Exigencia de trascendencia

Exigencia de trascendencia


Anoche leía a Gabriel Marcel – francés, dramaturgo y filósofo – y decir que lo “leía” me resulta en parte cuestionable. Estoy leyendo el texto que se escribió a partir de las conferencias que dictó en mayo de 1949 y 1950 y que se publican en el libro “El misterio del ser”i.


Hoy me he quedado por unos momentos, parado mirando una parroquia rural, como si algo oculto en mi subconsciente, pero desplazándose hacia la consciencia, me hubiera bloqueado en espera de su arribo, congelado por un momento.

Inicialmente la parroquia se me reveló como el producto y el esfuerzo de personas con limitados recursos, distanciando esta parroquia de esas primeras y “pequeñas” iglesias que figuran en los albores medievales de las construcciones religiosas de los Císter y los Cluny. Pero de alguna manera curiosa aquellas iglesias y esta parroquia – tan lejanas en el tiempo – están “emparentadas” por un espíritu común, en especial con las cistercienses por lo simple y lo sencillo, y por su ausencia de alardes e ínfulas, creando una distancia mayor con el poder de Cluny que podría haber exigido una imposición, y el lazo que los une es que hacen concreta la necesidad de un espacio resguardado para trascender.

Esta pequeña parroquia rural se me puso enfrente no desde el “proselitismo religioso” que pudo adoptar, sino desde algo más básico y simple, la parroquia es una respuesta a un problema humano: escapar de lo cotidiano y ofrecer un refugio espacial y temporal donde el “ser humano” se encuentre en condición de abrirse a “lo trascendente”.

No me atrevo a asegurar que ambos momentos: leer a Marcel y quedarme pasmado ante la parroquia, constituyan una cadena de hechos, aún cuando indiscutiblemente existe una conexión entre ambos. Quizás aquellas conferencias actuaron como el báculo que, hendiendo el agua, se sumerge en el lodo para liberar una burbuja; esta emerge primero con lentitud y luego asciende presurosa, en busca de su vasto hermano: el aire. Puede que la burbuja siempre estuviera ahí y que el báculo sólo moviese el barro. Dos o tres hechos que ocurren en simultáneo no son necesariamente causas y efectos unos de otros.

Marcel dijo en sus conferencias que ...“la exigencia de trascendencia se presenta ante todo – se experimenta primordialmente – como insatisfacción” y mirando esa parroquia no pude dejar de preguntarme, ¿de dónde surge la necesidad de construir una parroquia o cualquier otro templo y además destinar tiempo y energía en orar, en intentar contactarse íntimamente con un “algo” o un “alguien” trascendente?

Desde un punto de vista pragmático resulta paradójico que habiendo tanto por hacer para satisfacer las exigencias del diario vivir, las personas individual y hasta colectivamente, destinen recursos (tiempo y especies) en trascender justamente desde lo práctico y concreto a un estado de “presencia” ante cuestiones que no tienen respuesta ni solución práctica.


Planificando el viaje:

Intentar hurgar en el propio pensamiento buscando esa “exigencia de trascendencia”, presenciarla sin dejar que distraiga la mirada a lo que ella exige, sino enfocarse sólo en su existencia para estudiar su origen, su presente y su apetito por devenir: por llegar a ser algo que a todas luces es una “imposibilidad práctica”, es un proceso que requiere de una suerte de desplazamiento de la consciencia desde un estado “común y corriente” a uno especial e infrecuente.

La mayor parte del tiempo estamos preocupados del aquí y el ahora, de las cosas prácticas y cotidianas: el aseo, los alimentos, las caricias, pero ocuparse de la “exigencia de trascendencia” es trasladar el foco consciente a otro ámbito, de hecho a un campo vecino, pero separado por una valla más larga y alta de lo que parece a simple vista. Ese “traslado” implica un desplazamiento y un especial tipo de viaje.

No sólo porque el foco consciente aborda un tema que escapa de lo pragmático sino además porque al ocuparse de la “exigencia de trascendencia” nos impone un giro drástico al retirarnos de lo práctico para ocuparnos de lo trascendente.

Vivimos la mayor parte del tiempo rodeado de seres humanos ocupados en sus propios asuntos, todos muy serios y muy prácticos, pero todos “teniendo” que hacer algo para “tener algo” y muy pocos y escasos momentos “siendo” algo. Al punto de que se confunden cosas conectadas, pero distintasii. Si les preguntas “¿qué eres?” lo más probable es que te respondan “soy profesor”, responden indicando su profesión o su trabajo y todo eso no es más que un “hacer” que conocen y ejercen, una herramienta que “tienen” para lograr “tener” un sueldo. Nosotros no “somos” una profesión determinada, nosotros “somos” quienes hemos aprendido cómo usar un conjunto de conocimientos para resolver problemas concretos y satisfacer falencias específicas.

Cuando nos enfrentamos no a lo cotidiano, sino a lo trascendente, nos ocupamos del “ser” individuo y ser parte de una especie conformada por muchos individuos finitos e indefinibles. Finitos por tener un principio y un fin, un origen y un destino, pero también por estar limitados bajo la piel.

El ser humano es indefinible debido a su propia incapacidad para aprehender, en unas pocas palabras, la vasta extensión de su propia naturaleza. Una extensión, además, que parece tener un límite impreciso, fluctuante y creciente, lo que un individuo “era” en los tiempos pretéritos parece diferente de lo que “es” en nuestra actualidad y lo que será en el futuro parece una pregunta desgarrada por la libertad del albedrío que dirige no el destino, sino el camino por el que avanza y evoluciona el “ser humano”iii.



Preparando el equipaje:

Tal vez sea que he llegado a una edad menos impetuosa, pero ahora es menos frecuente que me quede “atascado en el tiempo” y con la vista “vuelta hacia la nada” cuando a alguien se le pregunta ¿qué eres? y responde con un “soy antropólogo” cuando eso es una profesión y no un “ser” o desde una perspectiva alternativa, es un “ser algo” cosificado y funcionalizado. Tampoco me “atasca” tan frecuentemente cuando las personas responden a la misma pregunta con un rosario de momentos que han moldeado el “cómo” son. “Nací en tal lugar, me eduqué en tal otro, me titulé en tal institución y he trabajado en A, B y C, y en consecuencia soy: tranquilo, metódico, tengo una visión científica y racional de las cosas…”. Esa reunión de momentos de la vida y formas de ser, ciertamente modelan nuestra personalidad, pero eso es un personaje de interacción social, y no constituyen lo que un humano “es”.

Releyendo a Zweig y sus “Momentos estelares de la humanidad”iv podemos encontrar un par de imágenes que no dejan de ser interesantes a la hora de “preparar el equipaje” para este nuevo viaje. En la lectura de Stefan Zweig parecen deslizarse un par de temas: por un lado, los momentos estelares no son necesariamente aquellos destacados hitos que figuran en los libros de historia; y por otro lado, los momentos estelares, grandes y pequeños, forman un relato que estructura el cómo somos y sirve además cómo “causa formal” que interactúa con las causas materiales y eficientes. Nuestra historia modela nuestro ser o, al menos, influye en él, pero sigue sin ser “yo”. No soy mi historia, soy quien la vive.

Esos adjetivos – docente por ejemplo – y ese “rosario” de momentos estelares ciertamente no definen lo que somos, pero influyen en ello y establecen un peculiar punto de vista y una barrera al momento de pretender “ver” lo que es la “exigencia de trascendencia” y su objeto. Tal vez una buena alegoría para esta situación es que estamos “forzados a empinarnos para ver sobre la valla” para apreciar el campo vecino, no sólo reconociendo que ella influye en lo que somos, sino también que influye en nuestra peculiar forma de ver, apreciar y juzgar lo que vemos.

Pero esta “valla” es nuestra propia historia, forma y acúmulo de “saberes” que no responden completamente a la pregunta “¿qué soy?”. Si en teología describir a Dios era y es un problema que se puede abordar desde la perspectiva de una “teología positiva”: describir lo que es Dios o, desde una perspectiva negativa: decir lo que Dios no es. Describirnos a través de nuestra historia, adjetivos y saberes, parecen construir una “antropología negativa” comparable a la “teología negativa”v que busca decir lo que Dios no es.

Porque al narrar nuestros momentos estelares, pretender definirnos por nuestros adjetivos, nuestras formas de ser y actuar, estamos realmente diciendo “lo que no somos”, que en términos burdamente simplificados es decir “no soy tú, soy yo”. Pero eso está “unos cuantos pasos antes” o, si se quiere, “peldaños por debajo” de poder afirmar no que “soy”, sino que “soy lo que soy”.



Un reflejo reconfortante:

Para los que somos creyentes existe indudablemente una distancia que ni es geográfica ni es temporal, sino imposible de dimensionar, entre el “ser” del humano y el “Ser” de la divinidad, pero resulta reconfortante apreciar que compartimos la condición de “misterio” desde la perspectiva humana. Tanto Él cómo su “creatura” resultan ser un misterio insondable, y al compartir esta condición somos una vez más “imagen y semejanza” de Aquel que está, indiscutiblemente una infinidad de peldaños más elevado. Y aún cuando esa semejanza se pierde si pudiéramos apreciarla desde la perspectiva divina ella tiene que ver con nuestra humilde, pero mutua condición de ser indefinible.

El Creador se conoce a plenitud por lo que la alegoría bíblica pone en sus labios la expresión “Soy lo que soy” y en su condición de Ser Omnisciente, lo sabe todo y por tanto conoce al ser humano en toda su complejidad y maravillosa reserva de misterio.



Ignorantia:

La observación de aquello indefinible que “somos” requiere que “nos pongamos ante” ello sin siquiera una disposición a ver, porque ella implicaría también una “pre-disposición”, pero esta nos enfrenta a una nueva encrucijada lógica o aporía: Necesitamos de la valla, para ver sobre ella.

No se trata aquí de que para ir al “campo vecino” podamos o debamos derribar la valla o incluso simplemente evitar que sea construida. El Principito de Saint-Exupéryvi ve con ojos “inocentes” no con ojos “ignorantes”. Cuando pregunta algo no parece que no conozca algunas respuestas, desliza la pretensión de renovar y refrescar la mirada – propia y ajena – al misterio, el cuento de alguna manera sugiere que el Principito también reconoce que entre todas sus respuestas previas, caben muchas estrellas y hay muchos vacíos por llenar.

No es que el “cáliz del conocimiento” deba ser vaciado, sino que su contenido debe ser “bebido hasta la última gota”, medido y experimentado hasta que los espacios entre los conocimientos, den espacio para aquellos venideros. La docta ignoranciavii no es la estulta complacencia del ignorante, sino la serena constatación de un vacío en el saber. Un “abandono” que no renuncia al conocimiento adquirido, sino que se abre simple y en humilde recogimiento “hacia” lo que se avecina, que intenta convertirse en un “pobre de espíritu” para ser “bienvenido”.



Revisando la Tarjeta de Embarque:

Cabe por un momento cuestionarse si a todos los seres humanos les ocurre y perciben esta urgencia de trascendencia. Podemos aquí seguir un proceso de reducción eidéticaviii, es decir: proceder con el retiro seriado y secuencial de elementos a algo, hasta descubrir qué cosas le son esenciales y sin las cuales dejar de ser “lo que es”. Si a un árbol le quitamos los frutos, sigue siendo árbol pero sin frutos, pero si le quitamos: raíces, tronco, ramas y hojas, y lo transformamos en un montón de leña, deja de ser, todas esas cosas constituyen su esencia primaria y fundante de su condición de árbol. Procediendo de esta manera, al quitarle al ser humano la “exigencia de trascendencia” ¿sigue siendo un ser humano?

Para realizar este ejercicio primero debemos considerar el origen de esta “exigencia” la cual aparentemente surge del hecho de percibir una distancia entre lo que el propio individuo es y aquello a lo que dedica su existencia.

El individuo es un ser vivo con ciertas características que le permiten vivir, para lo cual debe interactuar con el medio y por tanto percibirlo, pero el ser humano a diferencia de otros animales, es capaz de ser “consciente” del entorno, esto es no sólo percibirlo e interactuar con ello, sino además percibir y establecer tales relaciones que le permiten evaluar, ponderar y cuestionar, por ejemplo que existe “un conejo”, la “visión” del conejo y la “idea” del conejo y que en consecuencia, percepción y objeto percibido son independientes. Esa consciencia del mundo y su correlato mental, así cómo la consciencia de sí mismo, son lo que diferencia al ser humano de los demás seres vivientes, hasta donde ha sido demostrado.

Un hecho no menos importante es que esta consciencia está siempre relacionada con algo, no se trata de que sea cómo una luz que transita por un espacio oscuro, infinito y carente de sentido, sino que es siempre en relación a algo. Si afirmamos que somos conscientes de la nada, esa nada es aquello de lo que estamos conscientes y cuando somos conscientes “de” la propia esencia del ser humano, es esa condición el tema o “noema” – cómo podría escribir Husserl – sobre el que la consciencia transcurre conformándose en una “noesis”, que simplificando podríamos traducir aquí como esencia.

El hecho es que al ser consciente de sí mismo y tomar consciencia de que sus capacidades superan el ámbito de la supervivencia, puede surgir la necesidad de aprovechar su potencialidad, haciendo más de lo que la mera supervivencia le exige, es decir: trascendiendo a ella. En consecuencia parece relativamente congruente afirmar que la “exigencia de trascendencia” no es propia de unos pocos, sino que es constitutiva del “ser humano”. Otra cosa muy diferente es la medida, intensidad y sentido en que esa exigencia es percibida y resuelta.

Por otro lado, al tomar consciencia de sí mismo y de su potencialidad, se está de hecho trascendiendo el ámbito de los actos para “la pura supervivencia”, aunque ello no involucre necesariamente un deseo o que éste se traduzca en actos para la trascendencia, estos involucran un esfuerzo y un gasto que la mente podría preferir “ahorrarse”, sin embargo, una vez que se ha tomado consciencia de ello, es dable suponer que el individuo se puede percibir cómo si subutilizara sus propias potencialidades, desperdiciándolas y en consecuencia también menospreciándolas.

Hay un juego interesante en el hecho de manifestar el potencial en el ser humano, parece ser que lograr esta manifestación es motivo de orgullo, de fortalecimiento de la autoestima.



El arte en lo cotidiano:


Otro factor a tomar en cuenta antes de emprender este viaje es una aclaración de concepto y de vías de acceso. Trascender es desde el punto de vista etimológico “trepar” o “escalar” hacia otro lugar que se puede imaginar más elevado. Hoy en día, trascender, podría ser visto cómo el acceso a un estado superior del ser.

Todo hacer que se desarrolla al nivel de arte, incluyendo las actividades propias de lo cotidiano, aquellas que podrían argumentarse cómo fundamentos de la cosificación del ser humano o de valorarlo exclusivamente por la función que cumple, pueden ser una vía de trascendencia. En los monasterios budistas Zen, del Japón, la paz mental que permite “mirar sobre la valla” es buscado a través de la disciplina, el enfoque total en las tareas, incluso en las más rutinarias convirtiéndolas en actos sacramentales.

Para lograr eso es necesario trascender al fruto material de la labor, no se trata entonces de que la tarea se realice para obtener un salario o que la tarea sea “cumplida”, sino que su ejecución sirva de “ruido blanco”. Para que eso ocurra es condición indispensable que el fruto material: el salario, satisfaga los requerimientos propios del diario vivir en condiciones de calidad de vida acordes con el individuo.

Además es necesario que el ejecutante de estas acciones pueda considerar que su trabajo y su fruto material no están destinados a favorecer a otros, o “solo” a otros, y que su realización no tiene por objeto transformarlo en una “pieza de un engranaje”, una cosa o herramienta que cumple una función. El trabajo embrutece en diferentes condiciones: cuando se lo permitimos, cuando somos incapaces de permitírselo. Cuando seguimos el ejemplo que nos relata Viktor Frankl con esos presos del campo de concentración que son capaces en esas extremas circunstancias, de conservar su humanidad, parece claro que el agobiante cumplimiento de un horario es infinitamente menos alienante y por lo tanto mucho más llevadero el esfuerzo por trascenderlo.



Una bifurcación en la ruta:

Inicialmente es factible considerar dos importantes y diferentes vías de acceso a ese “estado superior”: una Atea y una Creyente.

Si bien a primera vista parecen incluso excluyentes, hay indicios de que en más de una forma, usan los mismos métodos con un revestimiento alegórico diferente y cuando se las analiza en mayor profundidad, parecen tener un destino similar al menos a nivel práctico en los cambios que induce en la conducta humana, lo que podría sugerir un trasfondo diferente pero, con similitudes.

El siguiente desarrollo busca presentar la visión del autor sin más pretensión que eso: presentación, no ser una verdad ni mucho menos ser incuestionable, pero si ser – eventualmente – unificadora: Si consideramos al ser humano cómo una “creatura” de una divinidad, podemos suponer que ha sido creado con las capacidades necesarias para evolucionar en un ser capaz de formular su propia escala ética y moral (autónoma), así cómo de lograr un desarrollo tal que pueda alcanzar un estado de armonía y coherencia total, integradora y coherente consigo mismo y con su entorno natural y social. Alcanzado ese estado puede, con un grado de libertad difícilmente comparable al que podría tener en niveles previos de desarrollo, enfrentarse al dilema de la creencia resolviéndola según su propio juicio, modificando o confirmando decisión previas tomadas al respecto. Una decisión tomada desde este plano tendría entonces un nivel de madurez que no la harían necesariamente inmutable, pero le podrían otorgar una estabilidad mayor.

El salto de fe puede ser dado muchas veces en la vida al igual que el salto de retorno a la duda y la incredulidad. Hay varios fundamentos que pueden hacernos ver esta capacidad de cambio cómo una muestra de mayor “sanidad mental”, por un lado parece dar testimonio de una flexibilidad que reduce el riesgo de caer en la defensa fanática del dogma y por otro lado, parece conservar la congruencia con el conjunto de ideas y conceptos que evolucionan junto con el individuo que es siempre un proceso y un flujo y no un estado inmutable, por lo que evitaría la angustia de la inconsecuencia.



Un mojón fronterizo:


El hallazgo de un mojón fronterizo sugiere la posibilidad de que existan otros, pero también que eso no llegó ahí por sus propios medios sino que alguien lo ha puesto ahí, y si bien las fronteras nacionales son acuerdos, las personales son decisiones independientes e íntimas que se deciden con plena libertad o dejan de ser verdaderas fronteras y se transforman en barrotes de una celda. Un mojón fronterizo es – en ciertos aspectos – una exigencia y una oferta de respeto.

La divinidad es un misterio que ha permitido la formulación de muchas “validaciones” o “fundamentaciones” a favor y en contra que – a la fecha – llegan a una suerte de “empate técnico”. Si alguien quisiera contar unas y otras o medir la fuerza de unas y otras para así decidirse o no creer en una divinidad o mantenerse cómo un ateo, tendría que reconocer que “ambos bandos” cierran filas por cuestiones aparentemente ajenas a esos fundamentos: sentimientos de integración a grupos o bandos y el deseo de ser fieles a sus saltos de fe, porque finalmente ser ateo es tan salto de fe, cómo no serlo.

El reconocimiento de que el acto de optar por una u otra vía es un acto de la voluntad más que un acto de la lógica – me parece que – fuerza a una postura respetuosa ante ambas opciones, independientemente de que uno se encuentre por optar o ya lo haya hecho, pero además es en sí un fundamento más para asegurar que la divinidad persiste cómo un misterio.

Por lo demás, la decisión de creer o de no hacerlo no debería fundamentarse en las fuerzas democráticas, aún cuando no existiese el “empate técnico” esta decisión debería ser independiente y libre y por lo tanto requiere de autonomía ante la opinión generalizada a objeto de preservar la propia integridad.

Pero el carácter de integridad e intimidad de esta decisión no sólo es importante al momento de optar, sino también una vez realizada la elección. Cuando exponemos argumentos en favor de una idea – en este caso la elección de una opción – en alguna medida también estamos intentando influir en la decisión del otro y en consecuencia esa exposición es en alguna medida una forma de proselitismo y de intento de imposición con la “fuerza argumental”. Ello puede ser visto cómo una falta de respeto, una violación de fronteras un intento de que el otro se rinda ante nuestros argumentos privándole de sopesar libremente en la larga lista de fundamentos que – repito – se encuentran en empate.

Ello no nos priva ni exime de la necesidad de “compartir la buena nueva”, pero parece indicar una postura especial donde el respeto mutuo sea clave y la elección del lenguaje y la forma requiera cauteloso análisis. Ciertamente que el “buen ejemplo” parece la opción correcta, pero ni es excluyente de otras opciones ni es la más “simple”, para predicar con el ejemplo no basta con saber que predicar, hay que ser congruente con la prédica y en consecuencia hay que transformarse en el ejemplo que se predica, tarea de por sí compleja, difícil y distante meta.

El lenguaje tampoco queda libre de esta coherencia interna, pero requiere de mantenerse en línea con la idea de no ser invasivo o impositivo y en tal sentido personalizarlo cómo: mi visión, mi punto de vista o expresiones con semejante leitmotiv podrían hacer que la exposición se suavice y logre perpetuar no sólo el respeto, sino por sobre todo la independencia y libertad de acción.

Establecido esto queda algo por reconocer: el hecho de poner un límite no implica que se deja de estar sujeto a críticas o enfrentado a puntos de vista divergentes o incluso contrarios respecto de la opción tomada.

Nuestro bagaje de conocimientos, ideas y conceptos por un lado no conforman un cuerpo inmutable y por otro no poseen sólo una carga racional, sino también una emocional. Reconocer y respetar la plasticidad de nuestro bagaje conceptual que sirve de fundamento para nuestras decisiones, en toda la amplitud de planos en que estas se realizan, parece indicarnos la necesidad de considerar permanentemente nuestras opciones cómo “necesariamente” volubles. Y es que la necesidad surge aquí cómo un acto de respeto tanto hacia el otro, cómo hacia la coherencia interna.

Entonces no estaríamos liberados de buscar, recibir o encontrar fundamentaciones, sino más bien impelidos a buscarlos para mantener una conciliación interna, pero también para encontrar fundamentaciones que logren promover un espíritu conciliador que no “traicionen” la propia concepción de conceptos que se consideren verdaderos

Para que la propia opción respecto del credo sea reconocida cómo un “salto de fe”, es decir un acto de la voluntad ante las dificultades de la lógica y la razón parece necesario que se sostenga cómo una postura que puede y debe ser modificada en virtud de los fundamentos que se esgrimen y que se aceptan cómo válidos. Un salto de fe que se torna rígido ante las razones opuestas adopta la imagen de una actitud dogmática o incluso fanática y en consecuencia debería ser evitada.

Esta es la forma de mi mojón fronterizo, una forma que también perfila un lugar y una postura de respeto y de solicitud de respeto.

 

Abordaje:

Si hemos usado los términos: viaje, equipaje y abordaje, ahora deberíamos plantearnos cómo si estuviéramos en un estado en el cual es posible ver en dos direcciones simultáneamente: el punto de origen y el de tránsito hacia el inicio del viaje, un “estar” similar a aquel habitado por quien está en la pasarela entre el muelle y el barco. Si quisiéramos continuar con la alegoría de la valla, deberíamos caminar por su borde cómo un equilibrista que corre el riesgo de caer a cualquiera de ambos lados.

A un lado encontramos al ser humano que hace, que cumple su función y que “tiene”, pero en cuyo tener hay también una inquietud que se reviste de exigencia: “tiene la exigencia de trascender”. Un ser humano que no se percibe a sí mismo “solo” con un algo existente en vistas de un “para”.

Hacer la colada, planchar la ropa, beber con los amigos, emocionarse con la ternura de un niño, tener sexo o llegar a la hora al trabajo llenan nuestras horas e incluso pueden hacerlas fecundas, pero no satisfacen plenamente las necesidades humanas. Sobrevivir no es vivir así cómo no vivimos para trabajar.

Ni aún el interactuar social logra satisfacer ciertos aspectos de nuestras necesidades. Podemos cobijarnos en el sopor que surge del “romper la separatidad”, pero incluso tras ello persiste un vacío que empuja al ser humano a pensar que “no es sólo eso” y a reconocer que sigue “encerrado” en su piel, atrapado en su individualidad y que esta no es imperecedera. Su límite no es sólo dérmico, sino también temporal y, el temor a traspasar el umbral que separa lo viviente de lo muerto también distancia lo conocido de lo ignorado.

El hecho de que “ser” humano involucre algo adicional a la cotidianidad imposible de definir y de satisfacer en una eventual respuesta nos pone en evidencia de que el “ser” humano trasciende a la mera experiencia social y contiene unos elementos trascendentales y “mistéricos”.

Por lo expuesto, abordar no significa meramente “entrar en” una dimensión, sino, ante todo, “ponerse en” presencia de lo trascendente , tanto en lo “geográfico” del ser individuado, cómo en la dimensión temporal de nuestra condición mortal.



Cruzando el umbral de templo:

Cuando se observan las representaciones de lo que habría sido el antiguo Templo de Salomón, se puede apreciar que existía un Atrio para el “pueblo de Israel”, un Sanctorum para los sacerdotes y un Sancta Sanctorum para el Sumo Sacerdote, pero ni unos ni otros podían entrar cuando o cómo quisieran a estos espacios, al Sumo Sacerdote le era permitido entrar una vez al año y bajo condiciones especiales al Sancta Sanctorum: purificado, velado por una nube de incienso y llevando sangre del holocausto de un becerro.

Por cierto que todos esos ritos pueden parecernos hoy en día propios de una religiosidad intensa cuando no extrema, pero ellos nos indican que el ser humano ha sentido una necesidad de “salvaguardar” esos espacios y tiempos definiendo no sólo una barrera física, sino también una distancia en la conducta o postura de quien accede a ellos.

Así cómo en aquellos lejanos tiempos para que el “pueblo de Israel” pudiera entrar al Atrio, se le exigía también un estado de “pureza”, en cualquier tiempo y lugar para ponerse en disposición de presenciar lo trascendente es condición necesaria un tipo particular de “baño ritual” que nos distancie y separe nuestra consciencia del “mundanal ruido”ix.

Se trata aquí de que “lo” y “los” profanos no pueden ingresar a la presencia de lo trascendente en primera instancia porque no han vivido “la exigencia de lo trascendente” ni permiten que quienes sí la han sentido, puedan ponerse ante ello en la calmada y quieta intimidad requerida.

Una consideración especial requiere la “condición” de profano, ya que adopta erróneamente el aspecto de un “estado”: cuando la vida cotidiana nos absorbe y nuestra mente racionaliza pragmáticamente todo, nos encontramos en una condición profana. Al surgir en nuestra mente aquel estado en que podemos “contemplar” la realidad, esta se transforma en un trampolín simbólico y emotivo que nos induce primero a percibir la “exigencia” de trascendencia y luego lo trascendente en sí. No somos profanos más que en forma transitoria y temporal, y podemos transitar a la condición de “no profano” cuando ponemos nuestra atención y foco en lo trascendente.

Otro aspecto que es importante apreciar es que una vez se ha “ingresado al templo” y se ha tomado consciencia de la necesidad de trascender y se ha estado en predisposición a percibir o habitar lo trascendente, la condición de profanidad pierde frecuencia e intensidad.

Existen por cierto muchas maneras de “entrar al templo” y dejarse llevar por la exigencia de trascendencia. La mayor parte de ellas – sino todas – llevan implícito el silenciamiento de la mente o al menos de las herramientas que esta usa para capturar datos y resolver cuestiones prácticas. Cada vez que nos concentramos en un quehacer específico, metódico y rutinario se permea la realidad en la mecanización del proceso, por ejemplo cuando el maratonista se concentra en su respiración, las contracciones musculares, el ritmo y cadencia del paso sostenido por minutos, un tiempo que se prolonga en horas, su mente “abandona” el tiempo concreto y el espacio donde labora, convive, genera y provee para concentrarse en el tiempo y el espacio en que “él” está habitando. La rutina del ejercicio que está realizando se transforma en una suerte de “ruido blanco” que anula la percepción del ruido cotidiano y le puede permitir “habitar el silencio” de su propio ser y ponerse en presencia de lo trascendente.

Una de las formas de este ruido blanco es curiosamente la propia rutina, cómo aquella a la que se fuerzan ciertos monjes juntando granos de arenas de colores para formar un mandala, grano a grano en una rutina de coger, mover y poner uno al lado del otro en patrones geométricos. Un proceso similar ocurre con otras artes cómo dibujar o pintar, la concentración mental es absorbida en un proceso diferente de observación, deconstrucción y construcción en un lienzo o trozo de papel en el que queda plasmado no lo visto sino lo aprehendido y posteriormente manifestado.

Pero donde el juego de los sonidos y los silencios alcanzan su propio nivel de trascendencia es en la música y en particular en aquellas obras donde se reúnen diversos actores y variadas formas de arte: escenografía, composición musical, músicos y actores logran un trabajo en equipo donde cada uno trasciende, en ciertos momentos por el acto creativo que los “retira” del mundanal ruido y luego trascienden sus individualidades para un “actuar en conjunto” dejando de ser unos, separados e individuales y transformarse en un equipo, un cuerpo.



Taminos y Papagenos:


Otra consideración especial respecto de aquellos que parecen no percibir la “exigencia de trascendencia” está relacionada con la antigua afirmación de que “no todos son los llamados, ni todos los llamados son elegidos”. No parece razonable imaginar que la humanidad está completa sin Taminos y Papagenos, unos y otros no son sólo parte de la humanidad.

De hecho cuesta imaginar cómo carentes de esta exigencia o necesidad de trascendencia a quienes se aproximan más al arquetipo papagénico y parece más razonable afirmar que para ellos el llamado ocurre en un plano, intensidad y complejidad diferentes sino ¿por qué el dramatizado y dramático intento de suicidio de Papageno en la Flauta Mágica? Su “exigencia” es diferente: intimidad y compañía, tal vez su exigencia se resuelve de una forma algo más hedonista, pero no por ello menos exigente. Por otro lado, estos arquetipos son el destilado de una observación de seres humanos concretos y reales, todos los cuales poseen el valor intrínseco propio del ser humano y la condición de misterio insondable. Percibir o no la exigencia de trascendencia no es una condición que varíe el valor del individuo.

Papageno no se hace el sordo que no quiere escuchar o ciego que no quiere ver que su esencia es capaz de algo más que “cazar pajaritos” para venderlos o comer. Puede que no sea consciente de su carencia, pero la sufre, la vive a plenitud tal vez desde una perspectiva más emocional y vivencial que racional, pero para él no deja de ser un hecho acuciante. Podrá pretender negar que existe una “exigencia de trascendencia” cómo una rebeldía psicológicamente comprensible, pero todo parece indicar que la experimenta y también que en el relato de la Flauta Mágica, la resuelve, no cómo una trascendencia que lo eleva a la presencia de lo inefable, sino a través del desgarro de la separatidadx en el encuentro íntimo con un otro que complementa su propio yo y le abre una importante vía al conocimiento de sí mismo, cómo lo plantea el filósofo Buber quién además plantea que la relación con un “Tú” permite una realización plena, que puede ser interpretada cómo una trascendencia del individuo en el horizonte de la relación.

No parece lógico negar que Papageno podría argumentar que su intento de suicidio nada tiene que ver con un deseo de trascender y algunos de los espectadores de la ópera podrían apreciar que sus motivos demuestran una dependencia emocional insatisfecha y la pérdida de esperanzas de resolverla, pero tampoco parece lógico negarse a que la exigencia de trascendencia puede ser un sustrato, incluso inconsciente, y constitutivo en el sentido de “parte de” la angustia que lleva a Papageno a ponerse la soga al cuello.

Papagena no surge del caos del bosque sólo cómo una promesa de pareja animal reproductivamente capaz, sino cómo respuesta a la insatisfacción de la soledad. A Papageno no le interesa una Tamina que lo invite al camino de la elevación espiritual que él puede percibir cómo difícil para sí mismo, le interesa una Papagena con la cual trascender a sus límites cómo individuo, aislado en sí mismo, satisfaciendo más que las necesidades del cuerpo que reducirían a Papagena cosificándola – comida, descanso, reproducción por ejemplo – sino por sobre todo las necesidades del propio ser haciéndole parte integral de una convivencia reconociendo en Papagena a un otro, tan misterioso, indefinible y respetable cómo el “yo” de Papageno.


Juntos y en armonía:

Teniendo presente la exposición de Thomas Paine en su libro La edad de la razónxi, no puede soslayarse una cuestión en particular: la presencia ante lo trascendente genera una suerte de descubrimiento en el sentido de quitar lo que cubre y limita la vista del observador, que es su propia esencia y por lo tanto constituye un nivel y tipo especial de revelación. Pero esta revelación es intrínsecamente personal y difícilmente transferible, sólo puede ser relatada y sobre todo a través de alegorías y simbolismos en que confluyan la lógica, la retórica y lo poético, generando una transición compleja entre quién vive la experiencia de lo trascendente y quien escucha el relato de ella.

Para quien escucha el relato de la experiencia trascendente, esta es una “revelación de segunda mano” y puede ser percibida cómo “puro cuento”, una mera ilusión o incluso: un simple sueño. Si bien la experiencia trascendente es siempre e inefablemente individual, los seres humanos han buscado mecanismos para “democratizarla”. En la antigua Grecia se organizaban simposios, estos tenían – hasta donde sabemos – dos condiciones particulares: bebida en común y tema predeterminado que si bien podía incluir lo político y lo amoroso también podía incluir aspectos más bien filosóficos. Entre los famosos Diálogos platónicos, El banquete es un buen ejemplo de ello y de cómo abordando un tema común ese diálogo puede constituirse en un abordaje de lo trascendente desde un punto de vista racional y lógico en el cual, cada quien puede exponer su revelación.

Contrastar el conocimiento con el de otros valida y consolida el conocimiento y un proceso similar requiere y se produce al “compartir” la experiencia trascendente. Mientras la experiencia es individual y se mantiene cómo tal, la valoración que el propio individuo puede hacer de su experiencia quedará sujeta a cuestionamientos y dudas, las que dificultan la manifestación de la misma en cambios de postura y conducta en sociedad.

Por otro lado el relatar la experiencia requiere de una cautelosa selección del auditorio y de una forma particular de preparar el ambiente propicio para ello. Cuando esas condiciones se dan y el relato de la experiencia es adecuado, la respuesta del auditorio puede conducir no sólo a la eventual validación de la experiencia, sino incluso a una suerte de experiencia compartida y comunitaria que pone a los asistentes en presencia de lo trascendente y construye un novedoso “relato” de la experiencia, más profundo y unificador transformando a un auditorio en un germen de comunidad.

Por otro lado la convivencia de experimentar la trascendencia genera un conocimiento mutuo que resulta ser vital para el propio conocimiento del individuo sobre sí mismo.

 

Los habitantes del silencio:

Los relatos que nos han llegado de personajes que han experimentado hechos trascendentales en el ámbito espiritual, pueden hacernos pensar que son hechos aislados de sus historias personales, auténticos fogonazos de luz. Esta condición cuando no resulta sorprendente y maravillosa, se torna en sospechosa. La percepción de un apetito, necesidad o exigencia interna de un algo trascendente y de la posibilidad de trascender, requiere primero la percepción de una falencia o de un límite al cual trascender y ambos requieren de un propio conocimiento. Sin saber “que es” algo no se pueden conocer sus fronteras y su composición ni para qué sirve o no. Lo mismo ocurre en un plano diferente, con el apetito de trascendencia, no surge sin el reconocimiento de la propia condición de ser limitado y este reconocimiento tiene a su vez una condición previa y necesaria de reconocerse cómo “ser humano” es decir: individuo en constante cambio y flujo cuyo origen y fin resultan claros en lo biológico y ambiguos en lo espiritual o trascendente.

Este reconocer la propia condición de “ser humano” puede ser visto cómo un acto de recuperación. La vida diaria con su trajín desgastador parece fragmentarnos no sólo en los distintos personajes que habitamos en la convivencia social. Si no también parece que nos fragmentamos en distintos momentos: trabajé, comí, dormí, acaricié son cosas que hacemos diariamente – espero – pero cuyas conexiones en un relato no parecen necesariamente coherentes o interrelacionadas causalmente por lo que puede parecer que el “ser humano” es una colección de actores sociales y eventos dispersos. Reunir todo ello es un acto de rebeldía contra el desgaste del vivir cotidiano y un requisito para la sensación del apetito exigente de la búsqueda de trascendencia.

Este proceso de “reconocimiento” íntimo arroja claridad sobre la valla sobre la que se observa lo trascendente. El ser humano no es una obra terminada sino en proceso constante y permanente. Nuestros momentos estelares y cotidianos van perfilando nuestra esencia a través de las experiencias y la formulación de conceptos haciendo que la “valla” cambie en constante devenir obligando a un constante cambio en la forma de “observar” y de “apreciar” lo trascendente.



Una mirada al amanecer:


Hay en el acto de satisfacer la necesidad exigente de trascendencia un hecho que no deja de resultar llamativo, paradójico incluso. Hace ya varios años – tal vez durante la década de los 40 o 50 del siglo XX – prestaba sus servicios de transporte de pasajeros una empresa, entre Valdivia y La Unión pasando por Los Ulmos, y para ello usaba un vehículo cuya mitad delantera había sido una micro y la mitad posterior había sido habilitada cómo un camión, los usuarios con su respetuosa picardía campesina la bautizaron cómo “La Mari”.

El término “trascendencia” me ha recordado a “La Mari” porque cuando hablamos de trascendencia no deberíamos alejarnos del ser humano superando su condición de bestia de trabajo, de humano funcional o de individuo social preocupado de su “estatus” para lograr ser “en plenitud”: “humano”, pero cómo de contrabando se nos entromete la sensación de que la visión o la presencia ante lo trascendente es una epifanía de la divinidad, y parece querer “robarse el protagonismo” cuando en realidad la trascendencia no requiere a Dios presente sino a lo humano presente en el individuo.

No por evidenciar este asombroso “contrabando” podemos dejar de tener en cuenta que la exigencia de trascendencia a la que nos “empuja” la vida cotidiana puede ocurrir y de hecho ocurre en cualquier momento y lugar, incluso con los pies desnudos parados en el barro de un campo de concentración, donde los soldados intentan por todos los medios y con toda la demoledora fuerza de su poder, deshumanizar a los prisioneros y destruir sus esperanzas, pues incluso en esas condiciones un reo tomó notas para después escribir “El hombre en busca de sentido”xii.

El “sentido” y la “trascendencia” no requieren lugar ni momento para hacerse presente en la vida del ser humano, pero parecen hacerse más “prístinos” en las situaciones más complejas y duras. Se logra una forma de trascendencia cuando se destina tiempo y recursos a transformar – por usar algún término – al desposeído en un “otro” tan humano cómo el “yo” y en consecuencia quitándole la mácula de “desgracia” para retener al “hermano”, transmutación por cierto, que se logra en un proceso que es una cadena de momentos en los que la entrega hacia ese “otro” constituye una parte de los momentos estelares que trascienden el espacio y el tiempo, confiriéndoles la gracia de lo sagrado. Lo “sacro” tampoco está relacionado “necesariamente” con lo Divino.

Y sin embargo, para lograr esa “trascendencia” y satisfacer la “exigencia” o apetito de ella, es necesario no un reconocimiento intelectual sino una presencia humana ante “sí mismo” para descubrir la “propia humanidad”. Esa esencia que no puede ser menos que reconocida – a posteriori – cómo un ser en constante tránsito, un fluir de lo que se fue a lo que se será, el eterno bañista del arcaico río que no puede ser definido y cuya esencia no se puede “atrapada” en palabras.

El acto trascendente de “ser” humano se revela entonces cómo un acto que no queda atrapado a la geografía de un lugar tan reducido cómo el que encierra la piel, ni circunscrito a un momento tan efímero cómo aquel en que el montañista logra su cumbre y aprecia “el cielo y la tierra”, sino que trasciende al momento y se hace perpetuo hasta parecer permanente. Así el acto de apreciar o de vivir la trascendencia nuevamente es cómo “mirar” por sobre la valla de nuestra propia y terrenal existencia, pero donde lo que se aprecia no es un paisaje donde sólo está re-presentado lo que se ha sido, sino también la amplia vastedad de todo aquello que podemos descubrir en nosotros mismos en nuestra condición de “ser humano” pleno de posibilidades y misterios, esa visión parece tan maravillosa cómo la del momento en que la luz del sol “derrota” a la oscuridad de la noche, por tener la connotación de un “amanecer” donde surgen posibilidades entre las que elegir libremente pleno de esperanza. Empinarse sobre la valla de la rutina para conquistar la exclusividad del ser humano es ponerse, desde lo finito y esclavizador, en condición de “ver” y por lo tanto “en presencia de” lo infinito y liberador.

En esa condición de ser “empinado” mirando por sobre lo mundano, no es ya posible considerar a lo Divino cómo un contrabando subrepticiamente llevado en las entrañas del concepto de “trascendencia”. El acto de trascender a la condición de hombre proveedor, trabajador, funcional y poseedor de cosas constituye de por sí, en una trascendencia que reconoce el “justo valor” de “ser humano” cómo un ser indefinible y pleno de posibilidades, libre y responsable, paradójicamente “diferente” de sus “iguales”, por lo que podríamos decir que es una trascendencia “ligada” al plano terrenal, pero ella misma es un proceso que no puede ocurrir involuntariamente ni independiente de una trascendencia que despega al ser humano de su condición terrenal.

El devenir en “ser humano” no sólo lo valida cómo una criatura “humana” y “buena” sino que además lo pone en presencia de la infinitud eterna, inabarcable y constantemente presente, por lo que el hambre de trascendencia no es sólo un acto en el plano, sino que también lo “eleva” por sobre su condición permitiéndole apreciar su dimensión espiritual y al Espíritu de su origen último dejándose disponible para la iluminación Superior.



El Destino está en el Viaje y en su Origen:

La exigente necesidad de trascendencia es parte de lo que significa Ser humano al surgir desde la propia consciencia de ser finito, pero cuyas capacidades superan las necesarias a las exigidas para la supervivencia o la convivencia social.

Sentir la “Exigencia de trascendencia”, hacer el esfuerzo por trascender parecen ser el viaje y el destino y sin embargo son la causa de la propia necesidad. Este es un círculo virtuoso en el que cada rotación ocurre en un plano diferente. Es imposible “bañarse dos veces en el mismo río”, pero la superficie del río no es plana, las olas nos empujan arriba y abajo, así cómo la vida nos atrapa en la rutina y nos empuja a la trascendencia.

En forma similar, el recorrido de este texto es una búsqueda de comprensión de los conceptos de “trascendencia” y de “exigencia de trascendencia” en el que el explorador no sólo cambia su comprensión de los conceptos, sino que lo hace cambiar a él mismo forzándonos a ver estos viajes no como círculos, sino como espirales de propia superación, de propia trascendencia.

 

El molineskiano

15 de febrero de 2026 

 

iMarcel, G. (1951). El misterio del ser.

iiMarcel G. (1935). Ser y Tener.

iiiHeidegger, M. (1927). Ser y Tiempo.

ivZweig, S. (1927).Momentos estelares de la humanidad.

vPseudo Dionisio Areopagita. Teología Mística.

viSaint-Exupéry, A. (1943). El Principito.

viiCusa, N. de. (1440). De la docta ignorancia.

viiiHusserl, E. (1913). Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica,

ixEliade M. (1957). Lo sagrado y lo profano.

xFromm E. (1959). El Arte de Amar.

xiPaine, T. (1794). La edad de la razón.

xiiFrankl, V. E. (1946). El hombre en busca de sentido.

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