21 de diciembre
Como una flecha lanzada entre dos puntos, el tiempo parece volar raudo, del pasado al futuro, consumiendo el hoy y el ahora, en un suspiro.
Dictar un curso, trabajar en la oficina, traslados de aquí para allá, y viceversa, besito en la frente, buenas noches amor, dormir, levántate hombre flojo... sale a pescar, la carrera sigue, uno puede descansar, la carrera no descansa, no se detiene.
Y entre tanto hecho rutinario… tus ojos… tu silueta perfilada por la luz en las tinieblas de un pasillo. Momentos estelares de la historia, como hitos inolvidables entre tanta cosa digna simplemente del olvido.
La vida parece transcurrir, sin freno, por más que en cantos le imploremos al reloj, que detenga su camino, porque nuestra vida se acaba. El tiempo parece fluir del punto A, al punto B, por la ruta más corta.
Pero parece que no puede. Lo siento terraplanistas, pero no les compro su potaje. Los aviones siguen la curvatura del planeta para ir de Machu Picchu a Vilna, porque la ruta más corta geométrica exigiría un túnel que aún no ha sido construido. Quien quiera viajar por esa línea recta deberá esperar a que el túnel exista; mientras tanto, el camino más corto en la práctica no es la recta.
El camino más corto lo determina la realidad, tomada de la mano de las posibilidades prácticas, aquellas que me permiten hacer el recorrido y sobrevivir al intento, tanto física, como psicológicamente hablando.
Por lo demás, el sol no hace creer que cada mañana “se levanta” por oriente, se para, justo al mediodía y deja caer el atardecer, para ocultarse en el occidente al iniciar la noche. El sol nos hace creer que recorre en su apolíneo carro, la bóveda celeste.
Visto así, parece fácil caer en la tentación de decir que no debemos creer en todo lo que vemos, o cantar: “Para mentiras las de la realidad… Promete todo pero nada te da” como lo hace Joaquín Sabina, pero eso es irse muy rápido del punto A, al punto B. Ver y dictar veredicto, sin pasar ni por los considerandos, ni por los vistos, sin seguir un debido proceso. La realidad no nos miente, simplemente se presenta y se deja ver, el que dicta veredicto, no se miente, se equivoca y construye en su mente una “verdad” que a su parecer es el mejor reflejo posible de la realidad. Denle tiempo, dejen que madure, toda verdad caerá a su debido tiempo, rendida a los pies de la realidad, para dar paso a otra verdad, que seguirá siendo un error, menos grave que el anterior.
La verdad que flota en el mar de la ignorancia y conocimiento de nuestras mentes, es que el tiempo es una línea que, teóricamente, podría tener sus relatividades, y viajar más rápido cerca de los momentos estelares de la historia, así como en la física real, parece tener fluctuaciones en torno a grandes masas de materia y sus respectivas gravedades.
Parece que la recta, es más una ficción, una verdad construida en nuestra mente, en base a nuestras observaciones de la realidad.
Pobrecito mortal
Y aún así, debo levantarme de nuevo, volver a tomar desayuno, a lavar loza, a comprar pan y mantequilla, a dar besitos en la frente, como todos los días: amanecer, mediodía, atardecer, noche y vuelta a empezar los repetitivos pasos de una caminata tan larga, tan rutinaria, que parece no tener fin.
Y aunque “ya no tengo ganas de llegar a la oficina”, como cantaba Florcita Motuda, el mismo nos gritaba, en esa misma canción “Pobrecito mortal”. Esto parece, señores, que es a la vez una línea recta y un ciclo que se repite, que no se aburre de repetirse… otra vez Bonanza en la televisión del vivir, pero con un principio y un fin.
Un principio desdibujado en la ignorancia de su génesis, perfilado con datos y adornado con mitos y leyendas con las que se pretende dar fundamento a un presente que se abalanza hacia el futuro y un fin de todos sabido. Pero llegado a ese punto, surge la ineludible pregunta: ¿y después qué? La respuesta es otro mito, otra leyenda, otro cuento leído por Mamá antes del: buenas noches que duermas bien.
Y entre ese principio y ese fin, un número aún no determinado de eventos, cuentas de un rosario que parece no querer un cierre, que prefiere ser Uróboro y morderse la cola, para volver a empezar. Porque si no puedo bañar dos veces en el mismo río y la lógica me dicta que, el agua y el que se baña, cambian, el acto de bañarse sigue siendo el mismo.
No puedo vivir una misma experiencia dos veces, porque la propia experiencia me modifica y me haría enfrentarla de diferente manera y, la propia experiencia, no se repite, no puede volver a ocurrir. Nos podemos enfrentar a experiencias similares, pero no a las mismas.
Parece… e insisto en el “parece” que prepararse para el futuro en base a las experiencias del pasado es una tarea sin muchas perspectivas de éxito. Nadie se tropieza dos veces con la misma piedra, todos nos tropezamos muchas veces, en diferentes estados de desarrollo con diferentes piedras.
Ejemplares distintos de la misma especie
Si tiene orejas de conejo, salta como conejo, tiene cola de conejo y chilla como conejo, lo más probable es que no sea una mesa. Las experiencias del pasado no se repiten, pero se parecen a las nuevas experiencias que enfrentamos día a día.
La muerte de los abuelos, no es la muerte de los padres, pero nos prepara para ello, de la misma manera que todo “desprenderse” nos entrena para todas las pérdidas que sufriremos en la vida.
Es cierto que hay muchas cosas parecidas o muchos ejemplares en un rebaño, pero cada espécimen es de por si, único e inigualable que se parecen a otras lo suficiente, como para esperar una respuesta similar, ante una acción análoga. Todos las aguas hierven, con suficiente calor por debajo, muchas abejas buscarán néctar si se les ofrecen flores, algunos niños serán ávidos lectores, si el entorno familiar les da el ejemplo.
Los aprendizajes del presente, nos preparan para las vivencias por venir, no sólo porque pueden parecerse, pueden ser ejemplares de la misma especie, sino también nos preparan, porque los caminos por los que transitamos para procesar la experiencia y convertirla en aprendizaje, en verdad reflejo de la realidad en nuestra mente, son caminos que no tienen tanta especificidad.
Son como los símbolos, que teniendo muchos significados, nos permiten hablar de muchas cosas, algunas no sólo diferentes, sino francamente opuestas. Del mismo modo, las experiencias por si mismas, enseñan, pero el proceso de aprender de una experiencia, nos puede servir para: aprender y enfrentar otras experiencias diferentes.
Los porrazos de la vida
El poeta argentino Almafuerte tiene frases, que simplemente considero brillantes. Nos dice en uno de sus poemas:
Sus palabras se continúan en mi mente, con las mías, mas pobres, menos embellecidas, pero mías: si te caes diez veces, como un bebé queriendo aprender a caminar, te levantas diez, cien, quinientas veces, hasta que aprendes. porque cada caída no es la misma, y cada vez que el bebé cae, no es el mismo, vivió la experiencia y aprendió de ella, no se cae cada vez mejor, se para cada vez mejor y se mantiene cada vez, mas tiempo en píe.
No sufre una caída que se repite cien veces, sufre cien diferentes caídas. Tal como en el resto de la vida. No sólo sufrimos interminables caídas, además enfrentamos diversos “molinos de viento”, nuestra propia ignorancia, nuestro propio fanatismo y nuestra propia ambición, que ocultos en nuestras propias entrañas, nos hacen caer diez veces, cien… quinientas y, que cada vez que parece que nos paramos, cuando todo nos indica que hemos vencido en la batalla, terminamos dándonos cuenta de que, el error como el vicio, sólo se esconden más profundo en el bosque, recuperan fuerzas y, si la batalla había terminado, la guerra continúa, diez veces, cien… quinientas, pero ya no somos soldado y al menos hemos alcanzado el grado de sargento.
¡Si mi general!
Por cierto, los generales solo aparecen después de la batalla, y aparecen para decir lo que se debería haber hecho, son los que emiten el reporte de la guerra y le dan el sello para ingresar a la historia. Imperan en el entretiempo y determinan cuando deben ocurrir estos momentos de pausa. No basta con que el sol llegue al ocaso del día, nuestra consciencia debe hacerse presente con una pausa en la acción que se rellena con meditación.
Experiencias similares nos ocurren muchas veces en la vida. Las mismas 8 horas de trabajo, los mismos 20 minutos de manejar rumbo a casa, la misma media hora lavando loza, las mismas caras en nuestra familia, cuando llegamos con pizza. Y tras cada experiencia, hay que escuchar al general, hay que aprender de lo vivido. El general, es quien nos ayuda a aprender de la experiencia, es el momento de reflexión.
De nada serviría vivir las experiencias sin aprender de ellas y, para aprender no queda mas camino que detenerse un instante, evaluar, pensar lento y luego, caminar rápido.
Solsticio
Cada mañana, el sol parece asomar por oriente un poco más al norte, o un poco más al sur, llegar al mediodía a un zenit algo diferente y ocultarse en occidente al anochecer en diferente lugar, salvo seis días al año, tres en invierno y tres en verano. Durante esos tres días el sol parece dejar su rutina de cambio y alcanzar el mismo zenit durante esos tres días. En verano parece detenerse para reflexionar sobre su quehacer diario y finalmente, rectificar el rumbo. En invierno, parece que la noche le gana tiempo al día, que el sol se cansa de tanta batalla diaria hasta llegar a un “estacionarse”, a una actividad, debilitada y mortecina que dura tres días, tras los cuales, vuelve a la actividad, en la que lentamente va ganado terreno, para vencer a la noche, al frío y al invierno y lograr que impere su reino de luz y calor, en pos de la madurez del fruto.
Las leyes ocultas en la naturaleza, parecen indicarnos que, cada cierto tiempo, hay que detenerse a revisar lo realizado, tomar consciencia de lo ocurrido y ejecutado. Pero también parece decir, que esta detención, no debe ocurrir durante la acción, sino en sus finales.
Lanzado a la vida, vive, pero de tanto en tanto, detente a mirar lo que has hecho. No dejes un píe en el aire pensando donde lo vas a posar en tierra, eso se piensa antes de dar el paso, y después se evalúan las consecuencias.
El solsticio recuerda ese momento de meditación, ejercido al final de cada proceso en preparación para los siguientes. Pero también nos recuerda que, justamente gracias a esa meditación, no seremos los mismos que nos bañemos en el río.
Brindis
Si esto fuera un simposio griego, alzaría mi copa para brindar "por la Madre Naturaleza. Ella nos enseña que, al final de cada jornada, debemos 'sentirnos y sentarnos': acomodarnos en el silencio para mirarnos a nosotros mismos antes que a los demás. Que vivir nuestros solsticios personales no sea solo un ejercicio de palabras bonitas, sino la fuerza que incentive y de potencia a nuestra voluntad para que armonicemos nuestras acciones futuras con nuestros dichos. Porque la recta es ficción, pero el aprendizaje es el túnel que finalmente construimos hacia la realidad. Por que así sea, ¡salud!"



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