In the country
Del trabajo a la casa
Manejando el automóvil del trabajo a la casa después de un día lleno de labores diversas y aparentemente poco conexas, escuchaba la radio, un yankee cantaba algo en un inglés rápido, rítmico y en parte melódico, sin prestarle mayor atención. Una palabra de su canción me golpeteaba la mente como un pájaro carpintero. Entre el ritmo algo pegajoso y el martilleo del estribillo surgió hacia mi consciencia una parte de su fraseo: “in the country”. Esa simple conjunción de tres palabras descontextualizadas me sacó una sonrisa con un dejo de sarcasmo, debo reconocer, recuperando del olvido la imagen de “los parientes del norte” que viene a ver a mis antiguos clientes, agricultores de esta zona del mundo, la llamada zona “centro-sur” de Chile.
Paré, Miré y Escuché:
Cuando se ha trabajado, de verano a verano y de sol a sol en el campo, la pintura con que se dibuja la imagen idílica del campo se descascara entre datos duros y concretos. Largos días de invierno sin mucho que hacer porque las condiciones del clima no lo permiten, pero con mucho por hacer cuando lo permiten, días – en definitiva – con muchas cosas por hacer: reparar cercas, ordenar galpones, ordeñar vacas y un sin fin de cosas para las que no alcanzan las horas ni permiten las pocas escampadas de la lluvia. Casa, cocina, calor de leña cociendo lo poco que hay porque en esas épocas del año, lo que más engorda no es la desesperanza sino la desesperación por hacer algo, encontrar un trabajo, un quehacer, un negocio cualquiera que produzca y que permita tener que echarle a la olla, aparte del agua de la gotera.
Por cierto la realidad actual no incluye gente en estado de miseria tal que sólo tenga agua para echar a la olla, esa frase es una exageración usada con fines retóricos, sin embargo existen bolsones de pobreza y áreas donde la escasez de recursos contrasta amargamente con el desarrollo tecnológico y el acceso a productos.
Muchas veces vi y escuché a esos parientes del norte maravillados ante “lo liiindo que es el campo” y más de una vez pensé como esa mirada sesgada y parcial de un paraíso que no es tal, se parece a la mirada de los sureños hacia el norte, porque desde esta zona “centro-sur” hay muchas cosas al norte. Y es que la “capital del virreinato” también está al norte, pero de ella tenemos los cuentos de los que fueron… y volvieron. De aquellos que “allá” fueron tratados como “huasos brutos” a los que cualquiera puede “hacer tontos” y ofrecerles contratos abusivos sin que se den cuenta, arriendos fuera de presupuesto o ilusiones como el gran negocio de comprar terreno en la luna. Los cuentos de los que han vuelto hacen que ese norte “no sea el norte”.
Porque el norte está mucho más allá, en las tierras que hablan inglés, en la madre patria allende el océano, en las tierras de los gringos germanos, en esos países que se hacen llamar el “primer mundo”, pero todo indica que ese norte “tampoco” es el norte.
Planificando el viaje:
Para hacer el viaje, no al pasado – que ya quisiera para conocer de verdad – o al futuro – que no quisiera para no matar la ilusión y el asombro – sino al interior de la máquina que realiza este proceso de “mitificación” de los tiempos distantes, de transformarlos en cuentos de hadas y en propaganda televisiva, es necesario primero tomar algo de distancia, observar con una perspectiva que permita apreciar las cosas en su justa medida.
Tal vez parezca que lo más complejo es adoptar la postura de un juez imparcial cuando el enjuiciado es el presente, un presente que – para empezar – nos es tan “propio” y del que estamos “tan informados” y en consecuencia del que tanto sabemos. Pero teniendo “vistos y considerandos” a la mano podremos formular algunas ideas e imágenes más afines a la realidad: Es nuestro tiempo sin lugar a dudas, pero justamente por ello es también el momento de la perpetua lucha por ganarse “el pan nuestro de cada día”, el espacio para moverse: en el trabajo, entre los amigos, con la familia y en intimidad, y hacerse de esos espacios requiere esfuerzo, pareciera que el presente nos demanda el andar por ahí a “punta de codazos” con la gente.
Si el presente es un tiempo y el tiempo fluye, la mayor parte de las veces no lo hace como quisiéramos, unas es tan lento como cuando esperamos en la consulta del dentista a que nos atiendan, otras vuela en ráfagas que no alcanzamos, que nos atropellan como cuando nos hemos atrasado y queremos aún “llegar a la hora” a cumplir con nuestros deberes, la velocidad del tiempo también nos asombra cuando vemos a nuestras proles ya no salir del cascaron, sino saliendo al mundo a rascarse con sus propias uñas. Nos damos cuenta de que veinte o treinta años han pasado en un suspiro, que veinte años no es nada como recitaba la canción.
Y eso sin tener en cuenta que del presente hay quienes les gusta hablar mal, muchas veces basta con querer mirar las noticias para encontrarse con que “los medios de información” entregan unas visiones del “mundo” y del “presente” verdaderamente alarmantes: que se abandonaron los compromisos relacionados con las armas nucleares, que hay hambre en África, inundaciones en Irlanda, barquichuelas de migrantes perdidos en la mar, alzas de impuestos y del desempleo, para matizar ese “pastel” estos medios nos intercalan algo del “jet set” criollo y nos hablan de que Fulanita dejó a Merenganito o que ganó los Grammy un Conejo Malo, pero con ello no hacen otra cosa que mostrar un entorno mediocre francamente des-culturizador de la sociedad.
Pero el presente también tiene la primera risa del primogénito, el primer beso de la amada… y el último como sello de amor eterno. El presente tiene salario y regalos constantes como la lluvia que gotea lánguida al otro lado de la ventana en la noche del romance creando una cortina para que los vecinos no se metan donde no deben entre sábanas. El presente es mucho más que un motivo para querer huir a ver las flores del campo o irse a vivir a un futuro de fantasías.
La aduana de los sesgos:
Cuando tomamos consciencia de que no somos lo que sentimos, sino aquel que siente y ponemos bajo la lupa nuestros sentimientos, nuestra ensoñación con los tiempos distantes puede llegar a desnudarse del idilio con que nos engañamos.
Las emociones con que cargamos y nos cargan el presente son un aliciente a buscar “refugio” en otro lugar o en otro tiempoi, a evadirnos en “maratones de seriales de TV”, en montones interminables de libros leídos y por leer, en tiempos oliendo las flores y el aroma de la tierra, pero también en pintarnos esos tiempos distantes como estampas de novela juvenil: o los 300 griego o Flash Gordon o el Llanero solitario.
Si quisiera imaginar una cuña comercial para vendernos pasajes a esos tiempos idílicos y lugares de ensueño tal vez deberíamos contratar al yankee para que cante su “in the country” y que el coro de fondo sean “los parientes del norte”, porque parte de la ilusión es que nos vendan el destino, cuando en realidad queremos comprar el viaje. De alguna manera todos reconocemos que ni el pasado fue tan glamoroso ni el futuro es tan prometedor, pero todos en algún momento queremos dejar de ponerle atención, consciencia y sentimiento al presente, porque hacerlo constantemente agota y daña.
El presente, el aquí y ahora constituyen una realidad de la que reconocemos que nos falta información y nos sobran datos y que fluye, que de hecho es un flujo difícilmente predecible del que muchas veces, sentimos que se nos escapa y nos hace “caer” en errores y en vicios. Ese pasado pintado en la cuña publicitaria de nuestra mente, está fijo porque “ya pasó” y no nos cobra arriendo ni hay que pagar en sus restaurantes, la ensoñación de un pasado idílico no produce hambre, sino un solaz que contrasta drásticamente con las incertidumbres del presente.
Nos ha surgido la idea de llamar a nuestra era el Antropoceno y decir
que es la era de las comunicaciones, y es verdad que el ser humano ha
invadido cuanto espacio terráqueo ha podido dejando su huella y es
verdad también que los datos se han liberado del papel y la tinta
para viajar a casi todo lugar donde esté presente un “antropo”.
Pero una lluvia torrencial de datos no conforman información, más
bien como la una lluvia torrencial que hace saltar el barro que
golpea, la información que se forma también “salta” en pedazos
entre los datos. Pero además se nos oculta mucho dato y hay grandes
cantidades de información que nos falta, no solo que color de
calcetines usaba el presidente A cuando firmó el tratado B, sino la
realidad de las partículas elementales y sus usos prácticos en la
vida diaria y los usos imprácticos en la filosofía de la vida.
Las visiones tergiversadas de los tiempos remotos buscan estabilidad y esperanza. No se trata sólo de dibujarse un tiempo o un lugar remoto con romántico idilio, sino también de que en ese “pintarse” la imagen estamos bosquejando lo que nos hace falta, no sólo estabilidad o paz, sino también nuestra visión de lo justo o de lo merecido, de lo heroico o del descanso y es que cuando los “parientes del norte” van de retorno al hogar, cuando el turista vuelve a casa no sólo vuelve con bellos recuerdos y chucherías de suvenires, sino también con la imagen de que “pudo ser mejor”… “el próximo año nos vamos directo a la casa del tío y no pasamos donde Lucho”… porque el descanso que produce ese lugar remoto y ese tiempo distante nunca es como se espera. Hay un “algo esperado” que se proyecta en el “lugar de fantasía”, y la realidad nunca es igual a lo obtenido, siempre queda un dejo a ausencia, a falta y a desilusión.
Sacando pasaporte para Utopía:
La creación mental de Utopía es la formulación de un futuro idílico que responde a la necesidad de estar, aún cuando sea pura imaginación, en un entorno seguro, no sólo pacífico sino también libre de todo riesgo, en el que podríamos maravillarnos con los avances de la tecnología y sus implicancias en el comportamiento social del individuo, pero esa utopía nos libera de sorpresas no satisfactorias porque es una promesa auto-formulada de ausencia de quebrantos, enfermedades, carencias y dolores.
Cuando la vida diaria agota al individuo “en cuerpo y alma”ii no hay sólo agotamiento mental, sino también material, el cuerpo acumula cansancio y estrés, manteniendo elevados niveles de cortisol. Los efectos de esa hormona del estrés son conocidos en gran medida existiendo una amplia bibliografía al respecto, digamos aquí simplemente que afecta a nuestro cuerpo en forma y en funcionamiento. El cuerpo nos pide vacaciones y la mente busca evasión formulando espacios o tiempos donde vacacionar.
Pero en esa formulación también hay una faceta crítica. No solo se proyectan en esos tiempos o lugares idílicos la necesidad de descanso, sino también parte de las causas del agotamiento y del estrés, por lo que se constituyen en una crítica no siempre o totalmente consciente del presente y sus efectos en el individuo. La clásica postal griega de palacios y templos de líneas sólidas, columnas que “derrotan” el paso del tiempo, esculturas de figuras estructuradas, simples y armónicas a las que no les cae ni el desecho de las palomas, también nos muestra que reclamamos que falta mucho de aquello en el presente: orden, estructura, simplicidad, armonía… y que hay muchas palomas.
Mirar detrás de las líneas de un comic, de la fantasía del “liiindo campo” y del futuro distante donde todo huele a nuevo y brilla de limpio, nos permite también “ver” el presente, no por lo que tiene sino por lo que nos parece que le falta.
Pero el pasaje a esas tierras de ensoñación tiene un precio, la capacidad de poner atención a la realidad disminuye. Las evasiones nos dan un recreo, pero el recreo nos separa del entorno haciéndonos perder un lapso de tiempo en que ocurren cosas que pueden ser importantes o valiosas. No pienso solo en el tiempo “gastado” durante el viaje al sur al campo de los parientes, sino también en la concentración y la energía mental y emocional que se destina a “habitar” en la ilusión de esos lugares y tiempos. Cuando formulamos la imagen de una ucronía, un tiempo idílico pasado no solo gastamos energía, también consumimos un tiempo en el que perdemos, al menos parcialmente, la noción de lo que ocurre en el aquí y ahora. Una concentración que puede llevarnos a perdernos de algo importante para mejorar el presente o algo que valorice el presente, una oportunidad de trabajo o la primera risa del primogénito.
La foto de despedida:
Así como ocurre en la realidad ocasionalmente, alguien que no viajará con nosotros pero nos va a dejar al aeropuerto y nos toma una fotografía antes de acercarnos a la manga de abordaje, así también nosotros al iniciar el viaje adoptamos una situación dual. Vamos a viajar pero aún no lo hemos hecho y mantenemos una visión incompleta y llena de expectativas.
Los pocos datos con que construimos esas expectativas revelan espacios vacíos que, automáticamente, la mente intenta rellenar con un voluntarismo algo imprudente. Los datos que faltan son imaginados pero no conocidos.
En ese proceso de imaginar los datos faltantes, tenemos aún una imagen incompleta: bellos parajes, comidas abundantes y solaz a raudales, pero de alguna manera “evitamos” u olvidamos incluir los esfuerzos, vicisitudes y labores que requieren “poner la mesa”.
Tomar consciencia no sólo de la utopía que nos construimos y de la crítica involucrada, sino también del cómo se construye esa utopía, puede permitir no sólo una mayor y mejor comprensión de lo que nos ocurre ante una realidad, por naturaleza inestable y algo caótica, sino también comprender de forma más empática lo que nos ocurre a todos y en consecuencia adoptar posturas menos críticas.
Llegando al hotel:
Uno de los riesgos existentes es confundir el producto de la imaginación con la realidad o simplemente con la realidad que “debería ser”. Es más común de lo que quisiéramos, pero al llegar a destino, el viaje del aeropuerto al lugar de alojamiento comienza de desbaratar los productos de la imaginación: el taxi es más lento, el tráfico tiene atascos, la calle tiene baches y la tarifa no cuadra con lo esperado. Creíamos llegar a un lugar utópico, pero llegamos a un lugar diferente del que salimos, pero que sigue siendo una realidad.
Este choque puede inducirnos a un viraje emocional: desde la ilusión a la desilusión o desde la mirada maravillada del paisaje hacia una crítica que quiere imponer una supuesta forma correcta de hacer las cosas. Cuando hojeamos el librito de “Las muy ricas horas del Duque de Berry” nos encontramos con una utopía nacida de la distancia de situación social, una distancia que también se quiere perpetuar manteniendo la utopía por cierto. Pero si después de hojear ese libro, cayéramos en ese momento y lugar tendríamos que enfrentarnos con el hecho de que ahí los campesinos no son adornos del paisaje, sino seres con el valor intrínseco de todo ser humano, pero que además son “necesarios” para mantener al Duque mirando desde su castillo y que por lo mismo, son “necesarios en su lugar”, una realidad así presenciada para un individuo oriundo del Antropoceno resulta chocante y puede llevarlo a una tensa y crítica conversación con el Duque. Una conversación para la que, en virtud de la parcialidad de la información, no se está plenamente preparada y que puede llevar a reconocer que ahí también hay descontentos y rebeldías, que en los bosques que aparecen en algunas de sus láminas puede ser el refugio de algún Robin Hood.
Contrastar cómo son en realidad las cosas con el “cómo deberían ser” puede ser un impulso del choque inicial, pero plantearlo en forma de queja y doctrina a seguir también. El hecho de tomar consciencia de que en primera instancia la realidad no es la imaginación, pero que la realidad percibida no ha llegado a conformar una visión global e integradora de la realidad, puede ser el freno de discreción, aquél que nos permite elegir el momento de plantear algo cuando las emociones del choque hayan dado lugar a la recopilación de mayor información y el establecimiento de una visión más integradora.
Un paseo por el mercadito:
Si en la recepción del hotel preguntamos por un lugar donde ver y probar las verduras y frutas de la zona, las comidas tradicionales con las que conocer el país y no sus menús de restaurante, puede que nos envíen al mercadito local. Ese donde los comerciantes invitan gritando a los “caseritos” a comprar los productos de chacras ajenas pero locales y en donde no falta el que ofrece el producto en veda, pero vendido detrás de la tienda. En el viaje a utopía también hay atajos y productos fuera de norma que prometen lo que, con absoluta seguridad, no pueden dar.
No se trata sólo de las drogas que ofrecen una utopía instantánea sin siquiera el esfuerzo del viaje, y que finalmente no son más que una sonrisa maquillada, una felicidad sin trasfondo y por tanto sustancialmente infeliz, destruyen al viajante aniquilando no sólo su capacidad de esfuerzo, sino incluso la de forjarse utopías, y reconocer la verdadera felicidad. No sólo ciertas drogas se maquillan de viaje a utopía, también lo hacen las promesas de cura universal eliminando todo o a todos los que divergen, los que no concuerdan con “lo que debería ser”. Y también es la fe ciega en ideas o visiones con sustentos débiles, pero bien argumentados.
Con el afán sólo de mostrar una posible relación y no pretender argumentar los cómo, ni perdonar los quienes, se puede indicar muy respetuosa y humildemente que parece haber una relación entre la íntima y profunda necesidad de utopías y el surgimiento de propuestas populistas que incluyen el exterminio de unos otros que sirven no sólo de chivo expiatorio sino también de fácil imputable por culpas ajenas.
Y si hasta aquí parece que hemos puesto dos banderillas de alerta en un campo minado, quedan muchas banderillas y muchas minas. Una de las que amerita banderilla no es por mucho tan grave o alarmante como las drogas o los populismos excluyentes, pero dada su popularidad requiere una alerta. Se trata de frases triviales en el lenguaje que llevan implícitas estas visiones de utopías y ucronías: “el pasado siempre fue mejor”, “la sabiduría de oriente”, “la paz del campo”. Ciertamente parecen más inocuas, pero se encuentran tan extendidas en nuestro uso cotidiano a nivel individual y social, que su efecto puede llegar a complicar la posibilidad de un verdadero desarrollo de las sociedades.
Una parada en el camino:
Así como en un viaje real relativamente largo es necesario repostar y hacer algunas detenciones para reponer energías y revisar el programa del viaje o incluso redefinir estrategias, en este recorrido por la construcción de utopías y ucronías es necesario cada cierto tiempo, revisar o incorporar datos y bibliografías para modificar el punto de base o la amplitud del análisis.
Un aspecto que parece necesario incluir antes de continuar este recorrido analítico está basado en el hecho, aparentemente fundamentado, de que la visión del pasado y del futuro está influenciada por la percepción del presente. Cuando el presente se nos presenta como mejor que el pasado inmediato, la razón y la emotividad que ello nos produce forja un filtro que nos induce a proyectar el futuro con un sesgo de optimismo y el pasado como un tiempo complejo que eventualmente pudo ser el necesario quebranto para este presente y ese futuro, cosa similar nos ocurre en el caso contrario. Un presente más complejo y limitante que el pasado inmediato define un filtro de pesimismo ante el futuro y añoranza del pasado; una añoranza que, en nuestro contexto local, se construye con materiales tan precarios como peligrosos.
Postales del pasado:
En Chile aproximadamente 4 de cada 10 adultos presenta deficiencias en comprensión de textos y si bien se ha establecido una cantidad mínima de horas de televisión abierta con contenido cultural, la definición de contenido cultural es más bien de publicidad turística local con sesgo nacionalista y una visión de la cultura que se confunde con un folklore donde cualquier persona que rasquetea una guitarra o quemando carne, es patrimonio cultural vivo.
Considerando esta situación, la imagen del pasado que tienen la gran mayoría de los chilenos, no pasa de fantasías forjadas con telenovelas turcas, brasileñas o venezolanas como materia prima y donde el insumo de excelencia lo constituye algo visto en alguna película norteamericana de acción “ambientada” en algún momento de la historia.
Así visto que los adultos de las clases medias, formados por un sistema educacional donde no existía la “promoción automática”, construyan una visión del presente cultural más bien desalentadora y que perfilen el pasado como un tiempo de trabajo y éxito basado en el mérito no resulta extraño.
Sin embargo, no todo en el pasado inmediato fue mejor, basta con buscar fotografías tomadas entre 1930 y 1970 para encontrarse con una fragmentación y separación de las clases sociales que puede llegar a resultar brutal, o recorrer las bibliotecas para encontrarse con una importante cantidad de cuentos y novelas que “delatan” las condiciones de vida en el ámbito rural, la realidad tenía “un vaso de leche” y unos “Piececitos de niño, azulosos de frío”iii, pero también era una sociedad donde la mujer tenía un rol casi exclusivamente dentro de casa y sin necesidades de formación completa y el éxito que podía alcanzar gracias al merito un hijo de campesino, era llegar a ser dependiente de comercio o funcionario bancario y que como siempre ha sido, aquel extremadamente hábil que podía progresar algo más, lo hacía porque le era útil a las clases superiores. Escribo esto teniendo la cautela de saber que es el “relleno molineskiano”iv que hago como autor del texto con los datos que escojo para perfilar mi imagen de esa porción de la historia, y sabiendo también que puede ser cuestionada y criticada y que en verdad, espero que así sea.
Cuando maquillamos el pasado con el colorete de que era “todo era mejor” estamos sesgando la realidad con los datos que destacan, olvidando la rutina de caminatas al colegio, de lavados de ropa en bateas de madera o de los alimentos que sólo estaban disponibles en la estación en que se producían. Y eso teniendo en cuenta un pasado relativamente reciente, uno del cual aún tenemos testigos vivos.
Tal vez lo más tentador del pasado, es que “ya ocurrió” y si bien los datos que nos llegan han pasado por el filtro del tiempo, también están fijos y no cambian. No es posible que Cayo Julio César murió asesinado y los datos nos dicen que Bruto participó del hecho, tal vez pueda considerarse mito que Cesar dijo “tú también hijo mío” o que uno u otro relato tiene más de fantasía, de manejo político o de sensacionalismo, pero los hechos “duros” ocurrieron y son tan inmutables como las cosas carentes de vida propia. Sí más allá de la imaginación estuviéramos presentes en el teatro de Pompeyo en marzo del año 44 antes de Cristo, seguiría muriendo el mismo personaje histórico y a nosotros no nos pasaría más que el ser testigos de un hecho sangriento. El pasado es seguro mientras que en el presente no somos sólo testigos, también somos actores y podemos llegar a ser víctimas.
Selección de suvenires:
Los recuerditos de viaje sirven para regalárselos a alguien a la vuelta, o para ponerlos en algún lugar de la sala de estar en casa para despertar recuerdos en uno mismo o para servir de detonante de una conversación, pero cuando hemos llegado recientemente de vuelta, ponemos la colección completa sobre la mesa y ahí elegimos: qué cosa para quién. Esa selección es una buena alegoría de lo que hacen la historia y los historiadores.
De niño viví en otro país y me enseñaron “la historia patria” de esa otra nación. No solo era distinta sino que además me resultó algo “infantil” y muy poco creíble, desde entonces mi visión de la historia incluye que ella tiene una base poco fiable. No se trata solo de que la historia “la escriben los vencedores”v y los poderosos, sino también de que la escriben con un propósito que no es necesariamente “escribir” la historia.
Los hechos del pasado muchas veces no son mucho más que los pocos datos que nos llegan de un tiempo pretérito y que sirven para contarnos un cuento o hacer una arenga dirigida no a un batallón sino al pueblo.
Si concebimos la historiavi como el conjunto de múltiples cadenas de hechos reales y simultáneos que transcurren en el tiempo, podríamos comprender que ella es independiente de la observación e interpretación que se haga de esos hechos. Que si “encontramos una huella grande con cuatro puntas, tres adelante y una atrás” eso es un hecho, pero que “esa huella es de un dinosaurio” no es un hecho, sino una interpretación que puede ser verdadera o falsa y por tanto será objeto de valoración y crítica.
Pero ese conjunto de cadenas de hechos tiene un efecto importante en lo que perdura en el tiempo. Si el Nacionalsocialismo alemán quemó libros por montones no fue en esto original ni novedoso, a lo largo de la historia se han quemado textos muchas veces en forma intencional y otras tantas “sin dolo”: no había la intención de quemar algunos determinados y específicos libros cuando decidieron quemar la biblioteca de Alejandría o cuando se bombardeó Dresde.
A muchos seres humanos nos toca vivir más de un traslado, guardar en cajas cantidades importantes de cosas y en ese momento nos damos cuenta de que todos tenemos algo de Diógenes, pero también nos damos cuenta que tenemos que seleccionar tal como lo han hecho quienes decidieron qué libro, rollo o tablilla debían comprar o copiar para la biblioteca de Alejandría, Pérgamo o Asurbanipal. De lo que ha sobrevivido al paso del tiempo, mucho pasó por ese tamiz, reservando lo que esos “censores” consideraron adecuado o importante y abandonando al olvido todo lo que no les pareció “excelso” y destacable. Algo similar sucede con la historia que nos cuentan, se fundamenta en lo destacable e importante y relega lo cotidiano y mediocrevii.
Estos motivos tienen cada uno múltiples consecuencias que pueden dar la impresión de seguir su propia cadena de relaciones causales. Por un lado configuran un sustrato donde la interpretación y el relleno de baches entre datos se nos hace necesario a los seres humanos ya que buscamos no solo ver algo, sino también comprenderlo, y esa comprensión requiere relato. Los restos de un jarrón de burda greda con un dibujo en uno de sus lados es un resto de algo que sirvió, se usó, se rompió y se reutilizó, pero que nuevamente reutilizamos ahora tratando de imaginarnos el cuento, el relato que esos restos y los datos que de ellos obtenemos nos permiten hacernos.
Que la formulación de ese relato tenga un objetivo de pura comprensión es posible, como también lo es que el relato se construya con otros fines: potenciar un personaje, fortalecer una cohesión, ser fundamento de unos conceptos o la coerción de ciertos actos potenciales.
El otro efecto importante es que voluntariamente o no, solo nos llega una parte del pasado y una parte que se reduce en la medida que la distancia temporal aumenta. Y aquella porción que logra sobrevivir al paso del tiempo es una muestra estadísticamente no representativa del tiempo en que se originó, pero históricamente muy significativa y por ser un exclusivo o poco común fragmento de ese tiempo, una importante fuente de representación de él.
Las frases sueltas y palabras truncadas que han sobrevivido en restos
de papiros y pergaminos, despiertan en nuestras mentes, no solo el
apetito por rellenar los vacíos, sino que también aguijonean
nuestra curiosidad y fertilizan la alegría que podemos sentir al
encontrar, ya no el dato, sino el mejor relleno. Heráclito de Éfeso
parece el mejor ejemplo de esto ya que lo poco que de él nos ha
llegado es por citas de terceros y algunos de ellos explican o
interpretan, y solo unos cuantos hacen citas literales, de modo que
lo realmente heracliteano es un verdadero rompecabezas donde faltan
muchas piezas y hay otras tantas que están rotas, pero que
dispuestas para la observación y vistas “desde lejos y con los
ojos entrecerrados” nos sugieren un gran personaje, uno al que es
“justo y necesario” cierto respeto y admiración.
La sobrevivencia al paso del tiempo deja una pátina de añoranza en esos sobrevivientes que adoptan un aspecto más respetable, pero esta es una condición que puede no ser original, sino un aditamento que ha otorgado el paso del tiempo. Heráclito podría no parecernos tan sabio maquillado e iluminado durante una entrevista para la televisión o puede que sí, pero eso realmente no lo sabremos nunca.
Reflejos lunares:
La comprensión de que el pasado idílico y el futuro soñado así como los sabios de oriente, es una comprensión que ilumina las utopías y ucronías y estas reflejan esa luz en la realidad. Tal como la luna refleja la luz solar en la superficie calma de un río que nos recibe llegando de vuelta a casa después del breve viaje.
Nuestra visión del pasado sigue siendo limitada, pero ya no podremos volver a verla como una fantasía recreacional. Sí, hubo hechos y personajes que destacaron, pero también hicieron las camas después de levantarse y lavaron los platos después de comer. Y hubo el sabio y existió el tonto y muchos como nosotros en algún punto intermedio.
Con alegría y respeto podemos decir que la historia parece habernos reservado el nombre de Kushimviii, un escriba sumerio pero también con algo de desilusión debemos decir que de él apenas nos ha llegado algo más: era un escriba, escribía los registros de producción de cebada y malta, firmaba sus registros haciéndose responsable de ellos y de los errores que cometió, y muy poco más sabemos del antiguo Kushim pero eso ya es mucho más de lo que sabemos o quisiéramos saber de la o las personas que preparaban la arcilla que él, cuña en mano, usó para registrar.
En los registros sumerios y caldeos aparecen los gérmenesix, las ideas primeras que sirvieron de base para aquello que desde el siglo XIX llamamos justicia social. Ese hecho demuestra que en aquellos lejanos tiempos esos conceptos y esas ideas respondían a una necesidad que les era importante, tanto como para incluirlo en sus códices y registros. Pero el cambio de punto de vista que esos conceptos han tenido desde entonces y hasta ahora, demuestran que ha existido un avance más en el “acuerdo social” que en los individuos en particular.
Pero ese “reflejo lunar” no nos permite afirmar que la dureza cotidiana de los tiempos pasados ilumina nuestro presente como si fuera “la guinda de la torta”. El presente también es devenir, flujo entre tiempos diferentes. Si bien el presente es la consecuencia del pasado y en ciertos planos - ética social, de desarrollo tecnológico y científico - demuestra un nivel mejor o más elevado que el pasado, en lo individual seguimos actuando como miembros de una tribu, perfilando nuestros datos en nuestros conceptos y “saberes” y moldeando nuestras personalidades para lograr una mejor interacción social, ganándonos “el pan nuestro de cada día” y luchando por sobrevolar la fangosa realidad para elevarnos, tal vez no a una mejor realidad, pero sí a una mejor versión de cada quien.
El feliz retorno al hogar:
Tal vez lo más interesante de reconocer que existe este “reflejo lunar” en los tiempos y lugares idílicos que nos pintamos, no es lo que dibujamos, sino el conocer los materiales y el proceso que usamos para hacer ese dibujo, para construir utopías y ucronías, porque reconocer en ellos una porción de crítica, una de evasión y otra de necesidad y emoción, nos permite reconocer que el presente suele resultarnos incómodo y nos induce a querer cambiarlo.
Si con un adecuado punto de apoyo pudiéramos mover el mundo, hacerlo requiere fuerzas que tal vez estén fuera de nuestro alcance, pero movernos para ver “mejor” el mundo nos resulta normalmente más accesible. No podemos darnos el lujo de engañarnos creyendo que una acción excluya a la otra, pero parece necesario priorizar y programar primero los cambios en el propio ser y después “en el mundo”.
Reconocer que creamos utopías y cómo lo hacemos, nos ayuda a una mejor comprensión del “qué” somos y del “cómo” somos y en consecuencia, nos permite valorar mejor esa realidad para lograr que nuestra mejor versión sea la que vea el reflejo de la utopía.
Si nuestro cuerpo necesita “vacaciones” y nuestra mente “recreos” y los reconocemos como tales, no por ello hay que restarles mérito ya que más de una vez, la historia nos ha demostrado que esas utopías han sido el aliciente necesario o gatillador de horas de trabajo que concluyen en un computador sobre nuestras rodillas, un “reloj inteligente” en nuestras muñecas o en cosas, hoy tan cotidianas como agua caliente en la cocina y la ducha o aspiradoras para sacar el polvo o en cosas que aún nos resultan tan maravillosas o incomprensibles como una partícula que está en dos lugares a la vez.
Finalmente, a pesar de que ahora “me conozco” un poco más y de que podría esperar una “mejor conducta” de mi persona, sigo siendo yo y el presente sigue siendo un presente capturador más que cautivador. Pero aun cuando este pequeño paso para un hombre no es un gran paso para la humanidad, sigue siendo un pequeño paso para un hombre, hay que seguir “viajando” y tomándose vacaciones, eso sí, con la consciencia de lo que son.
Bibliografía
iLa sociedad del cansancio. Byung-Chul Han. Segunda edición
ii¿Por qué las cebras no tienen úlceras? R. M. Sapolsky. 2025
iiiTala. G. Mistral.
ivHistoria de la acumulación capitalista en Chile (Apuntes de clase). G. Salazar. 1976
vTesis sobre la Historia y otros fragmentos, W. Bejamin, editado y traducido por Bolívar Echeverría.
viIntroducción a la Historia, M. Bloch, 1982.
vii¿Qué es la historia?, E. H. Carr, 1984.
viiiDe animales a dioses, Y. N. Harari. 2018
ixLa historia comienza en Sumer. S. N. Kramer. 2019








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