemente por que el emisor es visto como un referente positivo, llevándolo a ejemplos que rayan con lo absurdo: Si lo dijo Aristóteles debe ser verdad, aunque sostenga que el centro del universo es la tierra. De la misma manera podemos desestimar lo que ha dicho o escrito un Hitler, simplemente por que él lo planteó en algún momento.

Si nos despojamos de estos ejemplos y destilamos lo esencial de ellos, podemos comprender que en más de un caso los conceptos tienen cargas emocionales por relaciones con otros hechos. Pero las cargas emocionales de los conceptos o ideas no dependen sólo de relaciones con recuerdos o con procesos y eventos colaterales, sino también con el estado anímico del momento y del proceso mediante el cual ese concepto es adoptado. La carga depende de la historia reciente y pretérita en que germina.

Los conceptos no solo nos permiten representar mentalmente la realidad, sino que además nos sirven para actuar en la realidad y en consecuencia nos sirven para algo, un algo que puede ser tan simple como llevar la cuchara del plato a la boca o tan complejo como “ganarse el pan nuestro de cada día”, formar parte de un club o enfrentarnos a las cuestiones trascendentes del ser humano, como la vida en pareja o la misma muerte. Aquello para lo cual nos sirven los conceptos les dan a estos una carga particular, al tiempo que algunos de ellos se vinculan con los pilares de la autoestima o se llegan a considerar parte, no de lo que se piensa sino de aquello que piensa.

Quinta Escala: Llamando al Principito de Saint-Exupéry

Dada esta condición del parcial y limitado, parece conveniente buscar una alternativa que en alguna medida prevenga o al menos sea consciente del sesgo de la percepción, para que al formular o reformular conceptos, este proceso reduzca el riesgo de que el sesgo perceptivo o la carga emotiva asignen un valor positivo a lo deseado y menosprecie lo indeseado.

Las alternativas entre las que parece lógico elegir, despiertan el temor ante lo que parecen imposibilidades prácticas. Enfrentarse a la evaluación de los datos y el proceso de reformulación de conceptos con una “mente fría” como lo haría el Hombre de Hojalata del Mundo de Oz no sólo tiene un viso infantil, sino además poco factible. Pedro Bonifacio Palacios – Almafuerte - escribió en uno de sus Siete sonetos medicinales: “¿Qué la ciencia es brutal y que no sueña?
¡Eso lo afirma el asno que la enseña!”, es una forma drástica de decirlo, pero aún el hombre de ciencia en su denodado intento de hacer ciencia descarnada, debe enfrentarse constantemente al riesgo de sesgo de los datos y de las emociones.

Pero ser un Espantapájaros sin cerebro o un hombre que anula completamente la razón tampoco tiene visos de factibilidad. Aún el más caótico y alocado pensamiento tiene lógicas y razones implícitas. En las bacanales se buscaba esta suerte de aquietamiento de lo racional, pero tenía por objeto encontrarse con la divinidad es decir lograr una armonía con la realidad natural del ser humano, tenía en definitiva una meta y por tanto una razón de ser y un raciocinio implícito.

Si la voluntad puede caer en un voluntarismo que complete los vacios entre los datos, formulando relaciones inexistentes, la falta de voluntad o de valentía del León de Oz tampoco resulta una vía de solución al dilema del sesgo de la percepción. Es ahí donde Dorothy entra en acción como una guía que se deja guiar.

Claudio naranjo describió en su libro “El niño divino y el héroe” esta nueva dualidad que ahora nos puede permitir encontrar una solución al dilema. El héroe hace su trabajo reformulando conceptos, pero el niño divino, tal como el Principito de Saint-Exupéry nos invita al cuestionamiento insesgado que nace de una mirada fresca y “casi” carente de historia.

Curiosamente esta descripción también refuerza lo antes descrito: al despojarnos – al menos parcialmente - del sesgo de ponderar la idea por su origen, encontramos una serie de arquetipos que permiten argumentar o transitar en la búsqueda de una solución al sesgo de la percepción. Hasta en un cuento infantil hay verdad.

Hay ciertamente otra alternativa, que encontramos en las letras de Nicolás de Cusa, él buscaba la mejor forma de lograr ponerse en presencia de Dios, lo que buscamos aquí es algo más humilde que es como ponernos en presencia de la realidad y contrastarla con nuestra imagen mental de ella, sin que el sesgo de la percepción afecte esa comparación, pero la propuesta parece servir: reconocer la presencia del sesgo y evitar la comparación en todas sus facetas. Debemos recordar que nuestro bagaje conceptual no es más que una aproximación a la realidad y a la experiencia vivencial del dato.

Aterrizaje

A babor: un ruido de fondo, todo confluye en establecer una mirada mas tolerante, menos prejuiciosa. La modulación de los sentidos, puede ser modulada. Reconociendo un sentimiento negativo ante otro, es posible regularlo en intensidad y trascendencia, permitiendo que el encuentro del otro pueda tener una proyección mas positiva.

Pero desde este aeropuerto también salen viajes por realizar. Si la percepción es modulada por el acervo conceptual previo del observador, y su foco es agudizado por sus intereses, entones puede quedar atrapado en profundizar lo conocido, sin poder adquirir conceptos nuevos o recorrer otras parcelas del saber, una jaula de la que parece que la salida esta en su propio centro, es decir en tomar consciencia de que este proceso es un sistema cerrado. El uroborus debe dejar de morder su cola para hacer una espiral y no girar infinitamente en su círculo.

Otra ruta de viaje parece proponer que los diferentes pensadores que han abordado este y otros temas a lo largo de la historia parecen haber generado ideas que se enfrentan, que se contraponen pero que sin embargo bosquejan un proceso evolutivo, donde lo que se transmite no son genes y por tanto progresan con un mecanismo diferente al de la evolución, pero que de alguna manera lo recuerda. ¿Cómo opera este proceso?, ¿tiene leyes como el otro?, ¿las ideas que se enfrentan, salen de ese enfrentamiento destruidas y aniquiladas para no volver ni reformularse en nuevos conceptos o propuestas de imágenes mentales de la realidad?, ¿esas ideas son realmente opciones que se contraponen o etapas de un proceso? ¿la idea descartada carece de valor o puede ser semilla de nuevas formulaciones?