Todos en el mismo saco

Todos en el mismo saco



En medio de una conversación, surgió nuevamente un tipo de frase que me resulta frecuentemente, desconcertante y algo molesta, para no repetirla, la altero: los liliputienses son mezquinos.

En mi visión del mundo y de la realidad, esa afirmación resulta incompleta y por consiguiente, distante de la realidad. Es una verdad pobre por incompleta y, que en consecuencia, presenta un elevado nivel de error, pero por sobre todo, implica afirmar algo sobre un “otros” amplio hasta la indeterminación que lleva implícito una porción de ignorancia del otro, y otra del “nosotros” y por extensión del “yo”, pero también una porción de desprecio, o al menos de menosprecio, del “otros” y una porción de estulticia, hacia el “nosotros” y el”yo”, es un cocktail de mal sabor y peor pronóstico.

 

Atacar o huir


Gracias a lo descubierto y el arduo trabajo de
un equipo formado por diferentes profesionales, hoy nos podemos imaginar una pandilla de peludos humanoides que al bajar de los árboles, caminaban erguidos, oteando el horizonte, sobre el follaje, buscando señales de depredadores mientras se acercan al nido cuyos huevos quieren devorar. Ya en la faena, podrían ser atacados por las propias aves, pero les habría bastado una mirada, reconocer un tamaño, un color, una forma de vuelo para saber que agitando los brazos y gritar enojados, les bastaría para espantarlos, de la misma manera que a esas aves, les bastaría con escuchar los gritos y ver los brazos amenazando golpes para saber que vivos podrían poner otros huevos, pero que tratando de salvar estos, podrían perder la vida. Los pájaros no necesitaban saber que uno de ellos era en bisabuelo de la famosa Lucy, ni ellos saber que esos pájaros eran descendientes de los extintos dinosaurios.

Conocimiento rápido, aunque impreciso: “conocer al bulto” puede haber sido una herramienta evolutiva de supervivencia. No es la primera vez que leo que algunas de esas herramientas fueron una vez nuestra salvaguarda, pero que ahora, son un elemento indeseable de nuestra “forma de ser”, tal vez, porque a nuestro pesar, aún nos son útiles y necesarias.

 

General: ¡ejercicio de generalización concluido!

En la guerra, el enemigo tiene que ser enemigo. Tiene que bastar ver un uniforme diferente al del camarada y al del aliado, para saber que ese otro a la vista, es un enemigo y, por tanto: malo. Su maldad no puede estar aislada de otras características negativas, para que el soldado pueda creer que realmente, no se esta luchando por unos cuantos galones de petroleo, sino para liberar a un pueblo de un malvado opresor. Matar ya no es el pecado sentenciado en el decálogo, sino un acto justo y salvador. Generalizar se constituye entonces en una herramienta que tristemente intenta palear los efectos de la guerra en la soldada.


Pero las guerras terminan, los años pasan y los enemigos suelen transformarse en los ciudadanos del país vecino. Con 18 años y algunos meses, mi abuelo, un prusiano de tomo, lomo y dura cabeza, se fue a la guerra, quería ser un héroe. Con mas de 80 años, tomaba cerveza con un francés, ambos habían vivido la guerra de trincheras en Verdún… cada uno de su lado, cada uno había sido “enemigo” del otro pero a fines de la década del 70 se conocieron y entre cervezas, la sombra de un parrón y las tardes de un otoño, dejaron de ser enemigos, sus mutuas historias y su incipiente conocerse, aceptarse, fueron bálsamo para viejas cicatrices de guerra. No me aceptaron de compañía en esas conversaciones, no sé cuantas lagrimas derramaron ni la intensidad de su cercanía, pero Reinhold, el Opapa fue varias veces a ver “al francés” con el que ya no compartía balas, sino dolorosos recuerdos revividos en tierras que les acogieron entre guerras.

Cuando la generalización se desmorona, puedo imaginar que viene cierta cuota de reconocimiento del error y una dosis de arrepentimiento, no sólo por haber justificado actos y decires en un engañoso escudo, sino también y en menor medida, por haberse dejado engañar, arrastrándose por el entusiasmo y la opinión del rebaño humano que quiere creerse mejor que ese otro construido “al bulto”.

 

Ganarse el sueldo sin trabajar

Más de alguna vez, he escuchado a algunos empresarios decir que sus empleados son flojos, que se quieren ganar el sueldo sin trabajar, sin hacer el esfuerzo. Cuando les escucho, me asalta la conciencia queriendo mostrar un espejo, esos mismos empresarios quieren minimizar costos y maximizar utilidades, quieren el mayor margen, con el mínimo esfuerzo y ojala, con el mínimo riesgo.

Por supuesto decir todos los empleados es tan injusto como decir todos los empresarios. Además, nuestro cerebro hace algo parecido logrando una máxima eficiencia al etiquetar al otro, con el mínimo gasto, procesando tan sólo unos cuantos datos.

Pero por cierto, la generalización tiene sus riesgos. Podemos querer destruir Sodoma sin importarnos que ahí viva un justo, un humano nacido libre y de buenas conductas. Pero las generalizaciones no aplican sólo en lo importante, sino también en lo cotidiano. No sólo se aplica a los otros, sino también a lo otro.

Estamos habidos de probar nuevas tecnologías por que hemos hecho una generalización asociando nueva tecnología con avance, progreso y atributos de calidad positivas. Y así como nos entusiasma la novedad tecnológica, nos producen seudo-instintivo rechazo las comidas desconocidas y culturalmente mal vistas, nos negamos a comer perro, a probar culebras o a incluir entre las papitas fritas, frutos secos y colitas de camarón , unos grillos fritos. Generalizamos con que las culebras son rastreros recuerdos del “Gran Engañador” y no las vemos como fuente de proteína.

Asociamos atributos a entidades que no las poseen en realidad. Asociamos los murciélagos con los vampiros de película, con ratones alados, con orina, cueva, mugre y dejamos de ver el resto, un resto que puede ser más importante, más provechoso y también más humanitario.

 

Esos romanos están todos locos

Esa frase compartida entre Obelix y Asterix puede parecer curiosa en este escrito, pero la traigo a colación por que incluye un “esos” que me resulta interesante re-leer. La palabra, breve y concisa sirve también de mascara tras la cual ocultar una cuota de despersonalización, de quitar al otro el atributo de persona, de ser humano. La generalización des-humaniza al otro y lo transforma en un “eso” y en “esos”.

Esta reducción del otro, este quitarle atributos y características para sacarlo del conglomerado al que ambos pertenecemos: la humanidad. Se le aplica una retro-evolución que busca despojarlo de complejidades, llevarlo a la condición de abeja de un panal, de pez de un cardumen. “Todos” esos romanos están locos, es negarse a verlos como una sociedad compleja o una nación multicolor.

Pero esa frase lleva además implícita la contrapartida: Esos romanos están todos locos, no como nosotros, que estamos todos cuerdos y somos todos inteligentes. En esa contrapartida hay también una cuota de error y de auto-engaño.

Un engaño auto infligido, tal vez como medio para evitar reconocer aquello que no nos gusta ver en nosotros mismos, por ejemplo que generalizamos.

 

Yo y Tu

Yo soy lo que soy, me conozco o mas bien, me estoy aprendiendo a conocer, pero en ese proceso no sirve solo mirarme “hacia adentro”, también es necesario ver la reacción de mi entorno y en especial, de mi entorno social. Me conozco cuando te conozco, el yo se completa en el tu.

Cuando generalizamos, cometemos un múltiple error: asignamos atributos a un grupo sin importar que todos sus elementos los posean, simplificamos al grupo, lo distanciamos del nosotros y nos negamos a conocer al otro, pero con ello también nos negamos a conocernos a nosotros, como grupo y a conocernos a nosotros como individuos. Con ello dejamos de cumplir un deber que se maquilla de imperativo categórico: Conócete a ti mismo.

Una condición previa y necesaria para reconocer algo, es conocerlo. Si logro conocer lo que soy, puedo reconocer lo que soy y mi lugar en el tiempo, el espacio, en la sociedad, en mi relación con otros y con el todo.

La nota musical do, no es consiente de lo que es, y por tanto es esclava de que otros la pongan en su lugar para armonizar con otras notas. Quien no se conoce pierde la capacidad de ponerse en situación de armonizar con otros, de hacer que vivir juntos sea bello.

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