Juicio y Justicia
Kong Qiu vivió en una zona del mundo fragmentada en múltiples pequeños feudos. Hoy conocemos ese territorio como China y a ese hombre como Confucio. Así como su mundo nos resulta velado por la historia así también la historia que de él nos ha llegado es una extraña mezcla de hechos, mitos, cuentos y leyendas.
Cuentan que en cierta ocasión tres discípulos se le acercaron diciéndole que tras mucho analizar, habían llegado a la conclusión de que “al bien – o al virtuoso – se debía devolver el bien, mientras que al mal debía devolverse el mal”… en resumen, el Maestro Kong (Confucio) les instruyó “Recompensa el odio con la justicia y recompensa la virtud con la virtud”. Hecho que podríamos resumir en darle a cada quién lo que le corresponde: al bueno virtud y al mal justicia.
El dilema no comienza ahí sino que ahí continúa, esa última breve y escueta frase podrá ser analizada como corresponde cuando los términos virtud y justicia sean adecuadamente comprendidos, pero ninguno de ellos dos es tan simple. A la virtud en este diletantismo plasmado en texto la voy a mirar exclusivamente de soslayo, es en la justicia que mi mente se enfoca por ahora.
Mucho se ha pensado y escrito durante la historia de la humanidad sobre lo que es justo o lo que es la justicia. Ha quedado mucha “tinta” atrapada en “papel” describiendo lo que se ha pensado entre Ur-Nammu, veinte siglos antes de nuestra era y la filósofa norteamericana Martha Nussbaum en la actualidad y, sin lugar a dudas, lo justo y la justicia no nacieron ahí.
Desde el punto de vista de la experiencia práctica, podría parecer que la justicia es la aplicación de la ley, pero dadas las muchas críticas y el gran desprestigio de los políticos, que son la fuente desde la que elegimos a nuestros “legisladores”, la justicia y la ley no parecen ser parientes cercanas sino vecinas con recelos. Ante esta postmoderna situación cabe preguntarse ¿cómo resolver el aparente dilema entre ley y justicia, cuando queremos hacer un juicio justo y emitir una opinión ponderada?
Lex
Parece razonable detenerse un momento para pensar sobre la ley que es, o debería ser la norma con la cual “comparamos” los hechos para decidir si se apegan al marco legal o no. Como ya se ha planteado en la actualidad la rectitud de esa norma se encuentra bajo una escrutadora y quisquillosa mirada, por lo que dejarse llevar por la tentación de no tomar en cuenta la legalidad de un hecho y analizar la legitimidad del mismo, resulta atractivo.
La legalidad se refiere al apego de un acto respecto de la ley, pero la legitimidad se refiere a la armonía que pueda existir entre ese acto y la justicia, entendida esta como el valor moral que debe perseguir la ley. En ese contexto lo justo no se encuentra en el ámbito legal, sino en el ámbito de la moral, la ética y la virtud.
Cuando la norma legal que han redactado los poderosos se invalida, se hace necesaria no solo otra norma sino también otro legislador. Y aquí se vuelve a aplicar una antiquísima ley de la vida: cuando otros lo hacen mal, es uno el que debe hacerlo bien. Pero esta autonomía para redactarnos nuevas normas requiere que el legislador reúna características acordes con “el perfil del cargo”.
Pareciera ser que esta escisión entre legisladores y legislados es una de las condiciones y etapas en la madures de los individuos y de las sociedades, pero que no es el final del camino que conduce de la norma legalmente impuesta (heteronomía) a la norma legítimamente formulada (autonomía). Entre esos puntos se encuentran además el reconocimiento de que las normas tienen que satisfacer al menos a varios y ojala a muchos o a todos. Que no podemos hacer a otros, lo que no nos gustaría que nos hagan. Que debemos saber como nos gustaría ser tratado y asumir que si se ha dicho que al mal se debe devolver justicia, no podremos alegar ni patalear cuando se nos aplique justicia.
El perfil del cargo no es sencillo de llenar, requiere de una serie de desarrollos internos complejos que no se logran por la mera elucubración intelectual, ni por la propia experiencia vivencial, sino por un proceso que reúne armónicamente una serie de procesos íntimos en los cuales tienen rol importante el desarrollo de las virtudes humanas.
El proceso para llegar a llenar el cargo, puede ser objeto de un futuro diletantismo, porque hasta aquí nos hemos detenido sólo a ver la norma y su formulación, es decir a como nos podríamos asegurar de que en una ley se reúnan armónicamente los legal y lo legítimo. Estamos calibrando la herramienta, pero aún no la usamos.
Pero antes de continuar es necesario precisar dos factores importantes, no se trata de que sólo una elite intelectual sea la llamada a formular las normas. El sabio Platón nos hablaba de un Rey-Filósofo, idea de la que él mismo tubo de retractarse después de su decepcionante viaje a Siracusa, donde nación la idea de que no se puede enseñar sabiduría a quien no tiene un alma predispuesta a la virtud. Sin embargo este propio elemento conlleva una cuota de incertidumbre, la virtud es relativa a un contexto cultura y por tanto esta ligada a una geografía y un tiempo. Cada nación debe llegar a un acuerdo social que define muchas cosas diferentes pero interconectadas: virtud, justicia, legitimidad y legalidad.
En otro importante factor a precisar tiene que ver con el respecto de la norma social y de la norma personal. De la misma manera que un grupo determinado dentro de una sociedad, puede definir su reglamento interno, pero sin que éste supere u obvie la normativa social o nacional, la norma privada no puede implicar que se deje de cumplir la normativa nacional.
Si la norma privada no armoniza con la norma superior, el individuo debe cumplir la normativa de la mayoría y propender al cambio de ella para que se ajusten la una a la otra, y ese cambio debe lograrse dentro de la norma superior. Ciertamente que la mayoría puede equivocarse, pero es la norma democráticamente impuesta la que debe cumplirse, tal como el propio Sócrates lo demostró con su decisión de no huir, prefiriendo que se le ejecute antes que evadir lo que legalmente se definió como justo.
¿Cuándo? En la tele
En el Festival OTI de 1978, una cantautor chileno participó con la canción popular con un largo, larguísimo nombre, ahí dice que “en la tele” avisaron que llegaron los platillos voladores. En verdad mucho de lo que sabemos y de lo que creemos saber, nos ha sido informado por “la tele” o la radio, otro tanto en artículos de la prensa escrita y otra parte en libros. Mucho de lo que sabemos o creemos saber no ha sido una vivencia personal, sino algo que nos han contado y muchas veces lo que nos llega así es mas cuento que verdad.
Dejemos que la imaginación vuele por unos minutos. Imaginemos que una abuela regala una patineta a su nieto, que junto a su hija, la madre del nieto, lo llevan al patio a jugar con el nuevo regalo, que después de un rato la abuela entra para preparar una merienda mientras hija y nieto siguen jugando, hasta que se escucha ese recordado y querido grito: “a la mesa”, y que en el momento en que hija y nieto entran a la casa se escucha el ruido de un jarrón cayendo al suelo, rompiéndose y dejando que el agua que contenía salpique el suelo. Planteado el hecho y velado el que cada uno de estos tres actores, vive la experiencia desde su propio ser, que cada uno valora los datos desde su propia perspectiva y que, cada uno emite juicio y define veredicto desde su propia vereda.
Ninguno de ellos tiene la historia completa sino sólo su propia parcialidad, pero además cada uno reacciona desde su propia perspectiva e historia. La abuela podrá llorar su jarrón y molestarse porque tiene que limpiar y secar el piso, la hija podrá reaccionar protegiendo a su criatura y el nieto correr bajo las faldas de mamá, buscando refugio y asilo. Cada esta emocional definirá además el juicio y el veredicto que dicten respecto de esos hechos.
Los hechos acaban de ocurrir, las emociones están a flor de piel y la razón enturbiada y mareada no logra llegar a consideraciones meditadas. Es la hora de la adrenalina, de saltar a gritar “mi jarrón”. El juicio requiere tiempo para tener “a la vista” las descripciones que todos los testigos puedan hacer y ponderar cada testimonio ponderando el relato y al relator, pero además requiere de un espíritu pausado para ser buen juez.
Causa y efecto
La realidad tiene la curiosa maña de mostrarnos una y muchas veces que son raras las ocasiones en que una causa tiene un solo efecto, tal vez tantas como los efectos que tiene una sola causa. Si pensamos en el jarrón de la abuela, las causas de ese hecho han sido varios: el reglo, el juego, la falta de recomendaciones, una deficiente vigilancia, el entusiasmo del niño, la falta de previsión dejando el jarró “justo ahí” y otras tantas que escapan a mi imaginación, pero además confluyen una serie de factores no causales pero si modulares del hecho. Menos grave sería la caída del florero, si fuera metálico.
Son tantos los factores que influyen en un acto humano que hacer juicio de ellos resulta sumamente complejo. Parece aquí que hacer simplificaciones y generalizaciones es necesario para no perderse en la multiplicidad de datos. Podría decirse que hay que mover las ramas para ver el tronco, su origen, dirección, sentido y destino. Con ese bosquejo se requiere luego ver el árbol. Deconstruir para luego reconstruir, pero ahora con una imagen mental esquemática que permita hacer relaciones tanto de las causas, como de los efectos, de las razones y las emociones involucradas, así como de la capacidad de dominio de unas y otras.
Y aún cuando la escuadra tenga realmente noventa grados y tengamos la piedra bien ubicada para comparar sus ángulos con la herramienta, sigue quedando una veta de incertidumbre respecto de la capacidad del constructor para comparar el uno con el otro. No todos tenemos la vista del relojero, ni la agudeza mental del sabio.
La voluntad de hacer algo se acompaña bien con las ventajas que la educación entrega. La falta de cultura y de conocimientos son flaco favor a la voluntad y la inteligencia que quieren emitir un juicio justo. De modo que no todos son realmente capaces de comparar los hechos con la norma, ni por falta de voluntad, ni por falta de inteligencia, sino por falta de datos con los cuales hacer un ejercicio adecuado.
Dolo
Comparar hechos concretos y verificables con la norma es un proceso de por si complejo, pero determinar además la intención de realizar un acto determinado, es una complejidad adicional importante. Sin lugar a dudas que existen formas de comprobar una determinada acción, la planificación por ejemplo, pero lo que es más difícil de hacer es descartar una determinada intención. Es siempre más fácil probar que algo existe, que probar su inexistencia.
Hay por cierto casos en que eso resulta obvio. La erupción del Vesubio no es culpable de destruir Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y Boscoreale, porque no posee voluntad de hacer cosas. Lo mismo ocurre cuando vemos a una leona matando una gacela, ellos podrán ser victima y victimario, pero no hay dolo y por tanto no hay delito que perseguir en un juicio. Sólo en seres con voluntad y consciencia aparece el dolo, la voluntad de saltarse la norma y, por ende la necesidad de juicio y castigo.
Por eso los menores de edad no son imputables, junto a otros seres humanos cuya voluntad y consciencia se encuentran involuntariamente disminuidas.
Los tiempos de la justicia
Todo lo expuesto nos impele a pensar que la justicia y el proceso de establecer un veredicto es complejo a tal nivel que nos podría parecer lógico y razonable que sea lento. Aún cuando en cierta medida es cierto que la justicia puede tardar, pero inexorablemente llega, no deja de ser cierto que la justicia que demora demasiado, finalmente no hace justicia. Hay un tiempo para cada cosa y esos tiempos deben ser respetados.
Si se castiga a un niño varias semanas después de cometida una falta, no podrá hacer una adecuada relación entre falta y castigo. Si en una sociedad los encargados de impartir justicia demoran demasiado, generan en el resto de la sociedad y en los infractores, la sensación de impunidad.
No resulta fácil compatibilizar plazos y acciones cuando se trata de justicia, el justo equilibrio en estas artes es no sólo complejo, sino de importancia vital para sostener la confianza de que el acuerdo social que define la norma, se esta respetando, sin atolondramientos ni dilaciones.
Cien jueces, cien veredictos
Los seres humanos sometemos a juicio las cosas de las que nos informamos y que nos interesan, lo que formulamos en nuestras mentes no son veredictos sino opiniones. Pero como el proceso es complejo y se encuentra fuertemente influenciado por una serie de factores internos entre los que se cuenta nuestra historia personal, nuestro nivel educacional, la sociedad de la que somos parte y tantos otros más, nuestras opiniones no son personales sólo en cuanto a que son nuestras, sino también en que difieren de persona en persona.
Así visto, todos formulamos opiniones diferentes de las de los demás, podemos concordar en lo general, pero normalmente diferimos en uno o mas aspectos. Siendo todas las opiniones diferentes en alguna medida y considerando la complejidad de su formulación, podemos llegar a considerar que opinar siempre implica el riesgo de no sentirnos validados por los demás y en consecuencia podemos caer en el mutismo.
He aquí un elemento más a considerar en la formulación del concepto de justicia. La justicia se basa en las normas, estas deben basarse a su vez, en el acuerdo social. La opinión personal ayuda a formular ese acuerdo social, pero también ayuda a fortalecer el propio espíritu. Cuando opinamos evidenciamos nuestros procesos internos a través de sus resultados, ofreciendo nuestras opiniones las hacemos evidentes y en consecuencia hacemos evidente que ha existido un proceso de formación.
Silenciar nuestra opinión es negarle existencia y negarnos la propia existencia. El punto en mi opinión, es que esa expresión debe considerar que, siendo todas las opiniones diferentes, pero no necesariamente divergentes, son el reflejo de quienes las emiten y de sus esfuerzos por forjarlas, por lo que merecen respeto así como el considerarlas un aporte a la construcción social de un acuerdo.



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