Oikouménē

Oikouménē



Los antiguos griegos usaban la expresión oikouménē, que hemos traducido como ecúmene. Para ellos significaba: espacio habitado, espacio geográfico conocido o, mundo civilizado, pero claro, civilizado a la griega.

En biología a la percepción del propio cuerpo se le llama “propiocepción”, el sexto de los sentidos. Así como nuestra piel no mide temperatura, sino que capta la diferencia de temperatura con el medio, la propiocepción siente la diferencia entre el yo y el medio en el que se encuentra, en consecuencia, podemos decir que siente dos cosas, una es “yo”, el propio cuerpo y “el resto”.

La propiocepción y deseo de subsistencia, son motivaciones que podríamos calificar de “básicas”, pero son además, las raíces de la diferencia entre el yo y el otro, entre el nosotros y el ellos. Así como las raíces no dan fruto, sin que medien tronco, ramas, hojas y flores. Así tampoco se explica la percepción de diferencias entre individuo y grupo, o entre individuo y medio, sólo por las bases biológicas.

Puedo intuir que, la idea que tengo de “yo”, no es generada por la propiocepción. Ella sólo entrega los datos sensibles, otros “componentes” del yo, procesan, evalúan y juzgan, dictando como veredicto una idea de “yo”. En ese proceso, se tienen en vista y son considerados datos aportados por otros testigos.

Claramente en la formación de esa diferencia, influyen los hechos que vivimos, los pasados y los presentes. En nuestros hogares y escuelas se nos “enseña” una visión particular de ellos, generalmente presentada de acuerdo con una motivaciones no siempre evidentes. El pasado influye en nuestro presente y, en la forma en que vemos el presente y valoramos al otro. Los hechos del pasado son importantes de por sí, siendo innegable que una historia llena de conflictos, cohesiona internamente a los grupos y los distancia de los demás, pero es también innegable que ese pasado influye en la forma en que valoramos al presente y sus actores.

Vivir en una sociedad, nos permiten desarrollar conductas y habilidades con los que paulatinamente, nos vamos integrando y alcanzando ciertos niveles de confort. Pero además definen un marco de referencia con el cual nos comparamos, con quienes no logran esa integración y con quienes no forman parte de esa cultura o de esa etnia. Vemos a perdedores y triunfadores, a huincas y mapuches no sólo en términos de sus diferencias, sino también en términos de mejores y peores, sin embargo esas son generalizaciones que pueden ser derrotadas con el mutuo conocimiento y el muto reconocimiento de que, en cada “bando” hay muchas variantes y, que la diferencia dentro del grupo, es normalmente mayor que la diferencia entre grupos.

Tanto la historia personal y grupal, como la cultura a la que se pertenece, ayudan a definir las escalas de valores de cada individuo y de grupo. Mientras que para algunas culturas orientales, el honor y el trabajo en equipo, así como la responsabilidad ante los demás son valores fuertemente arraigados, para algunas culturas occidentales la competencia y el triunfo individual destacan a ciertos individuos como ejemplos a imitar y seguir. Esa diferente ponderación de valores sociales y morales tienen sin lugar a dudas, influencia en la distinción del nosotros y el ellos.

Sin ser el último factor involucrado, la economía y la situación socioeconómica de los individuos influye en la formación de grupos y la diferenciación de ellos. No cabe duda de que todos estos factores, además, interactúan entre sí. La capacidad de acumular recursos económicos influyen fuertemente en la calidad de educación de la prole, en el acceso a demostraciones culturales y, ambos factores influyen en nuestra visión del proceso histórico que nos toca vivir.

Pretender que un factor, por si solo determina la forma en que vemos a los demás, es burdo. Todos ellos y algunos otros mas, determinan la forma en que nos vemos y la forma en la que vemos a los demás y, en consecuencia, la cohesión del grupo y la distancia con el otro.

Cuando en esa distinción creemos encontrar fundamentos, en realidad queremos encontrar fundamentos validantes de una defensa, que satisface nuestra innata necesidad de aceptación e integración social, donde el nosotros tiene mejores oportunidades de subsistencia que un solitario yo.

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La gallina clueca

Así como los órganos de los sentidos, captan diferencias, estableciendo relatividades, así también hay muchas condiciones que son, de por si, relativas. Un grupo nos parecerá, mas fuerte que otro, aún cuando eso será cierto en un determinado aspecto, pero no necesariamente en otro.

Si los seres humanos individuales somos complejos como fractales, los grupos humanos son tan complejos como un fractal de fractales y, resolver cuál es mejor, es una tarea que resolvemos computando muchos datos, muchos factores a diferentes niveles y eligiendo entre ellos, más por instinto, que por lógica razonable.

No pretendo describir los muchos factores que definen que un determinado grupo alcanza superioridad sobre otros, pero ciertamente ellos influyen en nuestra visión y valoración de esos grupos.

Todos, individuos y grupos, tenemos fondos y formas; podemos estar de acuerdo con unos, pero no necesariamente, con todos y todo. Independientemente de ello, hay grupos más exitosos que otros, lo que los posiciona como la gallina clueca bajo la que corren los pollos, cuando tienen hambre, cuando tienen frío.


El bueno, el malo y el feo

Cuando vemos al otro, vemos lo diferente y, nuestra naturaleza interna, nos arrastra a cargar la balanza hacia nuestro lado, el instinto de supervivencia racional y emocional, nos cuelga medallas, mientras imputamos cargos. “Yo soy el bueno, tú eres el feo y él, es el malo”. Y nos negamos a otras opciones, fortalecemos nuestra postura con pura fuerza bruta, elevamos nuestras verdades a la categoría de dogma, alineamos las filas y proclamamos la supremacía del clan, del grupo y de la nación, despertando el patriotismo.

Servir para otra batalla.

Cuando nuestro grupo funciona, lo defendemos. Cuando no, lo queremos transformar. Cuando el grupo no es capaz de satisfacer nuestras más básicas necesidades, nos sentimos empujados a ser el soldado que huye de la batalla, queriendo servir para otra.

Transformarnos en un extranjero residente, ser soldado en batalla ajena, no es tarea fácil. Requiere adecuación al nuevo entrono, aprender el idioma y los modismos. Interiorizarnos de las normas y descubrir las formas que imperan en el hacer local, pero además ser exploradores en búsqueda de aquello que satisfaga nuestras necesidades.

De niño fui lo que los griegos llamaban un meteco, un extranjero residente, con un desbalance de derechos y deberes, que nos obligaba cada cierto tiempo a “renovar documentos”, por cierto, tampoco podíamos participar de las decisiones respecto del manejo del país. Nos gritaron “Yanqui go home”, por ser rubio y extranjero, por suerte, eso no pasó de ser una de las anécdotas que trajimos de vuelta a casa.

Cuando se llega a una nueva residencia, se pueden abrir las maletas y descargarlas. Pero no podemos vaciar la mochila de nuestra personal historia. Podremos aprender el idioma, podremos “ubicarnos en el mapa” social, celebrar un Halloween que no conocemos, o participar el 7 de julio en una corrida en Pamplona, pero no podemos dejar de ser lo que somos.

Es más fácil agregar “gustos adquiridos” que olvidarlos. Nada tiene el sabor del puchero cocinado en la cazuela de la abuela, con sus arrugadas manos y las hortalizas arrancadas del huerto, esa misma mañana. Nada nos quitará la añoranza del lugar en el que nacimos y muchos extranjeros guardan un rinconcito de su patria, en su nuevo hogar.

Les souvenirs

Cuando viajamos por turismo, volvemos a casa con los famosos “recuerditos”. Cuando migramos, los recuerditos son todo nuestro pasado, todo nuestro “bagaje cultural”.

El extranjero residente puede ser una fuente de información y un aporte a la sociedad a la que llega. Puede aportar un souvenir maravilloso que enriquece si al meteco se le percibe como una oportunidad. Enriquecen nuestras cocinas, alegran nuestros folclores, diversifican nuestros modos.

Paracaidistas no

A las fiestas que hacíamos en casa, invitábamos a los que queríamos y podíamos atender, cuando llegaba alguien sin invitación, lo llamábamos: paracaidista. De la misma manera, los países aceptan a personas libres y de buenas costumbres, los demás son rechazados.

Como personas que protegemos nuestro hogar, como parte de un grupo que selecciona a quienes integra y como países, tenemos derechos y deberes: el de acoger a los oprimidos, el de ayudar a las naciones, grupos y familias que se desbandan, y el de elegir a quienes aceptamos.

Los griegos, consideraban que dar acogida y hospedaje a un extranjero era mucho más que una virtud, la xenia (ξϵνιˊα) era un deber religioso y una característica propia de quienes formaban parte de la cultura griega, de la ecúmene.

En esta encrucijada entre la pertenencia y la protección del grupo y la aceptación e inclusión del otro, parece inevitable considerar que, aquello que nos une y nos integra es moralmente mejor que lo que nos separa o distingue.

Nada de ello obvia lo importante ni reordena la escala de prioridades. Practicar la xenia es un imperativo que cada quien desea realizar, para lo cual, al menos dos condiciones básicas, deben cumplirse. Primero, tener algo que dar y, segundo, que ese dar no resulte en detrimento personal.

Los grupos hegemónicos tienen, algo que dar, pero tienen en derecho y en deber de cuidarse de dar, como se dice entre los cristianos, hasta que duela, pero no más halla, porque más halla, no sólo duele, sino además daña y destruye.

Hacia el meteco, percibimos imperativos de apoyo, acogida, hacia los miembros de la ecúmene, percibimos imperativos de integración y protección. El equilibrio entre estos imperativos percibidos en el seno del yo, parecen encontrarse en una priorización valorica. Apoyar, dar y aportar al otro, lo que tengo y hasta el punto en que no afecte mi propia vida. Darle acogida en el hogar, a todos cuantos pueda, en tanto no afecten la vida en mi propio hogar.

Realizar el griego “gnōthi seauton”, que si bien se traduce como “conócete a ti mismo”, pero que en realidad integra en “conoce tu lugar”. Soy un yo, pero soy un yo integrado a un grupo, a una sociedad, parte de un país, y antes de dar, debo asegurarme de que: tengo o de que tenemos, para dar, pero también, de que en el “nosotros” existe consenso en dar.

Un consenso que requiere del común acuerdo y resolución del punto en el cual, se zanja la diferencia y la distancia entre dar y privarse de vienes necesarios, entre acoger y dejarse invadir.

 

En mi casa, mis reglas 

Cuando era niño, mis abuelos maternos, en cuya casa vivíamos, nos dijeron claramente, que en su casa, se vivía según sus normas. Hoy en día veo con relativa claridad que ello, era parte de su necesidad de proteger su hogar, o de salvaguardar su ecúmene.

No se trata sólo de que se acepte a quien se elija, sino también de que se acoge, pero con normas y, a quien se salte la norma, se le reprende.

En las leyes laborales chilenas, se establece que quien incumpla parte o partes de la normativa, son amonestados verbalmente primero, si persisten en falta, por escrito y, si aún así, persisten en falta, se les despide.

Con las visitas en casa y los extranjeros residentes, parece prudente una norma y práctica similar. Aviso, reconvención y expulsión.

A esta “fiesta” no se aceptan, de buena gana al menos, paracaidistas y, el que se porta mal, se va. Pero en esta fiesta se recibe con afecto y los brazos abiertos a los invitados, se acoge a los perseguidos y necesitados.



Nota de agradecimiento: las  imágenes han sido generadas por la plataforma Gemini. No me ha sido tan fácil como yo esperaba, darle las instrucciones precisas y, de hecho, ha generado imagenes con importantes diferencias respecto de lo instruido. Varios pollos bajo la clueca en lugar de los dos que le pedí, o una imagen con visos de mayor modernidad de la eucumene que el solicitado, pero, se agradece y acepta, mal que mal,sigue siendo una inteligencia artificial en formación... ya madurará otro poco, por ahora, hay que darle tiempo.

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