Ando puro Pajareando
En un momento impreciso, dos han llamado mi atención. Uno trina desde una rama que parece seca aun cuando tiene algunos pocos y pequeños brotes cargados de primavera, su trino parece venir de los intestinos de la historia y, como buen ejemplar de los pájaros palabra, su trino se entiende sin idioma mientras repite una y otra vez su canto: "Si has ido a la casa del sabio buscando saber, aun si no lo encuentras, habrás aprendido algo."
El otro hace piruetas en el aire, como si quisiera un redoble de tambores por lo peligroso de sus valientes arrebatos y sus intrépidos vuelos rasantes. Ya lo he visto en estos paisajes y siempre me recuerda a ese hombrecito del que habla Goethe, corriendo feliz con un gusanito en las manos.
Hoy ha cambiado sus trinos y hasta su peinado. Sus ojos alegres y una sonrisa llena de picardía me recuerdan a un tal Chevalier cantando de amor, pero hay un algo que no cuadra, que no calza como corresponde, no se trata de que me aburra, como tanta música romanticaloide que termina siempre en lo mismo, sino que su canto brota de una catedral que mira solo hacia el oriente. No pienso que su canto sea un error cuando afirma que “el amor es una forma de decirte no morirás”, como si el amor solo fuera una respuesta a la necesidad de vencer a la muerte… pero claro, está sacada de contexto, esa frase es una meta que no muestra el recorrido que llevó a ella.
Arrojado en la hierba, miro y disfruto de los vuelos de los pájaros, pero también me pregunto ¿Por qué cruzan sus vuelos? ¿A que viene ese afán de posarse en la misma rama? ¿acaso hay escasez de nidos, que terminan compartiendo alguno?
Una expedición ornitológica
La sombra de un vuelo tranquilo me cubrió como un manto en un momento calmo, sin asalto pero inesperado me lanzó una rama sembrada de letras, como báculo tallado susurrando en su caída: Δημιουργός. Nunca he estudiado griego, pero las letras las reconozco: Demiourgós se translitera, pero tal como he aprendido, pasar letras de un alfabeto a otro solo nos lleva a una aproximación al fonema.
Si se encuentra un 七 en medio de un escrito japonés, uno lo puede transliterar a しち en el mismo japonés, pero en su forma hiragana, con lo cual uno, que no se sabe japonés, no gana nada. Si los llevamos al “Rōmaji” como le llaman los japoneses a nuestro alfabeto, llegamos a “shichi” y seguimos igual, sin entender pues hemos llegado a su fonema, pero no a su significado. Traducir es otro cuento, 七 es siete. Y el demiurgo es la unión de dos conceptos pueblo (o demos) y trabajo (ergon) y es la palabra con la que designaban a los artesanos que ofrecían su trabajo a la comunidad, al pueblo.
Pero esta garza blanca con su sombra tranquila me ha lanzado, no al oído sino a la conciencia, un Demiourgos, con mayúscula, tal como si fuera un nombre que distingue a una persona, o a un auténtico personaje. Claro, venía tallada en un báculo porque era el nombre de una divinidad que Platón nos puso en juego en el Timeo. Su tarea no resulta menor: toma las ideas universales, las que él no crea sino que aprecia en el “Mundo de las ideas” y movido por el deseo de que "todo fuera lo más semejante, a las ideas eternas, posible", es decir lo más parecido a la Bondad o al Dios inteligente, mejor para mantener la armonía y la paz, transforma literalmente el Kaos en Kosmos, el Desorden en Orden, poniendo cada cosa en su lugar, con la forma y en la disposición adecuada, con una función y un propósito… con un espíritu y por tanto con aquello que lo anima… un alma.
Cada idea tiene un ámbito de acción, cada animal vive en el entorno que le es más apropiado y en el que puede expresar su máximo potencial. Por ello nos resulta enojoso escuchar garabatos en templos y, ridículo escuchar terminología clásicamente docta en medio del alocado ritmo de una fiesta entre amigos.
Pero mis pájaros palabras y mis pájaros ideas, vuelan y se entrecruzan en el mismo cielo en un desorden que parece, la materia prima del Demiourgo en la que debo buscar, mis propias respuestas, mi propio orden e imponer orden a mi propio cosmos.
El telegrama de la abubilla
Sacudiendo el polvo de la historia, se limpia las plumas una abubilla. A primera vista es un ave llamativa, no solo porque pueda parecernos novedosa sino también por su garbo; sus patas algo cortas y su cebrada espalda en blanco y negro, junto con cuello y pecho de color canela pardo y su copete retraído, que le da un aire de suspicaz aristocracia y desplegado, de orgullosa sinceridad, lo hacen un pajarito muy simpático hasta que lo hueles. Se le encuentra en muchas partes entre Europa y el Asía menor y el que me trae noticias parece haber viajado de la antigua tierra entre ríos, la vieja Babilonia y la no muy nueva Judea.
Con su canto como un telegráfico up ub up en el que intercala unos curiosos aaaahhjj, que no sé si son partes del mensaje o limpieza de garganta, repite sin cesar: la casa del sabio, si viajas a ella, si no le encuentras, aprenderás por igual. Es como si quisiera repetir el viejo Midrash de Mishlei: “Si has ido a la casa del sabio buscando saber, aun si no lo encuentras, habrás aprendido algo.”
Midrash es una transliteración del sonido o canto de una palabra en hebreo que en realidad significa: búsqueda y, tal como la abubilla busca frenética, larvas, gusanos y bichos en el estiércol, la Midrash busca conocimiento en los textos, en los dichos sapienciales, busca donde otros solo ven basura a sabiendas de que la verdad es humilde y vergonzosa, que cuida su intimidad en prudente camuflaje. Mishlei por su parte se traduce por Proverbios y esa frase es una de las interpretaciones que en la tradición oral judía se le da al párrafo que está en el libro de los Proverbios, capítulo 14, versículo 7. En la versión Reina Valera de ese libro, reza: Vete de delante del hombre necio, Porque en él no hallarás labios de ciencia.
Pero claro, alejarse del necio, es abandonar no solo la choza o el palacio de la ignorancia, sino también acercarse a la honesta y enjardinada casa del saber. Es por tanto un viaje que quiere ser traslado y cambio de residencia. Pero como la generación espontánea ha sido desacreditada del todo, hemos de suponer que ese viaje, surge de algo que no es la nada, sino el descubrimiento de que hay algo que falta, de un reconocer una falencia, lo que de por sí, no es saber nada, sino saber que algo falla.
Para salir de casa
Una de las muchas cosas peligrosas que le pueden pasar al ser humano, es la de caer en la arrogancia de creerse poseedor del conocimiento, sin poseerlo. Aquel que cree que lo sabe todo, nada investiga y todo lo desdeña. El ser humano ya se ha empinado en semejante postura, para luego encontrarse con problemas de envergadura mayor, baste con recordar el cambio climático y cómo antes, se arrojaba plástico a destajo y se quemaba petróleo para muchas cosas.
Creer que se sabe no solo no es suficiente, sino que además es peligroso. El conocimiento requiere constante evaluación y en consecuencia, reforzada humildad. Contrastar el “saber” con la realidad es un requisito imprescindible de quien quiere, en verdad, saber. Ese ejercicio es una de las fuentes de la que se nutre la idea de que quien más sabe, más reconoce su ignorancia, la otra es comprobar que la gota de saber que cabe en la mente humana es una pequeñez ante los mares de conocimientos que ofrece el todo, sea que le llamemos Cosmos, Universo, Multiverso o incluso El Todo.
U
no de los primeros “aterrizajes en la realidad” que nos ofrece la vida, ocurre cuando nos estamos sintiendo libres de las regulaciones de la casa paterna y debemos empezar a ganar el espacio, la agilidad y potencia de crear nuestro propio hogar. Salimos al mundo laboral y nos paramos, algo más solitarios en el espectro social para hacernos ver, ganarnos un empleo y una pareja, con nuestros propios méritos, y nuestro currículo es breve.
Resulta entonces fácil comprender que, no una, sino muchas veces, nos encontremos en situación de aterrizaje forzoso en la realidad y la estima que tenemos de nuestro conocimiento, requiera reparaciones, y que en lugar de salir en busca de un mecánico, salimos en busca de un Maestro, alguien que nos guíe y enseñe.
Los primeros en aparecer, suelen ser aquellos que están en una situación relativamente similar a la propia, pero que tienen algo más de calle en el cuerpo. Otro extranjero en tierras extranjeras, pero que ya sabe los nombres de las calles y dónde están las oficinas importantes, como la del correo y del banco desde donde enviar una remesa. Pero entre tantos “pares” hay algunos muy “disparejos” que usan palabras rebuscadas y engañosas que tarde o temprano se revelan como vitrinas de supercherías que nos motivan a buscar, verdaderos sabios, guías o maestros. Aquellos que demuestran con su simpleza, su humildad y su evitar la fanfarria, que saben que la “verdad desnuda guarda oculta, detrás de la corteza, del hueso de cereza de una duda” mientras el Falso profeta quiere templo de escalinatas doradas y alfombra roja donde posar sus pies de barro y hacer su marcha pomposa.
Alguien que nos diga, si es verdad que sabemos tan poco, y si es verdad, que nos enseñe. Pero en realidad lo que necesitamos saber puede ser algo tan simple como imposible: ¿Cuál es mi sentido en la vida? Escribió hace ya mucho Giovanni Pico della Mirandola, un relato – que le costó ser perseguido por la Iglesia y que parece cuento y mito – donde exponía un “pájaro fantasía” trinando que luego de la creación, el Gran Hacedor quiso darle a cada animal un don, la valentía al León, la perseverancia al buey, la velocidad al chéita… y cuando al final, se quedó mirando al hombre, descubrió que se le habían agotado los regalos… así que le donó la libertad de elegir lo que quisiera. Nadie podría negar que, si nos basamos en ese cuento, Dios también nos donó la capacidad de “darle sentido a nuestras vidas”.
El miedo a la libertad es también un temor a ser responsable de una mala elección. La contradicción de querer libertad, pero que ésta conlleve un riesgo, especialmente cuando nuestro currículo se nos antoja tan breve, nos lleva al estudio, a la búsqueda y a encontrar refugio a la sombra de un sabio. Alguien que sin quitarnos la responsabilidad de elegir, nos guíe hacia una menos riesgosa elección y, que en ese proceso, no nos ponga la meta en las manos, sino que nos diga dónde buscar.
Antiguamente visitábamos con cierta frecuencia, una biblioteca y el personal que ahí trabajaba, podía decirnos dónde estaba un determinado libro, o en qué sección se habían dispuesto los libros de cierta sección del “buscar saber” que los seres humanos hemos realizado, pero esos funcionarios normalmente no se arrogaban la tarea de decirle al usuario qué leer y qué dejar en la estantería, eso era tarea y responsabilidad del usuario. Hoy buscamos en la Internet y preguntamos a “Doctor Google” las cosas triviales y a la Señorita Gemini – joven, bella e inteligente – las cosas más complejas, pero ninguno de ellos es guía y por sobre todo, no son humanos – aun cuando les agradezcamos el parecido que se han diseñado – y en consecuencia, la mano amiga que nos guíe entre tanto saber, tanto dato y tanta ignorancia, se nos hace necesaria.
El viejo sabio ha pasado por nuestras mismas dudas, inquietudes y fatigas, pero es libre y responsable como nosotros mismos, su guía es la de un par avanzado, pero que sigue siendo un igual.
En camino a la casa del sabio
Hay quienes sin caer en la arrogancia de creer saberlo todo, y aun cuando reconocen que les falta mucho por saber, prefieren el juego en el computador, el programa de televisión a iniciar el camino, no parece que les falte la necesidad, sino que desconfían de su capacidad de llegar a la meta. Creo que no se dan cuenta de que en realidad, ninguno
llega.
Lo que importa es ponerse en marcha y perseverar en la ruta. Tal como en el cuento de El estrecho sendero, de Herman Hesse el camino comienza con verdes y florecidos valles a nuestras espaldas y ciertamente que el camino, poco a poco se va empinando hasta que parece que la subida requiere de un alpinista experto y no del aprendiz de ser humano que lo emprende. Pero a mitad de camino se encuentra uno con algunos ¡que vienen de vuelta! No, no es que hayan llegado a la meta, es que han llegado a la cima de sus capacidades y, desde ahí, han visto todo… desde otra perspectiva. Y si bien vienen de vuelta, no es para reconocer que el camino no tiene salida, sino para contarnos qué han visto y que quieren invitarnos a viajar juntos. Son como el personaje del relato de Platón y su caverna, que vuelven a la cueva, a decirle a sus compañeros, que lo que ven, son sombras y buscan compañía para ver el cielo fuera de la cueva.
Pasa más de una vez que al detenernos a conversar con aquellos que parecen retornar, nos sirven de guía y ellos mismos, retoman el camino de subida. Reza un dicho que “cuando el alumno está preparado, el maestro aparece”, no es tan viejo como uno pudiera creer, surgió entre los teosofistas entre fines del siglo XIX y principios de XX, pero no por ello, deja de tener una cuota de razón.
Las causas y los mecanismos pueden ser otros, pero cuando alguien tiene necesidad de saber, tarde o temprano se encuentra la necesidad con la ciencia y el hambre con la comida, ambos tienen necesidad, uno de recibir o encontrar y el otro de dar o de mostrar y ambos ganan con la mera experiencia de hacerlo.
Pero así como muchos serán los llamados, pero pocos los elegidos para entrar en la senda del verdadero conocimiento, también son muchos los llamados a compartir el camino, pero pocos los elegidos para hacerlo. No son pocos los que han sido puestos en la situación de ser guías, pero carecen del carisma necesario, y muchos de ellos parecen haber perdido ese carisma por una suerte de desilusión al percatarse de que la meta está siempre más allá de la capacidad humana. Son como un Moisés que al ver que el valle prometido les ha sido vedado, se llenan de pena, amargura y dolor y que ante esta situación, llenan el valle de espinos y arena. Se transforman en Doctores honoris causa que maquillan el saber de imposibilidad y el viaje hacia el saber de dura labor, adoptan un tono de barítono para repetir solo una parte de un poema de Almafuerte y declaman que la ciencia es cruel y que no sueña, pero esconde que eso lo enseña el asno que la enseña.
Se les ve tan diferentes de la mirada de un Einstein o de sus clases con calcetines dispares. Él me recuerda a Jorge Millas al que mi padre, aún siendo alumno, vio llegar a dictar una cátedra, sentado sobre un montón de pasto cortado por un jardinero de la universidad que lo acarreaba en una carretilla. No es la sonrisa de la Mona Lisa, sino la alegría del que reconoce humildemente su sabiduría y nos contagia su asombro ante la realidad para despertar las ansias de saber.
Mientras el docto barítono nos provoca cierto temor y desconfianza, esos verdaderos sabios, distraídos y algo juguetones no solo despiertan nuestras ansias por saber, lo que ellos saben, sino también la confianza de acercarnos a ellos, se sienten tan humanos y tan iguales que sin ningún atisbo de duda, nos podemos acercar a tocar su puerta.
Llamando a la puerta
Emprender un viaje requiere de un impulso especial y el viaje en sí, siempre es un esfuerzo adicional. No hay duda de que podemos dar gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, viajes que hace cien años tomaban dos incómodos días en carreta o a caballo, hoy se realizan sentados en una butaca de vehículo en menos de dos horas, pero un viaje, sigue siendo un viaje con un destino que muchas veces es una promesa de algo deseado y en consecuencia, también la meta es una esperanza. Pero cuando buscamos a un sabio, un guía o un maestro que nos ayuda a ser más sabios, ocurre que al menos la primera vez, llegamos como desconocidos que vienen a pedir sin saber qué dar a cambio, en buenas cuentas como un mendigo que pide una “ayudita” que es en realidad el don más preciado y exclusivo que un ser humano puede pedir.
Ni las ayudas ni los dones son exigibles pues la propia exigencia impone una barrera de rechazo. No es la roca de la arrogancia material con que golpear a la puerta, aun cuando no es absolutamente improbable que el orgullo sea el detonante de una lección de humildad y el inicio de una apertura, pero muy rara vez será el inicio de un camino de aprendizaje.
Y si al llamar a la puerta nadie responde no se tiene cómo saber qué ocurre, puede ser que estén ocupados, durmiendo o en el baño o, incluso, esperando a que quien llama haga algo más, como decir su nombre o esperar en respetuosa calma. No recibir respuesta al llamado inicial nos enseña que no “merecemos” ni “se nos debe” todo lo que queremos y que con humildad, aprendemos a ser pacientes y respetuosos. Que el respeto requiere discernimiento y discreción para esperar y ponernos en actitud de quien espera sin exigir y escucha – incluso el silencio – sin juzgar.
Puede incluso ocurrir que una viuda nos abra la puerta para decirnos que el maestro ya no estará disponible nuevamente y tendremos que buscar a su sustituto mientras leemos las noticias, las historias, los relatos de sus sobrevivientes y contemporáneos, apreciar los lugares donde vivió y trabajó escudriñando en su contexto, y leer lo que pudiera haber escrito.
Aun cuando no encontremos al sabio, habremos aprendido algo: nuestro saber es incompleto, perseverar es bueno, y es necesario un guía, un sabio que nos ayude a descubrir cómo ordenar lo poco que sabemos para que sea mejor albergue para los saberes que faltan.
Hay muchos y diferentes relatos en la literatura y la historia que nos muestran qué puede pasar al llegar a casa del sabio o al convento de los sacerdotes que eligen a quien guiar. En la novela del británico que usó el seudónimo de Lobsang Rampa, un grupo de jóvenes es dejado sentado sobre un piso de piedras, inmóviles durante las horas de una tarde y una noche. Solo quienes perseveran en la quietud física son aceptados.
Entre los diversos caminos que se le impusieron a un relato, uno de ellos lo llevó a ser película de Walt Disney. En La espada en la piedra un joven debilucho pero avispado cae en la casa del Mago Merlín, a este no le interesa su fortaleza, sino su pureza de corazón y la liberalidad con que puede cambiar sus ideas. Se aventura en un bosque que amenaza con lobos pero abstraído en su meta, termina atravesando el techo de la casa del sabio, sabe que se llama Arturo pero no refunfuña cuando le llaman bicho o le envían a lavar trastos y siempre se entrega a sus quehaceres “en cuerpo y alma y eso vale mucho” para Merlín quien decide que “ese esfuerzo merece una dirección correcta”.
No hay tarifa que pueda pagar un don así y de hecho, quienes le ponen precio, muchas veces son los que no tienen don que dar. Y si bien hoy en día los viajes de ciudad a ciudad, son mucho más rápidos y cómodos, lograr que nuestra mente transite del Kaos a un relativo Kosmos, no requiere traslado pero tampoco se puede apurar. Este viaje requiere la perseverancia de dar cada paso tanteando el terreno antes de darlo, en un esfuerzo constante y muchas veces doloroso, porque exige abandonar ideas que, en un principio, pueden parecer propias de la esencia del ser que las piensa.
Así como Grillo estuvo dispuesto a ser transformado en pez para poder ver las cosas “bajo la superficie” aparente de las cosas y sopesarlas en “profundidad” o a volar como un ave y descubrir que lo que se arrastra sobre la faz del planeta es en verdad pequeño y efímero, así quien quiere aprender debe tener la capacidad de cambiar su punto de vista y distinguir para luego reunir. Ese es un proceso que no se realiza en “una sesión”, ni se completa con un ejercicio de meditación justamente por ser procesos. Llegar a tocar las puertas del sabio es un instante, un momento estelar de la historia, pero la historia requiere una convivencia, un compartir que es de mayor aliento.
Durante 62 capítulos que terminaron en 1975, los que pudimos, vimos a Kwai Chang Caine – Kung Fu
– caminar descalzo, con los zapatos colgados del hombro a un mestizo sacerdote shaolín que recordaba su tiempo en el convento chino y sus conversaciones con su Maestro Po, unas conversaciones en las que sin desaparecer el respeto surgió una camaradería y un afecto que trascendió a las distancias.
Entre el Sabio y el que busca sabiduría surge normalmente, un lazo de afecto que trasciende a la entrega y recepción de saberes, pero que realmente es su esencia última y que se forja en el contacto rutinario y no forzado del encuentro que trasciende distancias al ser posible simplemente, en un recuerdo.
En la vida –si tenemos suerte – conocemos primero el amor familiar del nido con que nos recibe el mundo, luego podemos conocer el afecto de esos amigos, que con una cortapluma sacada a escondidas del velador de papá, se cortan la yema del dedo para que, en un pacto solemne convengan ser amigos de sangre o hermanos elegidos. En algún punto del camino, conocemos también el apetito de la carne que se transforma de enamoramiento, en amor verdadero que sigue siendo puro Eros, pero transformado a su forma más romántica e imperecedera. Hay quienes aún, tienen la suerte de conocer un amor diferente que une a quien busca y a quien muestra, sin exigencias ni esperanza de devolución o pago, pues el mero acto de ponerse en disposición de aprender es de por sí, un pago al permitir que el maestro se muestre, se ponga en disposición de ser visto y, descubra en nuestra disposición, la respuesta que le sirve de guía. Esa forma de amor que desde tiempo de los griegos se llama ἀγάπη y que nosotros conocemos como ágape.
El distanciamiento del “egreso”
Dice un viejo refrán que “no hay mal que dure cien años, ni tonto que los aguante”, pero la ignorancia que nos mueve en búsqueda de maestro y guía, en realidad nunca desaparece del todo y el ágape que surge entre ellos logra que el “aguante” no exista al sustituirlo por un acompañamiento esperado que cobija ante las inclemencias de la búsqueda.
No por ello es menos cierto que tarde o temprano se produce un egreso en el que, sin toga ni birrete, surge el maestro y guía, que el alumno buscaba y, estos personajes dejan esos roles y se tornan en verdaderos compañeros.
Si el maestro no aparece en el alumno, el guía no cumplió su verdadero deber, ya sea que su error haya sido abrir la puerta a quien no debía, no saber lo que se debía enseñar, o no saber cómo enseñar. Un profesor hace años dijo que el que no sabe, tampoco sabe cómo enseñar.
Cuando el Maestro ha cumplido su tarea, no solo ha emergido el maestro oculto en su alumno y aun cuando surja una distancia en el espacio o una visión diferente en el campo del saber, el ágape los mantendrá unidos trascendiendo incluso a la muerte, ya no habrá distancia después del verdadero “egreso”, pues no implica ya una meta, sino el reconocimiento de que el saber es siempre incompleto y que solo se ha logrado ver, los cruces de los vuelos, las relaciones de las ideas, las ramas en que se posan los pájaros ideas. El egreso es reconocer que uno y otro han dejado de ser quien enseña y quien aprende, para llegar a ser ambos, quienes aprenden ahora juntos y a veces, simultáneamente.
Un viaje bajo el cielo de París
De la Piaf a la Giménez voló una canción Bajo el cielo de París, tal como mi otro pájaro viajó desde tierras francesas trinando que el amor es una vía para trascender a la muerte. A primera vista me pareció, un pájaro de mal agüero con su cita de la muerte, pero visto con mayor detención se descubrió como un ser destinado a recorrer los cables de la razón de poste a poste y en su dedicada labor, llega a concluir esta aseveración.
No pretendo negarle su valor y precisión, ni erigirme a corrector sino simplemente decir que hasta el punto de vista de este Grillo puede ser un aporte o, al menos, la forma de plantear una duda y una inquietud.
Cuando vemos que existe más de una forma de amor, pero que en todas ellas hay al menos un par de personajes en función, que no solo comparten tiempo y espacio, sino que por sobre todo “se” comparten, surge una certeza. El amor no es solo trascendencia de la finitud de la vida, sino también del límite de la individualidad. No es solo trascender la muerte, sino también, la piel.
La misma Calandria que volando me habló del amor y la muerte, trinó hace cien páginas que el ser humano es un misterio y no puedo menos que agradecer su rayo de luz. En verdad creo que los seres humanos somos misteriosos en conjunto y un misterio cada uno.
Pretender descifrar un misterio por un solo camino, me parece tan incompleto, como negar que hay más de un camino para llegar a Roma. El misterio no me parece que se resuelva usando pura lógica, pura emoción o pura “presencia”. Hay más de una forma de introducir la mirada en los tejidos del misterio, pero este demanda ser visto en todas sus formas y por todas las formas posibles. A Roma no se llega sin recorrer todos sus caminos.
Curiosamente hacemos algunas cosas de forma muy sabia, incluso sin saberlo. Nos entregamos a la individualidad para destacar, pero nos vestimos a la moda para ser parte del grupo, integrados pero diferentes nos mostramos en sociedad, poniéndonos en condición de ser presenciados… y elegidos. Como aves del paraíso, bailamos nuestros mejores bailes, trinamos los más románticos cantos y desplegamos todo el abanico de virtuosas plumas hasta que Papageno sea salvado de la soga por Papagena.
Esa alegría y esa desesperación, ese aire de embrujo y picardía toma diferentes matices y se esconde detrás de otras ramas en el amor familiar, de amistad o de ágape, pero siempre están presentes. El amor, sea cual sea su forma, se vive en seriedad y en melancolía, pero también en primaveral alegría al ser la puerta por la que entran aíres frescos que fortalecen el alma, predisponiéndola a ser presenciado y a liberarse de los juicios previos y presenciar al otro.
Entre los antiguos griegos del Ática, en el demos de Eleusis se practicaban ritos anuales, aquellos que participaban del ritual asociado a los Misterios Menores y entraban al gran salón se ponían en presencia del misterio y eran – en consecuencia – llamados tal como está grabado en piedra en la propia Eleusis: MYΣTEΣ: MYSTES. Estos mýstēs recibían por nombre esta palabra cuya raíz es “cerrar” porque se ponían en presencia de algo oculto en el encierro de la intimidad, es decir lo más íntimo del ser divino o lo más íntimo de la naturaleza y su realidad, pero además, porque cerraban sus bocas o sus ojos, asegurándose de cerrar la puerta a los estímulos del mundo profano, para abrirlos a lo sagrado.
El amor es convertirse de alguna forma en mýstēs, es ponerse a disposición de ser visto hasta en lo más profundo del corazón, es aceptar la presencia del otro en el propio Sanctorum y es también e
ntrar al Sanctorum del otro como un mýstēs, que se niega a ver y oír profanamente, simplemente poniéndose en presencia de quien se quiere mostrar. Sin juicios ni prejuicios y respetando la intimidad, es decir, guardando el secreto.
Como la calandria que eleva su vuelo hasta que deja de ser materialmente visible, pero su canto es aun perceptible, el amor no requiere de cuerpos ni de espacios físicos. La intimidad se da en cualquier lugar porque tampoco requiere de contacto, porque la más sutil interacción es un hilo de plata por la cual el vínculo puede establecerse.
Retorno al hogar
De vuelta al hogar, cansado pero con la mochila cargada de años, nuevos frutos y suvenires que compartir, ahora sentado en una mecedora que, en su vaivén esconde la enseñanza de un viaje hecho frente a la ventana, no puedo dejar de ver que esos vuelos se entrecruzan porque es natural que así sea, el desordenado vuelo oculta un orden que se descubre con paciencia mirando afuera y buscando adentro.
La alusión a la muerte resuena a mal augurio y ver en el amor como vía de trascender la muerte sigue siendo la guinda de la torta. En el amor encontramos a quien atestigüe nuestra existencia más allá de nuestra propia muerte y, la materia nos permite un remedo de trascendencia en la propia prole. Pero es justo y necesario reconocer que la torta no es materia, sino desarrollo, no tiene cuerpo sino concepto integrador. El amor físico que no se fundamente en la intimidad de ser misterios en presencia de misterios, es un acto de atletismo adolescente hasta que la intimidad deje de adolecer de la limitación que encierran dos sábanas. Liberado del cuerpo el amor se acurruca en el encuentro sin cuerpo.
El amor, sea cual sea su forma y destino, es siempre un lugar acogedor al que queremos llegar, un hogar al que retornar, una tierra prometida después de tanto recorrido, un misterio en el que nos encontramos y, en consecuencia en el que nos sentimos en paz, dejándonos maravillar por el recuerdo de los trinos, las preguntas de los niños y el aroma del puchero.
Patricio Molina
El Moineskiano
1 de marzo de 2026
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