Un recorrido por mi edición
Cerca de Leipzig en Alemania, está el pueblo de Röcken antiguamente parte del reino de Prusia y situado hoy a poco más de 200 kilómetros del paso fronterizo de Görlitz hacia Polonia. Como ocurre con muchas iglesias europeas, aledaño a sus muros se extiende el cementerio. En Röcken uno de ellos contiene la sepultura de la familia Nietzsche, bajo una peculiar distribución: Friedrich a un lado, en el extremo opuesto sus padres y en el destacado centro, su hermana Elisabeth.
En la lápida de piedra negra de su madre, puede leerse: “Aquí descansa en Dios Franciska Nietzsche, nacida Oehler”. Luego figuran sus fechas de nacimiento y muerte y una referencia bíblica. Esta lápida es no sólo el vestigio de su existencia, sino también de que durante un tiempo las sociedades humanas consideraban que al casarse las mujeres dejaban sus apellidos supeditados y postergados tras el apellido del marido. En muchos lugares hispanohablantes, las mujeres incluso perdían sus apellidos o los relegaban a un segundo lugar detrás del apellido interpretamos como un acto machista y abusivo.
Elisabeth también supeditó su apellido al de su marido: Förster. No obstante, en su caso no parece tanto un abuso sistémico, como un justo castigo para una mujer que se apropió indebidamente de los escritos de su hermano para alterarlos en beneficio propio: dar fundamento a una ideología con la que Friedrich jamás comulgó. Elisabeth no veía el apellido Förster como un castigo, se apropió de él y lo usó de enlace para conectar a su hermano (Friedrich) al pensamiento de movimientos como los del movimiento Völkisch marcadamente antisemitista y pangermánico que con el transcurso del tiempo derivarían en la visión nacionalsocialista, racista y antisemita del sistema nazi, del que aún hoy no logra librarse totalmente.
Historia
Al enfrentamos al concepto “historia” nos detenemos ante algo que trasciende al simple relato de hechos; hoy en día se la considera como una disciplina crítica e interdisciplinaria. Es una disciplina por cuanto rechaza el desorden y los relatos que puedan ser objeto de críticas que los anulen por tendenciosos o subjetivos, y en consecuencia requiere de un método con carácter de ciencia. Es crítica por ser un examen analítico y riguroso e interdisciplinaria porque reconoce que una sola visión es insuficiente para un contexto integrador.
Este esbozo de definición me obliga a reconocer que, por extensión y estructura no pretendo aquí hacer un relato histórico completo y profundo de lo que Elisabeth Nietzsche hizo con los escritos de su hermano. Mi propósito es más humilde: ofrecer un esquemático relato que permita contextualizar el recorrido mental por un concepto ajeno al hecho histórico, pero intrínseco a él: la edición y apropiación de ideas ajenas.
Un relato de la historia
Durante aproximadamente veinte años Friedrich Nietzsche sufrió una enfermedad que le provocó una degeneración neurológica progresiva. En su época este deterioro fue considerado un colapso total y en consecuencia como una forma de locura, pero que hoy en día sería catalogado de otra forma. Friedrich pasaba por periodos de fatiga visual, dolores de cabeza y vómitos, periodos en los que su productividad se veía fuertemente afectada. Durante años se atribuyó este conjunto de síntomas y su evolución a una infección venérea (sífilis) pero estudios más prolijos han llevado a postular como hipótesis post-mortem que, o bien sufría de una condición hereditaria (CADASIL o “Arteriopatía cerebral autosómica dominante”) o bien las secuelas de un tumor (Meningioma retro-orbitario).
En los momentos en los que la salud de Friedrich se constituía en un problema para desarrollar sus trabajos, Elisabeth sirvió como su transcriptora. Mientras él “escribía” en realidad tomaba apuntes rápidos, redactaba en manuscrito con una tipografía que llegó a ser conocida como “letra de Nietzsche” y que se caracterizaba por letras grandes y encabalgadas porque apenas veía el papel, ella entonces copiaba, también a un texto manuscrito, de modo que fuera comprensible para los editores; en este proceso los hermanos trabajaban juntos, él leía, dictaba y descifraba lo que ella no lograba leer.
Durante los últimos once años de vida – desde 1889 – Friedrich quedó prácticamente postrado, sin poder realizar pensamientos complejos y eventualmente sin capacidad de hablar. En un principio su madre Franciska cuidaba tanto de su enfermo hijo cómo de sus bienes y escritos.
Tres años antes del colapso definitivo de Friedrich, su hermana Elisabeth se había embarcado en un “éxodo” con tintes “mesiánicos”. Ella y su esposo Bernhard Förster desilusionados y molestos de una Alemania que no era compatible con su ideal de nación aria pura, migraron a Paraguay junto con otras catorce familias a fundar una “Nueva Germanía”. El experimento fue un fracaso en prácticamente todos sus flancos, el 3 de junio de 1889 desesperado y desprovisto de toda esperanza, Bernhard se suicidó y ella disfrazó la realidad de este acontecimiento con una serie de ficciones acomodaticias.
Para esa época, la situación de Elisabeth era compleja, se había transformado en viuda que heredó más deudas que bienes tras un proyecto fallido, marcado por muertes por enfermedades tropicales y sin la guía ideológica de Förster. Por otro lado, las cartas desde la patria natal revelaban la verdadera situación de su hermano, mientras la imagen del amigo de Friedrich, Franz Overbeck, estaba surgiendo como un potencial guardián de la obra del filósofo. En este contexto Elisabeth decide retornar a Alemania, un lugar donde podría tomar el control de su familia y, especialmente, de su hermano y de esa obra que ella conocía y veía como una materia prima que podría moldear para que sirva de sustento ideológico, con el cual agitar el caldo de cultivo cultural donde se gestaban aquellos movimientos políticos que finalmente concluirían en el nazismo extremo, pero que aún no permitían presagiar una Segunda Guerra Mundial.
En septiembre de 1893 llega a Naumburg an der Saale y se dedica, junto a su madre, al cuidado de Friedrich. En paralelo comienza a desarrollar una serie de acciones – legales incluso – para transformarse en la custodia legal y única de los escritos de su hermano, desplazando cualquier posibilidad de que otros pudieran asumir ese rol. Esas acciones incluyeron la creación del Nietzsche-Archiv, fundado en 1894, como una institución que albergaba el legado de Friedrich que era ya, una figura importante del ámbito intelectual germano.
Tras la muerte de su madre en abril de 1897, Elisabeth traslada a su enfermo hermano a Weimar. Sin la presencia de Franciska, imprime un ritmo más intenso a la construcción de su propia imagen como la única persona con la suficiente y adecuada “comprensión lectora” de los textos de Friedrich y, en una consecuencia ni lineal ni lógica, en su autorizada “intérprete”. Pero además de lograr una posición importante en el contexto intelectual, esto también se tradujo en un cambio de su situación económica, ya no era solamente una viuda en desgracia, era también una mujer empoderada, la albacea de un legado que le producía rentas. Al mando del Nietzsche-Archiv, cobraba derechos de autor y recibía donaciones y, en un acto de crudo exhibicionismo cobraba entrada por visitas guiadas en las que los curiosos podían ver, desde un cuarto contiguo, a su postrado y disminuido hermano.
Una serie de accidentes cerebrovasculares y las complicaciones de una neumonía fueron las evidencias que hicieron patente que la muerte de Friedrich se acercaba. Esto funcionó como un aliciente para que Elisabeth gestionara la definitiva organización de los derechos legales a nombre del Archiv, vigilara cuidadosamente la selección de los visitantes de su hermano, exclusivamente entre sus propios partidarios. Y también a organizar una escenificación que incluía: vestir a Friedrich con túnicas blancas, acomodarlo en un diván y proyectar la imagen de un profeta del nacionalismo alemán que ella necesitaba, mientras editaba los escritos de su hermano para ocultar cualquier pasaje que pudiera atentar contra su imagen y su intento de usar, esos escritos, como fundamento de su doctrina.
Doce años antes de morir, Friedrich Nietzsche había escrito en apenas unos pocos meses Ecce homo, donde declaraba que tenía “un miedo espantoso de que algún día me declaren santo”. Elisabeth había postergado la publicación de este libro, que sólo saldría de prensa ocho años después de la muerte de su autor, cuando la construcción de la imagen, del mito y del sustento ideológico ya hubieran sido consumados.
Apenas Friedrich había muerto, convocó a un escultor para que tomara un molde del rostro, con el cual hacer una máscara mortuoria. En ella “ese hombre” aparece casi calvo, con un profuso bigote que le cubre totalmente la boca y unas cejas que parecen caer sobre los ojos, “ese hombre” adopta una imagen híbrida de mártir, profeta y sabio físicamente derrumbado. Tanto esa máscara como las fotografías post-mortem que mandó tomar de su hermano, formaron el catálogo de “reliquias” que el Archiv vendería para lucrarse y difundir la imagen arquetípica que Elisabeth necesitaba.
Pero si la muerte del filósofo pudiese considerarse el “último show” para Elisabeth el “show debía continuar”. Con frases tomadas de diversos manuscritos que Friedrich había escrito para un proyecto titulado Voluntad de poder – obra que él mismo desechó aún inconcluso y en calidad de borrador –, ella fabricó un libro apócrifo, añadiendo textos de su propia mano y, con la edición y reincorporación de párrafos tachados y descartados y con el ordenamiento que ella le dio a su libre albedrío, construyó un libro que Friedrich nunca vio y que se publicó apenas un año después de su muerte, conteniendo 483 aforismos que se ampliarían a 1067 en la segunda edición diez años después de la primera.
Durante los siguientes años, Elisabeth escribió introducciones y prólogos a innumerables ediciones de los libros de Friedrich. Usando el prestigio de su hermano para construir, no sólo su figura personal como intérprete autorizada y guardiana del legado de un hombre, sino además para levantar una arquitectura falsa con la cual sostener una ideología profundamente contraria a la del filósofo, quien se consideraba un “verdadero europeo” que rechazaba el nacionalismo alemán y el antisemitismo. Este proceso sería continuado por Elisabeth más allá de la visita organizada del Führer al Archiv, hasta su propia muerte en 1935 a los 89 años.
El vínculo entre Nietzsche y la ideología nazi obtuvo su sello de autentificación, primero con la visita de Adolf Hitler al Archiv, momento en que Elisabeth le regaló el manuscrito original de Así habló Zarathustra y – según algunas versiones – el bastón de paseo de Friedrich, al líder militar y espiritual del nacionalsocialismo. Esta alianza quedó finalmente refrendada con la presencia del Führer al funeral de Elisabeth que se había consagrado como fundamentadora de una forma peculiar de pensamiento, sino también como la figura principal de su grupo familiar. Ella – con honores de estado – sería sepultada en la posición central entre las tumbas de un verdadero pensador, libre y poderoso y sus padres.
El efecto inmediato fue la instauración de una imagen falsa de un pensador de la talla de Friedrich Nietzsche. Aunque el círculo de intelectuales más cercanos a Nietzsche comenzó tempranamente a cuestionar ciertos textos y párrafos, recién entre 1954 y 1956 – unos veinte años después de la muerte de Elisabeth – el editor Karl Schlechta demostró filológicamente, lo que se sospechaba tempranamente: Voluntad de poder no era una obra de Friedrich, sino un montaje arbitrario de notas realizado por Elisabeth. Schlechta además probó que había falsificado fechas y alterado cartas para generar un supuesto apoyo hacia ella.
Desde aproximadamente 1960, los italianos Giorgio Colli y Mazzino Montinari – éste último comunista – y tras un proceso diplomático y académico complejo, lograron acceder a los textos originales y los manuscritos de Friedrich de Nietzsche que se encontraban en la República Democrática Alemana. Tras décadas de laborioso y metódico trabajo de transcripción directa desde esos documentos, permitieron la publicación de una Edición Crítica, en la que se detallan miles de errores de transcripción, omisiones deliberadas y cambios de contexto perpetrados por Elisabeth. Gracias a este trabajo, la imagen del filósofo alemán en el círculo intelectual, comenzó el lento camino de retorno al cauce del que nunca debió salir y permitió leer a Friedrich sin la mácula de su hermana.
Sin embargo, la imagen de Nietzsche no ha logrado librarse de todo el maquillaje nazi, racista y controversial que le fue impuesto; una etiqueta que se sigue utilizando para tratar de mantenerlo en la tarima del escándalo, puesto que reditúa más que la del pensador serio. Incluso hoy la frase “Dios ha muerto” es interpretada fuera de contexto como una alegre afirmación atea. Mientras se mantiene integrada a su prosa original, se revela como el despertar a una orfandad: indica que lo que ha muerto no es la Divinidad, sino que el fundamento metafísico y moral de Occidente ha colapsado, y en consideración a su condición de fundamento metafísico, es un “algo” que forjamos en nuestra mente y en ella tiene residencia. No se trata de una manifestación atea, sino de un diagnóstico amargo: la creencia en un orden cósmico y moral absoluto ha dejado de ser creíble y debe ser reinventada y reconstruida si se quiere – o se siente necesario – sostener la idea de un “Algo” más allá de lo físico.
Alto al fuego
Esta es una forma de presentar una visión de los hechos: surgida noventa años después de la muerte de Elisabeth, separada por una distancia temporal y cultural. La Europa de antes y después de esas dos Grandes Guerras cambio, y tampoco América Latina fue la misma antes y después de ellas.
Si bien América es un conjunto de naciones – en cierta medida – descendientes de las “Madres patrias” europeas, y que como subproducto del “Mercado Global”, se encuentra fuertemente influenciada por la absorción cultural surgida, América no es Europa y espectadores, distantes en el tiempo y la geografía, forjan visiones que no son totalmente comparables.
Podríamos aventurar cuál fue el juicio valórico que la sociedad, como conjunto, pudo haber forjado sobre Elisabeth. Por un lado, tenemos los honores de estado de su funeral y por otro, los escritos concretos de testigos particulares, para esas personas sí podemos imaginarnos un “presenciar” sus valoraciones, pero aún en esos casos, desconociendo y sólo intuyendo sus contextos.
Si se quisiera ser realmente objetivo, además deberíamos emprender la titánica tarea de quitarnos las “gafas de general después de la guerra”. Aunque la participación latinoamericana fue más bien periférica, nuestra propia visión es la de los descendientes del bando triunfador.
No pretendo dedicarme a esa titánica tarea, sino hacer un recorrido en torno a Elisabeth, usarla de eje referencial a la traición fraternal, la manipulación editorial, la apropiación indebida que realiza la ideología y la contaminación de la memoria. Cada uno de estos actos podría ser objeto de análisis independientes e interconectados.
Haciendo un juego de introspección, surge una evidencia de que este “detenerse” a mirar la historia de Elisabeth, rememora el de mirar telenovelas, un hecho que, en mi fuero más íntimo, critico. Además, hay, en este paseo una suerte de morbo que se deleita en la tragedia y ese “dolo” pretérito que no me puede transgredir ni dañar, que me resulta – a primeras vistas – inofensivo, pero que sacude mis emociones y despierta preguntas para el intelecto.
Mi voz interior me invita a cuestionar si una Elisabeth – menos despiadada o si se quiere, más piadosa – pueda habitar en el propio ser humano incitándolo a “editar” su propia historia para hacerla más llevadera o más “presentable”. Tal vez todos queremos “vender un cuento” que parezca más atractivo o mejor valorable por parte del público ante el que exponemos nuestro personaje. Simplificando hasta el absurdo, tal vez en todos habita una publicista descarada llamada Elisabeth.
Una visita a Dorian Gray
El personaje de Oscar Wilde encarna la antigua noción griega de la fusión entre lo bello y lo bueno, por lo que pacta para sostener físicamente su belleza, delegando a su retrato el efecto corrosivo del tiempo y de su propia degradación moral; sin embargo, arraiga una percepción de distancia entre lo que es y lo que quiere proyectar. Puede sobrellevar esa diferencia en lo privado e íntimo, mientras que le resulta impresentable en sociedad.
No es posible hacer un pacto de esa naturaleza, ni las diferencias entre lo que somos y lo que nos gustaría mostrar en sociedad son – normalmente – tan dramáticas, pero resulta honesto reconocer que la prudencia, el pudor y la vanidad nos llevan a maquillar nuestra imagen pública.
Existen dimensiones del ser humano que son imperceptibles desde el exterior. Los pensamientos pueden expresarse, pero lo que otros presencian no es el pensamiento en sí, sino la expresión con que lo hemos “vestido” y que muchas veces no es más que “lo que hallamos a mano”. Los sentimientos, por otro lado, tienden a ser más impúdicos y se nos escapan con algo menos de ropajes ante la presencia de los demás.
En lo más profundo, el ser se reconoce como algo diferente de los pensamientos y sentimientos que fluyen en su interior; No obstante, la selección de ellos y la arquitectura estructural que les damos, denotan sus gustos y en consecuencia perfilan nuestra identidad. Somos un ser que rutinariamente se evalúa a sí mismo, comparándose con los arquetipos positivos que forja y juzgándose en las respuestas que percibe de su entorno social.
Utilizamos el personaje construido para la sociedad para preservar en secreto la intimidad de lo que realmente somos, convencidos de que no todo “debe” ser expuesto ni al vulgo en general, ni a persona alguna en particular. Para proteger la integridad del personaje al que llamamos “personalidad”, lo vestimos como una armadura, editando la expresión de nuestro fuero más íntimo. El pudor y la prudencia son los sentimientos que exigen esta acción. Uno mantiene a resguardo y la otra elige el contexto adecuado.
Recuerdo algunos cuadros de la pintora chilena Carmen Aldunate. En ellos aparecen personajes con una pulcritud, no sólo higiénica sino también estética y cuidadosa. Se visten con almidonados trajes y adornan sus cabezas con sombreros y tocados casi renacentistas, pero esos trajes y corpiños muestran pechos femeninos casi como una “presencia” natural, previa al juicio y al morbo. Parecen decir que prefieren ahorrar energías y dejan mostrar su sexualidad antes de incurrir en el esfuerzo de “abrir sus corazones”.
Aquí hay un elemento – a mi parecer muy importante – de esta particular edición de nuestra imagen pública, no busca sólo ocultar, sino también mostrar con una cuota de vanidad, aquello de lo que nos enorgullecemos y que nos parece un “buen enganche” con la sociedad o con individuos específicos de ella. Preferimos editar la imagen antes de pulir su sustento.
Pero esta edición de la personalidad no sólo ocurre hacia la sociedad; sirve también de filtro polarizado para la propia percepción. No se trata solo de que la crítica social nos afecte, la nuestra propia también lo puede hacer. La edición de nuestra personalidad es también una lisonja y una caricia que nos hacemos para proteger la autoestima; y como tal no sólo es necesaria sino también adecuada, en tanto la reconozcamos como lo que realmente es.
La personalidad es algo construido con retazos de la imagen de lo que queremos ser, siempre parcial en el sentido de incompleta y temporalmente fija. Parece obvio, entonces, que en ella existe el riesgo de una crónica de un fracaso anunciado, pero también el riesgo de un romance con una imagen editada. Este enamoramiento de la propia máscara conlleva un riesgo de anquilosamiento que podría llevarnos a traicionar nuestra esencia y nuestra capacidad de evolución, convirtiéndose en la génesis de una fricción interna alienante.
Un paseo por la biblioteca
Parece comprensible afirmar que prácticamente el cien por ciento de las palabras que usamos son aprendidas; fonemas que la sociedad nos ofrece y que capturamos para nuestro uso. A ellas agregamos un minúsculo porcentaje de neologismos; palabras que inventamos uniendo vocablos conocidos para articular una estructura nueva. Estas por desconocidas, despierta en quienes la escuchan una demanda de aclaración, lo que nos permite hacer énfasis en la combinación y en nuestra propia intención.
Un proceso similar ocurre con los datos que recolectamos en la rutina de la vida y en el estudio de personajes investidos como referentes de los temas que nos apasionan. Entre el sesenta y el ochenta por ciento de los conceptos que usamos son apropiados de otros. Ingresan, de forma inconsciente o consciente a nuestro bagaje conceptual; no sería incongruente pensar en que, inicialmente, son una suerte de cuerpo extraño que inicia un proceso donde, o bien los acomodamos, o terminamos acomodamos a ellos.
La lógica nos induce a pensar que una idea ajena que captamos y no logra un acomodo adecuado, queda en algún espacio virtual a la espera del espacio adecuado, o lo descartamos, abandonándolo en el espacio de aquello que no aceptamos como verdadero. Por otro lado, aquello cuya comprensión aún no logramos permanece en esta sala de espera donde es rumiado y cotejado con aquello que ya hemos acomodado con interconexiones y transitoriamente “listo” para uso adecuado. Las ideas y conceptos parecen nunca lograr una ubicación fija, son más bien eternos “huéspedes en tránsito” y por lo tanto pueden transitar entre espacios en la medida que nuestra comprensión evolucione.
El uso que le damos a esas ideas y conceptos es variado. Podemos usarlas para fundamentar y proyectar acciones concretas con la esperanza de éxito, como materia prima para formular nuestras propias ideas, o incluso como arma con la cual usurpar una posición intelectual.
Más que el dogmatismo es el fanatismo el que pretende crear un compartimiento estanco de verdades indudables e impedir el flujo con dogmas que actúan como llaves inamovibles. La historia demuestra que quienes actúan asía, terminan desacreditados por nuevos conocimientos, y terminan con actos desesperados y brutales como clavar lenguas antes de atizar la hoguera en que se consumen mártires del progreso, o bien terminan cada vez más solos, en conventos y ermitas o en la soledad del rechazo al intransigente.
Este encarcelamiento de ideas puede tener efectos – ciertamente indeseados – tanto en las propias ideas encerradas; al ser elementos nacidos en el flujo se deterioran y caducan sin movimiento, volviéndose estériles. Por su lado, la mente que pretende atrapar esas ideas, las refrigera, pero ella misma termina congelada e inmóvil.
Una estrategia común de quien busca consolidar una posición en la sociedad en el ámbito del conocimiento, es recolectar ideas ajenas como llenando un álbum de laminitas, piezas aisladas por falta del análisis profundo que permita conectarlas en su propio contexto y luego con el propio bagaje de conocimientos. Suelen exhibir estos cromos como imágenes de santos o retratos de profetas, en contextos que parecen claros hasta la obviedad, hasta que tropiezan y revelan, no como el diletante absorto y maravillado cazador de ideas sino como el pretencioso que se oculta tras una máscara, apropiadores de ideas que no entienden, es en ese momento que la máscara pierde su función social y se transforma en un arma de autodestrucción.
Pero lo más triste es que, al caer la máscara, lo que queda es un montón de frases vacías, y una fachada que no alberga ideas propias en las que refugiar al ser o buscar sentido a la propia existencia. Cuando el público se va, no queda un actor detrás del telón, sino un payaso lloroso.
Por la razón o la fuerza
No es este el primer momento en este recorrido por los conceptos se me presenta bajo la imagen idílica de un paseo por las riberas de un río, un cauce a cuyos lados he encontrado la casa de Gray o la biblioteca, y que ahora me ha llevado a un escudo patrio de un fuerte militar. Un escudo que parece querer imponerme un lema: “Por la razón o la fuerza”.
Por dentro, los muros de este fuerte son una fuerza protectora en dos dimensiones: primero, el legítimo muro que protege la construcción intelectual, protegiendo a su constructor de la fuerza de aquellos datos que pueden resultar demoledoras. En segunda instancia, preservan el espacio y el tiempo en que esas ideas son procesadas, analizadas críticamente en búsqueda de los vínculos y del lugar donde podrían constituirse en parte integrante de la construcción del bagaje intelectual.
Por fuera, esos muros tienen la dimensión de una advertencia contra quienes pretenden derruir nuestro sistema de creencias. Sin embargo, también tienen una dimensión brutal: aquella en la que parecen imponer, no con la fuerza del argumento, sino de la violencia pura, un bagaje conceptual que se intenta preservar a toda costa, ignorando incluso las evidencias de una exigencia de mejora o de actualización.
Parece ser que Dios o la naturaleza – o una en manos del Otro –, en su supuesta e infinita sabiduría, nos han dotado de fortalezas y debilidades que, por contradictorio que nos parezca, nos favorecen. Imaginemos a un individuo parado frente a un saco de porotos que él considera verdaderamente lleno sólo de porotos blancos; considerará que darse el trabajo de confirmar su idea o su credo es una pérdida inútil de tiempo y trabajo. Si por alguna causa, interna o externa, surgiera la duda, sería francamente raro verlo vaciando el saco para revisar, poroto por poroto, lo más lógico y probables es que tome algunos puñados y los revise.
Sin embargo, también es muy probable que, si le aparece un poroto que no sea blanco o un “poroto saltarín” lo desestime como si fuera un “dato espurio”, un error de muestreo o incluso que lo califique de “poroto” y de “blanco” porque en su realidad “tampoco es tan negro”. Este relato describe lo que en psicología cognitiva se califica de “sesgo de confirmación”, que es la forma en que procedemos a ignorar la evidencia que contradice nuestra aceptación de datos como ciertos o verdaderos, preservando la estabilidad de nuestro bagaje conceptual.
El sesgo de confirmación, así visto, es una debilidad de la mente que nos defiende de los datos que amenazan con resquebrajar la estructura de nuestro bagaje conceptual.
Sin embargo, el dato – aun cuando conscientemente ignorado – existe; y puede transitar furtivamente a espaldas de la consciencia para ocultarse en el cuarto de reflexiones de la sala de espera antes bosquejada. Tarde o temprano ese dato no pasará la revista del cuartel: se desenmascarará como algo contradictorio, pobremente analizado o sin una pulida armonía con el resto del bagaje cultural. Pero puede descubrirse en él, que es la pieza justa y precisa para complementar otras ideas y conceptos en su proceso de integración.
Parece que al ser humano le somete una especie de espíritu masoquista que lo insta a golpear con el mismo pie las mismas rocas; una de ellas es la de tergiversar los datos que encuentra en la realidad para que se ajusten a la verdad construida en su mente, como si con ello pudiese lograr un resultado favorable para él, a largo plazo. El sesgo de información protege, pero pretender modificar la realidad - o su imagen – construyendo una mascarada condenada a caer.
Entre la vivencia de un hecho o el encuentro de una idea y el momento en que se expresa media un tiempo. En ese intervalo el sesgo de información actúa como filtro rápido, una suerte de mirada de reojo que dictamina lo que se acepta y que se rechaza. Pero además, ese tiempo intermedio hace que el sesgo o la necesidad deseosa de editar la realidad, se presente como maquilladora disponible para el cargo y lista para su labor.
Tal vez sea que ya no soy capaz de darle más vueltas productivas a esta visita al fuerte, o que mi espíritu se hermana con el autor de la canción “La mala reputación” cuando confiesa “que la música militar nunca me supo levantar”. Puede ser también, que las violencias de la vida hayan forjado una resistencia a creer que la violencia pueda ser justificada o usada para el bien de alguna manera. Ahora prefiero salir a ver que más hay a las orillas del río; dejar que el aíre oxigene la mente y que el flujo de la realidad le renueve energías a mi propio flujo.
El museo filatelista
Producto de los avances tecnológicos y la comunicación digital, las estampillas han quedado relegadas a espacios donde la tradición ejerce una fuerza retrógrada, como el ámbito legal o de los impuestos, que son en sí, ajenos al de la filatelia. En consecuencia, coleccionar estampillas se ha transformado en un arte en vías de extinción al que se le abren las puertas de su nuevo hogar: el museo. Allí, la historia tiene cabida y el olor a viejo no solo refresca nuestros pensamientos, sino que otorga alas de libertad a nuestros recuerdos.
Al recorrer sus secciones, vemos áreas divididas por países y, dentro de ellas, una rutinaria colección de categorías: aviación, marina, paisajes, personajes históricos, símbolos patrios, sellos conmemorativos. Al final de todo hay una sección para los “varios”; un rincón medio escondido que parece reconocer un esbozo de vergüenza por incapacidad de clasificación. Allí se dispone lo “inclasificable” casi como fuera lo “estadísticamente no significativo” o “el error muestral, estadísticamente descartable”.
Nuestra mente requiere de esos estancos para ordenarse la vida, las ideas, los temas; nada escapa a esta rutina clasificadora. Se han construido “clases” para todo, incluso para los grandes pensadores: una de ellas es la de los “Existencialistas”. Quienes caen en esa categoría sostienen que el ser más íntimo del ser humano no es fijo e inmutable, sino que es: un verbo activo y en constante acción. Nos proponen vernos cómo un algo en proceso y en flujo, no cómo obra terminada; no como gaveta completa con puerta cerrada y llave pasada.
Si ello es cierto, el ser humano no es su historia sino quien la vive; y, sin embargo, su historia es lo que lo perfila, definiendo su contorno y sirviendo de materia prima donde seleccionar los materiales para construir su propio devenir.
En este proceso de selección, consciente o inconscientemente colocamos nuestras estampillas: recuerdos de los momentos transformados en sellos conmemorativos: mi primer diente, mi primer beso, el día que egresé del colegio… Entre ellos situamos a los personajes de nuestra historia: madre y padre, abuelos, profesores y, en un apartado especial, a los maestros, nuestros guías espirituales, referentes deportivos, los Hércules y Venus que agitaron nuestra imaginación y nuestras hormonas. Pero aún lleno de estampillas el álbum no cumple su función por sí solo. Como un guía experto, el filatelista del museo debe relatarnos la historia que esas estampillas aisladas, de bordes dentados, que sugieren, pero no logran contar.
Hay una Elisabeth rondando en el museo. No tomamos todas las estampillas; la filatelia suele excluir, lo sellos aduaneros y fiscales, ni la de tribunales y del comercio, del mismo modo en que nuestra atención ignora lo rutinario y nuestra memoria se muestra inerme ante lo cotidiano. Elegimos las estampillas “bonitas”, las que hacen atractiva la colección, a menos que sean históricamente trascendentes. Al escribir el relato de nuestra propia historia, editamos – no siempre conscientemente ni con una memoria privilegiada – esos momentos que nos ayudan a forjar un relato coherente con el que nos sintamos gratos. No somos nuestra historia, pero con ella nos construimos la idea de lo que creemos ser: honestos, profundos, exitosos socialmente… perfilamos un arquetipo a nuestra medida.
En los planos del arquitecto, al igual que en la pantalla del televisor, no reside el edificio, sino sólo su imagen en dos dimensiones. Pero la vida no habita sólo en un “largo por ancho” ni cabe en la verticalidad de una altura o de un anhelo de superación; la vida habita en el espacio “y” en el tiempo.
Si la personalidad que construye el ser humano es un esbozo estereotipado e incompleto de ser humano, el arquetipo no pasa de ser el trazado arquitectónico, no un edificio. El arquetipo es una imagen radicalmente contraria al ser humano, imitar o querer ser el arquetipo es atrapar el flujo vital de ser humano en un estanque, a riesgo de inmovilizarse y descomponerse.
El plano es intrínsecamente inerte. Son los que lo leen y traducen a la realidad, mediante actos y procesos concretos los que realizan la obra, – casi alquímica o demiúrgica – de llevar la idea a la realidad. Pretender vivir en el plano o en la pantalla del computador es desear una pulcritud estética que raya en la esterilidad, un deseo del que tarde o temprano deberemos abjurar; La realidad termia imponiendo su presencia siempre “más llamativa” con sus ruidos de obras en proceso – molestos pero necesarios y vitales –.
En la realidad es donde encontramos el sello con defecto de fábrica, la cúspide de toda colección de estampillas… la belleza y atractivo de la vida no está en su perfección, sino en su armónico integrar el fallo, ese daño que forja las cicatrices que perfilan nuestra única y exclusiva individualidad. Si el museo filatelista no quiere transformarse, él mismo, en una pieza de museo, requiere de nuevas estampillas que mantengan sus puertas abiertas a la novedad.
Detrás del museo
Como escondido en un bosquecillo que evoca un jardín secreto, se halla un geriátrico donde filatelistas de diverso origen habitan como si esa fuera la gaveta que les corresponde. Cuando la edad demuestra que nuestro tiempo por venir es infinitamente más breve que nuestro pasado, el recuerdo de los momentos estelares de nuestra historia cobran no sólo valor testimonial, sino una suerte de fuerza vital donde se arraiga el presente y el propio vivir.
Si bien no somos nuestra historia, ella nos ayuda a perfilar lo “que” y “quienes” somos o queremos ser. Sin embargo, al final de la vida, la memoria a corto plazo tiende a desvanecerse, a ocultarse en una bruma; la de largo plazo se transforma en un film tan realista y nítida que parece el espacio en que vivimos, más que aquel en que vivimos alguna vez.
Lamentablemente existen recortes patológicos de ese film que pueden arrebatarnos secciones breves o tramos largos impidiéndonos mantener la coherencia del relato. La secuencia del recuerdo se ve entonces arrastrada a la gaveta de lo inconexo, lo descontextualizado y lo caótico… y, con ella, se desvanece también quien lo vive, hay patologías que retienen el barco, pero el hombre al timón se pierde en la niebla.
Una rotonda
En un recodo del río se forma una pequeña península y en ella se ha construido una rotonda; una pequeña construcción circular con columnas que sostienen un techo en domo y bajo el cual grupos musicales tocan alegres melodías, algún aficionado lee sus poemas o los “yo” – construidos a punta de edición, de copiar y pegar, de cortar y borrar – se yerguen para contar sus cuentos, con diletante voz exponen sus seudoensayos donde desparraman psicología, filosofía y existencialismos de biblioteca e idealismos de plazuela.
Al observar esta construcción y la callejuela circular que la rodea, no puedo evitar imaginarme que, si yo me parase bajo ese domo, cualquiera que haya recorrido las riberas de este río, no dejaría de reconocerme como un ser en pleno proceso de edición. Que Elisabeth es una parte de mí – más piadosa espero – que no ha logrado un resultado, sino apenas un estado aceptable, pero también criticable.
Lo más probable es que ese espectador, se quede con esa imagen parcial, simplemente por dos o tres motivos: primero, porque forjar la imagen completa requeriría el trabajo titánico de vaciar todo el saco de porotos; y segundo, porque el ser humano es un misterio; una incógnita que es imposible despejar solo con los datos que nos entrega la realidad.
El tercer motivo es subyacente, escurridizo y fugas, como un conejo oculto entre los arbustos, preocupado de llegar a tiempo a ningún lugar: es la conclusión de que, si dedicaríamos suficiente tiempo y trabajo a comprender a otro, descubriríamos que sus porotos negros no son tan negros ni tan diferentes de los nuestros. Nuestra individualidad se descascará ante el acercamiento íntimo. Bien lo escribió Gabriel Marcel: “… que el otro, cuando lo siento presente, en cierto modo me remueve interiormente; esta presencia es entonces reveladora, es decir, me hace ser plenamente lo que yo no sería sin ella…” Al leerlo no sólo recordamos a Buber, sino que sentimos que uno se expresa en las letras del otro.
Nadie es tan diferente del prójimo. Sin importar cuanto nos editemos o que tan crítica sea la mirada que se nos dirija, finalmente somos más parecidos de lo que nos imaginamos. Por mucho que maquillemos nuestra historia, y queramos editar nuestra personalidad, o levantando nuestros atalayas y fuertes queramos construir “nuestra individualidad”, somos todos humanos parados en la superficie del mismo planeta, mirando desde un lugar apenas más elevado que nuestros hombros hacia al horizonte infinito del futuro y de lo que aún no hemos descubierto.
Un descanso al final del recorrido
Al circular por la rotonda, no nos queda más que enfrentarnos al camino por el que hemos llegado. Ahora contracorriente, imaginamos que alcanzamos ese jardín secreto detrás del museo filatelista y que nos sentamos en una banca, bajo una glorieta, junto a un veterano de la Segunda Gran Guerra.
Su relato pertenece a la época de Elisabeth, pero él no guarda recuerdos de ellos, sino de los horrores de la guerra, sus memorias son esquirlas insertas bajo la piel. Mientras él habla y le dejamos hacerlo, nuestra propia mente navega río arriba y reconoce que, en la distancia del tiempo y del espacio hubo una Elisabeth y un Friedrich. Sin embargo, juzgarlos nos resulta ahora incómodo, aun cuando funcionen como un cartel a la orilla del camino que nos llaman a la prudencia, la de proteger nuestra propia historia, tanto por respeto a nosotros mismos, como a quien pretende apropiar indebidamente de ella; pues ese acto le reportará menos provechos de los que espera. Proteger nuestra historia es también instar al ladrón y al editor a que vivan las suyas propias.
A lo lejos parece perfilarse la idea de que nuestro acto editorial, siendo necesario, requiere más sabiduría que ambiciones de lograr un best seller.
Podríamos también imaginar que, si el veterano cuestionara nuestra visión de Elisabeth y Friedrich, caeríamos, más que en explicaciones, en excusas. Pero mientras las esgrimimos, el anciano se queda dormido. Al descubrirlo, nos callamos respetuosos, mientras una lejana canción se filtra entre las ramas del follaje: “En un pueblo sin pretensión, tengo mala reputación”.
Patricio Molina
el Molineskiano
22 de febrero de 2026
Bibliografía Consultada
Berger, P y Luckmann, T. La construcción social de la realidad (2003)
Buber, M. Yo y Tú (1956)
Eco, U. Construir al enemigo (2011)
Gamboa, L. Fernand Braudel y los tiempos de la historia (1997)
García-Granero, M. Recuperación post-nihilista de la intimidad corporal y personal y la persona humana a partir de Nietzsche y Conill (2020)
Goffman, E. La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959)
Heidegger, M. ¿Quién es el Zaratustra de Nietzsche? (1994)
Kahneman, D. Pensar rápido, pensar lento (2012)
Marcel, G. El misterio de la mente (1953)
Nietzsche, F. Así hablaba Zaratustra (1985)
Bibliografía referenciada en la bibliografía consultada
Diethe, C. La hermana de Nietzsche y la voluntad de poder (2003)
Sanchez, D. (editor/director). Obras Completas y Fragmentos Póstumos (2016)
Sartre, J-P. El existencialismo es un humanismo (2009)
Schlechta, K. Nietzsche-Index (1956)
Bibliografía sugerida
Martín, F. Paul Ricoeur y la reconstrucción simbólica de la realidad (2011)
Mercado, M. y Sossa, L.B. Identidad Información y Complejidad (2015)
Ostby H y Ostby Y. El libro de la memoria (2019)



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