Emulación o Demolición
Abordaje
Las dualidades a las que nos enfrentamos a lo largo de la vida parecen generar un lista sin fin, pero no se trata solo de dualidades; en realidad es común que vivamos entre múltiples alternativas no complementarias, aparentemente solo es posible elegir una u otra pero no adoptarlas en grupo ni en masa. Sin embargo, esta misma idea puede ser el fundamento de una predisposición a percibir la realidad como un conjunto infinito de dualidades y alternativas entre las que elegir.
La cuestión trascendente no es si la vida es dual o una prueba de múltiples opciones; lo relevante es que la percepción sensible de las cosas no es tan imparcial como parece a primera vista, sino que esta influenciada por la carga de conceptos previos del observador. Por expresarlo en términos simples hasta lo burdo, los ojos ven lo que ven, pero la mente toma esos datos visuales para construirse una imagen o idea acorde y armónica con sus saberes previos.
En este texto se expondrá el examen a las relaciones entre la percepción y la formulación de conceptos, buscando una mayor comprensión del proceso y sus relaciones con otros aspectos del ser.
Vuelo
En español existe una palabra que resulta ser, de por sí, origen de confusión: sentir. Sirve tanto para referirse a las emociones, a una dirección o sentido del transito y a los sentidos que usamos para percibir el entorno. Tal vez esta confusión tenga un origen y causa – un arkhé- menos descarriado de lo que parezca. No obstante, en este texto cuando se usa el vocablo “sentir” o sus derivados, se refiere la mayor parte de las veces al proceso mediante el cual los órganos sensoriales nos entregan datos.
Parece relativamente obvio que los sentidos sienten, que el ojo ve y el oído escucha. Es menos evidente que existe un “alguien” que ve, y que ese alguien influye en la forma, intensidad y trascendencia de la percepción, otorgándole al proceso una doble dirección. Que los sentidos pueden ser engañados, y en consecuencia, el observador puede ser confundido es relativamente claro. No se trata aquí de una cuestión meramente biológica - como que un daltónico puede equivocarse al nombrar un color o la existencia de ilusiones ópticas - sino de que los datos entregados por los sentidos son procesados por el observador desde una perspectiva propia, asentada en sus conceptos previos.
Igualmente parece claro que el observador puede reducir el campo de percepción, enfocando los sentidos o la consciencia de ellos. Enfocamos la vista o agudizamos el oído, así como enfocamos la mente sobre un tema en particular o incluso en un aspecto en particular de un tema. Pero es menos evidente que ese enfocarse tiene una causa que se oculta bajo la superficie de la consciencia. Simbólicamente se ha relacionado el lado derecha del ser humano con la razón y la lógica, por lo que si en este viaje miramos a estribor es posible ver que, detrás de los órganos de percepción o la forma de usarlos, existe un observador y que éste también influye en la percepción.
Primera Escala: Origen de los conceptos
La lógica indica que nadie busca lo que ya posee y por lo tanto nadie buscaría aprender algo que ya sabe, pero también la lógica nos indica que si hay algo que no sé sabe que es, no se lo puede buscar, porque no se sabría que se busca, ni tampoco se sabría si ya se lo ha encontrado.
Esta y otras cuestiones llevaron al venerable Platón a considerar que las idas se encuentran siempre en la esencia del ser humano, que le son innatas pero que, por cuestiones menos claras, eran olvidadas; aprender y crear nuevas ideas para él sólo consistía en recordar.
Siguiendo la alegoría del viaje, en esta escala podríamos decir que hemos ya tomado esa fotografía del monumento a Platón y su anamnesis, pero hay más en el paisaje. El discípulo platónico Aristóteles sostenía algo parecido: a que a través de los sentidos vemos “esa” calle, “esa” particular catedral y nuestra mente, en la medida que vé no una calle, sino varias calles, genera por abstracción el concepto universal de calle. Por lo tanto nada existe en la mente que primero no haya pasado por los sentidos.
Y si bien parece que la historia nos pone frente a dos visiones muy diferentes del como surgen las idean en el alma: innatas o adquiridas, estas dos visiones no son necesariamente excluyentes. Antes de continuar es necesario tener en cuenta que si bien el Maestro enseño al Discípulo, las ideas de uno no fueron transportadas de la mente del uno al otro, no fueron extirpadas en uno para ser trasplantadas al otro. Aristóteles tiene su propia visión influenciada y en algunos casos, enfrentada a la visión de Platón, por lo que él termina formulando su propia visión. Si se entiende que eso ocurre entre alumno y discípulo que se conocen directamente, es relativamente obvio entender que entre el siglo IV A.C. y el XVII D.C. la forma en que se concibe la adquisición de conocimientos se transmite, altera y evoluciona de muchas maneras y por diferentes caminos y desvíos.
Los empiristas formularían una visión novedosa, en el paisaje que ellos perfilan se puede apreciar que los conceptos pueden ser clasificados, en un lado se agrupan los conceptos de sensación, por otro los resultantes de la reflexión y al medio, las ideas mas complejas formadas por asociación a las que se les pone una escarapela distintiva, son las “Leyes” que formulamos con y desde todo lo apreciado. Racionalistas como Descartes dirían que la mente humana posee semillas de verdad o facultades que le son innatas que se desarrollan mediante el raciocinio aplicado a los datos adquiridos y Kant estructuraría esto en nuevos términos: la mente posee estructuras previas y el conocimiento surge cuando los caóticos datos entregados por los sentidos son organizados.
Cuando los filósofos lingüistas y los neurocientíficos entraron en escena en sus debidos tiempos, el paisaje se abrió a un nuevo panorama: la mente humana nace con estructuras innatas, estructuras del idioma, la red hebbiana, los grupos de neuronas que se activan y trabajan en equipo.
Habiendo ya recorrido en esta “escala” de un sólo día y con un guía turístico que nos ha paseado – raudo - por las visiones que han existido respecto del origen de las ideas y conceptos en la mente, parece lógico concluir que todas esas visiones poseen su propia belleza y lógica. No se trata de algo meramente intelectual sino también de ser justamente agradecido con cada pensador, al tiempo que humilde observador antes que altivo juez de sus ideas.
En particular por que parecen mostrar una evolución que va incorporando y evolucionando los conceptos pretéritos en los modernos. Hay un algo innato que no requiere ser recordado, sino más bien activado, para que podamos organizar los datos que pasan por nuestros sentidos desde el entorno a la mente. Todo lo cual no obvia ni excluye la posibilidad cierta de que aquello innato en el ser humano: los medios de percepción y la mente tienen unas capacidades y unas limitaciones, también innatas que les impiden ser imparciales en el proceso induciéndolas a ser activas en el mismo.
Sin lugar a dudas no solo existe una distancia temporal entre esos pensadores. Lo innato en Platón no es una estructura que contiene, sino las ideas que son contenidas en la estructura. La cualidad de innato podría parecer que perdura, esa cualidad salta de la idea a una suerte de arquitectura, de la forma a una cosa, de una “causa formal” a una “causa material” y ese salto no parece una evolución, sino un revolución en cuyos campos de batalla pueden encontrarse los vestigios de las pérdidas.
Por otro lado, los conceptos no son meros algoritmos lógicos, podríamos decir alegóricamente que son pasajeros rebeldes y juguetones que viajan en nuestra mente, y que a veces movemos a voluntad y otras nos arrastran al borde del barranco, parecen llevar siempre un carga emocional. Son hijos mestizos nacidos de nuestros sentidos, nuestras lógicas y nuestros sentimientos que unas veces obedecen, otras se rebelan, otras trabajan o juegan. Fuera de la alegoría, diríamos que los conceptos son elementos compuestos, con cargas lógicas y emocionales que usamos, pero que también nos impulsan a pensar, sentir y actuar, y ese impulso tiene tanto “motores” propios de los conceptos, en virtud de sus cargas y masas, como motores de la mente que los usa.
Segunda Escala: Homo sapiens, Homo faber, Homo sentiens
Esta nueva escala se hace necesaria para recargar los sistemas. Si pretendiéramos pensar un poco en formato aristotélico, podríamos ver que la mente del ser humano tiene una constitución, y en consecuencia podemos imaginar que está compuesta de algo que es de por si una emulsión de datos, sentimientos, pensamientos y otros elementos por descubrir, y si tomamos ese “algo” como su materia constituyente a pesar de reconocerla como algo inmaterial pero inteligible, podemos mover nuestros conceptos en torno a un eje imaginario, la mente posee una causa que tiene unos contradictorios visos de ser material.
Como la materia no puede carecer de forma, por confusa e indefinible que nos resulte, la mente debería tener una forma o al menos una forma de hacer y procesar y por tanto una causa formal. Estas dos causas no se encuentran aisladas las unas de las otras, sino fuertemente influenciadas entre sí. La realidad es captada por los sentidos que entregan datos al cerebro y sus redes neuronales, estos procesan para que el yo - consciente o no - los pueda usar como materia prima de ideas, simples o complejas, particulares o universales. Las ideas no son lo que vemos, sino la imagen que formulamos en nuestras mentes, de aquello que vemos. Mientras la realidad es indiferente a nuestra concepción de ella, nuestra idea es dependiente de nuestra percepción de armonía y similitud entre la idea y la realidad.
Las ideas o conceptos, por un lado parecen moldear las redes neuronales fijándose en versiones formales nuevas y por otro lado, parecen modular la forma en que percibimos el entorno, creando un bucle. Lo que sabemos, nuestro “bagaje de conocimientos” influye en lo que hacemos tanto en el entorno material o social como en la intimidad de la propia mente, ya que esos conocimientos previos influyen en como pensamos y sentimos. Pero a la vez, la forma en que movemos las ideas, influye en un efímero estado de animo como en una más permanente forma de sentir, emocionalmente hablando y esta forma de sentir y de pensar, influye en la forma en que percibimos el entorno.
Los conceptos previos modulan la percepción sensible, pero esta alimenta la formulación de conceptos, un uroborus del saber, en que ocurre algo especial, alegóricamente este animal cambia el contenido de su boca, la posición de la mandíbula y hasta la dentadura al morderse la cola.
Pero la percepción no sólo altera al perceptor, sino también al contenido. La percepción de la realidad tiene efectos en diferentes planos: modifica el conjunto de datos con los que nos construimos nuestra imagen de la realidad, modifica la forma en que procesamos los datos que percibimos y la forma de percibirlos, es decir que él que percibe es modificado por la realidad, pero también “se” modifica a si mismo y en base a todos esos procesos, también puede decidir una acción en pos de modificar la realidad.
Tercera Escala: resistencia y re-fundación, un trabajo herculíneo
Tal como se ha presentado previamente: los sentidos capturan datos del medio y los envían al cerebro para ser procesados en él, por la mente para formular ideas que son imágenes de la realidad. Esta fórmula parece simple pero tiene implícito un detalle nada despreciable: la mente parece ser un elemento en juego que ni es cerebral ni material, es un “yo” metafísico, un espíritu indefinible del que difícilmente podemos hablar sin caer en cuestiones indemostrables, que no es posible someter a prueba y que por tanto no pueden ser descartadas ni desmentidas, cayendo en la fangosa zona de las opiniones y los credos.
Escribió Wittgenstein que: Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar. Yo voy a decir solamente que creo en un “algo” al que me resulta muy complejo ponerle nombre, pero que otros han llamado: yo, psique, mente, consciencia, super-yo, alma, ánima y quien sabe con cuantas denominaciones más. Creo que ese algo es inmaterial pero al menos parcialmente inteligible y potencialmente imperecedero, que es aquello que anima al ser humano. Creo también que por ahora se nos escapa a un conocimiento más pleno, pero que así como avanza la ciencia también avanzan otras herramientas humanas para descubrir el mundo. El raciocinio y la lógica muestran un desarrollo a lo largo de la historia que parecen indicar que no sólo ha evolucionado el material con que estas herramientas trabajan, sino también las propias herramientas, tal como el cerebro es un órgano biológico sometido a las “leyes” de la evolución, la mente que sostiene parece también evolucionar por lo que parece razonable pensar que alguna vez lograrán el desarrollo que permita descubrir la esencia de los seres pensantes que tienen la capacidad de ser conscientes de sí mismos.
Dicho esto sólo queda por pedir al lector que considere que cuando me refiera a esa esencia humana consciente, tenga “en vista” a lo que me refiero y que sea tolerante con mi visión de ello. Los sentidos transforman la percepción de la realidad en datos por medio de procesos que al ser estudiados con detalle, maravillan por la forma en que ocurren combinando procesos biológicos, químicos y físicos. Esos datos son entregados a la mente en el cerebro y esta parece realizar un primer proceso que en alguna medida es similar a lo que hace un recepcionista, dirige el dato a un primer destino: unos al plano consciente y otros, por ejemplo por ser redundantes, al inconsciente.
Todos ellos sin embargo, parecen pasar por un segundo cedazo y aquí la alegoría más bien sería la del fabricante de rompecabezas que se pregunta si ese dato, visto como una pieza calza con el rompecabezas. Visto así, un dato que no parece parte “de” o no muestra armonía “con” nuestros conocimientos previos, pero que llega al inconsciente tal vez no por redundante sino por haber ido momentáneamente menos importante, puede crear una disonancia que paulatinamente se torne llamativa. Por otro lado un dato que por novedosos o por no “encajar” adecuadamente y que llega a la consciencia, será el gestor de la curiosidad que nos empuja a: recabar más datos y buscar aquellas relaciones que permitan descubrir cómo y dónde ese dato encaja mejor.
Un dato que no entra en armonía con el bagaje de conocimientos previos puede ser catalogado como “dato erróneo” ya sea por error del receptor, error del transmisor o cualquier otro. Pero un grupo importante de datos, coherentes entre sí pero que no concuerdan o articulan adecuadamente con el bagaje previo, denota un fallo el conocimiento. El bagaje de conocimientos previos se consolida en la medida que permite una praxis con impactos efectivos. Esta consolidación se asienta en el ámbito de lo útil y tal como un carpintero que cuida sus herramientas, el ser humano cuida y protege su bagaje de conocimientos por lo que al encontrarse con un dato incoherente tiende a desecharlo, pero cuando se enfrenta a un raudal de datos que le parecen contradictorios no puede hacer menos que estudiar la herramienta para evitar que deje de funcionar.
Si, como un río, el caudal de datos limpiara nuestro almacenamiento de saberes con la fuerza de una realidad herculínea, podríamos caer en la amnesia. Sin embargo, también se requiere un importante empoderamiento de la voluntad para no dejarnos llevar por la terquedad queriendo mantener una herramienta cuya eficiencia es cuestionada por los datos.
Cuando los datos ofrecidos por la percepción demuestran una “adolescencia” del bagaje de conocimientos, en el sentido de que este bagaje sufre de una ausencia o carencia de capacidad de incorporalos armónicamente, no existe una vía de resolución sino un conjunto de opciones que elegimos conscientemente o ante las cuales operan mecanismos inconscientes que llevan a: ignorar los datos, formular algoritmos que fuercen el ingreso de los datos al bagaje de conocimientos, aislar en el trasto del olvido los saberes previos, perfeccionar el bagaje o incorporar los nuevos saberes pero articulándolos con el bagaje previo.
En la economía de la selección de opciones, las mas costosas serán las últimas en ser consideradas para su uso. La estulticia parece menos engorrosa y desgastante que realizar una modificación consciente del bagaje de conocimiento o realizar una nueva incorporación. Cuando la opción es inconsciente ocurre el mínimo gasto, pero el individuo no queda liberado de futuras discordancias entre la realidad y el bagaje de conocimientos ni de que estos puedan emerger desde el inconsciente de forma ingrata. Por otro lado, no es improbable que la percepción de una discordancia entre datos y conocimientos sea una percepción errónea y que esos datos o bagajes que han sido aislados, puedan emerger desde el olvido, como un recuerdo que se re-construye y devuelve a la categoría de saber y no de error.
Si la opción se elige conscientemente e involucra a bagajes de conocimientos con trascendencia práctica, importancia en la formulación de la personalidad con la que se interactúa en sociedad o trascendencia intima del ser, el esfuerzo para aplicar esa opción es mayor pero necesaria. Cuando lo que falla carece de importancia o de valor, es casi natural que consciente o inconscientemente perdure, pero cuando el dato percibido produce discordancia en planos más profundos, el cambio pasa a ser necesario para la supervivencia biológica, económica, social o íntima. El cambio deja de ser una opción y se instala como una necesidad que puede ser abordada además como una aventura que retroalimenta el saber y el aprender.
Un escape del viaje
Suele ocurrir en cualquier viaje, que suceda algo que no estaba en el programa. En el proceso de ponderar la imparcialidad de la percepción y en este punto recorrido, una mirada hacia el otro lado de la vereda nos permite apreciar que la posibilidad de “optar” no resulta siempre tan simple o incluso tan “posible”.
Volviendo a usar alegorías, invito a imaginarse una logia de constructores medievales haciendo sus esfuerzos por poner las últimas tejas y la piedra final de su templo, cuando les informan que así no era como lo quería el financista principal y que deben demolerlo todo para hacerlo de nuevo pero de la forma correcta. No se trata aquí de que en la medida en que envejecemos, nos resulte más difícil hacer cambios en nuestros bagajes de conocimientos - cosa en que más de un caso puede ser verdad - sino de que independientemente de la edad, cuando el bagaje se aprecia casi como obra terminada, hacer cambios o incluso “ampliaciones” nos resulta menos atractivo.
Este cambio de mirada parece exigir otro más, hay personas que por diversos motivos parecen atrapadas en sus bagajes de conocimiento que dejan de ser, alegóricamente ambientes abiertos y se tornan en jaulas cerradas. Me refiero a personas cuyo instructivo genético genera una variante menos flexible del ser biológico, uno cuya plasticidad neuronal es menos maleable o, que por el uso de drogas o incluso por asentamientos dogmáticos pierden esa plasticidad.
La realidad nos ofrece datos al respecto que permiten la formulación de un conjunto de ideas que estructuran un temporal y dinámico saber que puede expresarse en el sentido de que independientemente de la plasticidad que posea un individuo, esta es una condición no un valor ni un destino. Desde un punto de vista pragmático y utilitarista podría argüirse que cada quien sirve para cosas distintas, pero esto sería llevar al individuo a la condición de cosa útil y los individuos son mucho más que cosas y valen mucho más que la utilidad de lo que hacen.
Retomando la ruta
Los cambios en el bagaje de conocimientos tienen una serie de implicancias: requieren esfuerzo, toman tiempo, implican riesgos y demandan pruebas. Cuando los conocimientos previos parecen no concordar con un flujo de datos, está dentro de las posibilidades modificar esos conocimientos en un proceso que bien pudiera ser denominado una emulación, en el sentido de que es una copia o una reformulación que usa como base estructural lo anterior manteniendo inalterados ciertos aspectos o caras del conocimiento, modificando otras para poder incorporar el nuevo conocimiento, otras para una mejor interacción con otros conocimientos y otras para la formulación de efectos prácticos. Constituyéndose en un proceso de emulación que resulta no sólo integral sino además integrador, pero que mantiene ciertos riesgos, lo que se está copiando es un bagaje de conocimientos estructurados para representar la realidad e interactuar con ella en diversos planos y esa representación es siempre parcial, incompleta e imperfecta.
Cuando copiamos un mal esquema, lo podemos mejorar pero siempre tendrá un resabio de las imperfecciones y fallos del original. Cuando los fallos son pocos o son menores, emular parece la mejor opción, pero cuando no es así, parece que la mejor opción es demoler y construir nuevos conocimientos.
Ambas posibilidades requieren de esfuerzo, trabajo y tiempo. No es un proceso instantáneo ni la reformulación de conceptos ni la adaptación de nuevos. Reformular un conocimiento es alegóricamente como modificar una construcción, requiere demoler ciertas áreas, modificar otras, incorporar nuevos espacios, generar vías de acceso. Un raudal de datos que complementan un conocimiento requieren que se elija lo que se mantiene del bagaje pre-existente, se abandone de él lo que no concuerda con los nuevos datos, se establezcan los vínculos entre lo antiguo y mantenido con lo nuevo y adoptado, para luego observar si la nueva estructuración del conocimiento es acorde, primero con esos nuevos datos que exigieron el cambio, y también con el resto de los conocimientos. Un cambio se transforma así en una cascada de cambios cuya duración e intensidad varía de caso en caso.
Mirando el panorama de esta manera, parece que el conocimiento podría alcanzar en algún momento una suerte de asentamiento, tanto por emulación como por nueva construcción de conocimientos pareciera que nuestro bagaje de saberes es cada vez mejor representación mental de la realidad y, que en algún punto del proceso, los datos tendrían cada vez menos posibilidad de hacer tambalear al bagaje de conocimientos, sin embargo el que conoce no es un ser en proceso y su conocimiento no es definitivo, perfecto e inmutable, sino también un proceso. El bagaje de saberes parece asentarse, pero en realidad se “asienta” en un bote que flota en el fluir de un río que cambia permanentemente… el uroborus se vuelve a asomar, pero ahora en la superficie del río.
La exteriorización es posterior a su formulación, requiere que la situación amerite su presentación pero además de la voluntad o intención de hacer algo fundamentado en la nueva estructura de bagajes de conocimiento así como de que el análisis de costos y eventuales “beneficios” aparente justificar el acto, sólo entonces el conjunto de conceptos permite perfilar un plan de acción, una forma proyectada del acto que desde ciertas áreas del cerebro (prefrontal) hacia otras áreas que finalmente permitirán que la idea se exteriorice. Visto así es natural que surjan dudas, en especial del porqué si sabemos ciertas cosas, no actuamos rutinariamente en concordancia con esos saberes.
Cuarta Escala: reconocer el sesgo
Algunos viajes requieren algunos pasos atrás para reiniciar el movimiento en nuevas direcciones, tal como ahora parece necesario retomar el viaje desde el punto en el cual se ponderan los flujos de datos para contrastarlos con el bagaje de conocimientos, para ocuparse del hecho de que dicho bagaje posee una masa que no es exclusivamente racional y que su componente emocional no sólo le da peso y valor, sino que además influye en “la forma de ver” las cosas o de percibir los datos, al mismo tiempo que lo pone en una altura – baja o alta – desde la cual mira, unas veces humilde y otras altiva.
Esta carga emocional puede llevarnos a aceptar los dichos de alguien sin analizarlos en profundidad simplemente por que el emisor es visto como un referente positivo, llevándolo a ejemplos que rayan con lo absurdo: Si lo dijo Aristóteles debe ser verdad, aunque sostenga que el centro del universo es la tierra. De la misma manera podemos desestimar lo que ha dicho o escrito un Hitler, simplemente por que él lo planteó en algún momento.
Si nos despojamos de estos ejemplos y destilamos lo esencial de ellos, podemos comprender que en más de un caso los conceptos tienen cargas emocionales por relaciones con otros hechos. Pero las cargas emocionales de los conceptos o ideas no dependen sólo de relaciones con recuerdos o con procesos y eventos colaterales, sino también con el estado anímico del momento y del proceso mediante el cual ese concepto es adoptado. La carga depende de la historia reciente y pretérita en que germina.
Los conceptos no solo nos permiten representar mentalmente la realidad, sino que además nos sirven para actuar en la realidad y en consecuencia nos sirven para algo, un algo que puede ser tan simple como llevar la cuchara del plato a la boca o tan complejo como “ganarse el pan nuestro de cada día”, formar parte de un club o enfrentarnos a las cuestiones trascendentes del ser humano, como la vida en pareja o la misma muerte. Aquello para lo cual nos sirven los conceptos les dan a estos una carga particular, al tiempo que algunos de ellos se vinculan con los pilares de la autoestima o se llegan a considerar parte, no de lo que se piensa sino de aquello que piensa.
Quinta Escala: Llamando al Principito de Saint-Exupéry
Dada esta condición del parcial y limitado, parece conveniente buscar una alternativa que en alguna medida prevenga o al menos sea consciente del sesgo de la percepción, para que al formular o reformular conceptos, este proceso reduzca el riesgo de que el sesgo perceptivo o la carga emotiva asignen un valor positivo a lo deseado y menosprecie lo indeseado.
Las alternativas entre las que parece lógico elegir, despiertan el
temor ante lo que parecen imposibilidades prácticas. Enfrentarse a
la evaluación de los datos y el proceso de reformulación de
conceptos con una “mente fría” como lo haría el Hombre de
Hojalata del Mundo de Oz no sólo tiene un viso infantil, sino además
poco factible. Pedro Bonifacio
Palacios – Almafuerte -
escribió en uno de sus Siete sonetos medicinales: “¿Qué
la ciencia es brutal y que no sueña?
¡Eso
lo afirma el asno que la enseña!”, es una forma drástica de
decirlo, pero aún el hombre de ciencia en su denodado intento de
hacer ciencia descarnada, debe enfrentarse constantemente al riesgo
de sesgo de los datos y de las emociones.
Pero ser un Espantapájaros sin cerebro o un hombre que anula completamente la razón tampoco tiene visos de factibilidad. Aún el más caótico y alocado pensamiento tiene lógicas y razones implícitas. En las bacanales se buscaba esta suerte de aquietamiento de lo racional, pero tenía por objeto encontrarse con la divinidad es decir lograr una armonía con la realidad natural del ser humano, tenía en definitiva una meta y por tanto una razón de ser y un raciocinio implícito.
Si la voluntad puede caer en un voluntarismo que complete los vacios entre los datos, formulando relaciones inexistentes, la falta de voluntad o de valentía del León de Oz tampoco resulta una vía de solución al dilema del sesgo de la percepción. Es ahí donde Dorothy entra en acción como una guía que se deja guiar.
Claudio naranjo describió en su libro “El niño divino y el héroe” esta nueva dualidad que ahora nos puede permitir encontrar una solución al dilema. El héroe hace su trabajo reformulando conceptos, pero el niño divino, tal como el Principito de Saint-Exupéry nos invita al cuestionamiento insesgado que nace de una mirada fresca y “casi” carente de historia.
Curiosamente esta descripción también refuerza lo antes descrito: al despojarnos – al menos parcialmente - del sesgo de ponderar la idea por su origen, encontramos una serie de arquetipos que permiten argumentar o transitar en la búsqueda de una solución al sesgo de la percepción. Hasta en un cuento infantil hay verdad.
Hay ciertamente otra alternativa, que encontramos en las letras de Nicolás de Cusa, él buscaba la mejor forma de lograr ponerse en presencia de Dios, lo que buscamos aquí es algo más humilde que es como ponernos en presencia de la realidad y contrastarla con nuestra imagen mental de ella, sin que el sesgo de la percepción afecte esa comparación, pero la propuesta parece servir: reconocer la presencia del sesgo y evitar la comparación en todas sus facetas. Debemos recordar que nuestro bagaje conceptual no es más que una aproximación a la realidad y a la experiencia vivencial del dato.
Aterrizaje
A babor: un ruido de fondo, todo confluye en establecer una mirada mas tolerante, menos prejuiciosa. La modulación de los sentidos, puede ser modulada. Reconociendo un sentimiento negativo ante otro, es posible regularlo en intensidad y trascendencia, permitiendo que el encuentro del otro pueda tener una proyección mas positiva.
Pero desde este aeropuerto también salen viajes por realizar. Si la percepción es modulada por el acervo conceptual previo del observador, y su foco es agudizado por sus intereses, entones puede quedar atrapado en profundizar lo conocido, sin poder adquirir conceptos nuevos o recorrer otras parcelas del saber, una jaula de la que parece que la salida esta en su propio centro, es decir en tomar consciencia de que este proceso es un sistema cerrado. El uroborus debe dejar de morder su cola para hacer una espiral y no girar infinitamente en su círculo.
Otra ruta de viaje parece proponer que los diferentes pensadores que han abordado este y otros temas a lo largo de la historia parecen haber generado ideas que se enfrentan, que se contraponen pero que sin embargo bosquejan un proceso evolutivo, donde lo que se transmite no son genes y por tanto progresan con un mecanismo diferente al de la evolución, pero que de alguna manera lo recuerda. ¿Cómo opera este proceso?, ¿tiene leyes como el otro?, ¿las ideas que se enfrentan, salen de ese enfrentamiento destruidas y aniquiladas para no volver ni reformularse en nuevos conceptos o propuestas de imágenes mentales de la realidad?, ¿esas ideas son realmente opciones que se contraponen o etapas de un proceso? ¿la idea descartada carece de valor o puede ser semilla de nuevas formulaciones?


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